El laberinto

Por Venezuela Real - 27 de Enero, 2008, 23:00, Categoría: Política Nacional

SIMÓN ALBERTO CONSALVI
El Nacional
27 de enero de 2007

Según las expresiones del presidente cubano, Raúl Castro, vendrán reformas importantes del régimen establecido en la isla desde hace 49 años. Las reformas, se agrega, no serán obra de un día, vendrán, se reitera, poco a poco. Prometió "una mayor democratización del sistema cubano". Me abstendré de especular sobre la dimensión de esas reformas, es un asunto de los cubanos, de su experiencia y de sus necesidades. Por lo pronto conviene reconocer que personajes del Gobierno han pedido a la gente que opine sobre sus aspiraciones y que expresen su criterio sobre el rumbo del país. Veremos qué frutos podrán dar esas reformas, vengan poco a poco o como fuere.

Me interesa confrontar la situación cubana con la venezolana. Aunque nadie escarmienta en cabeza ajena, y algunos ni en la propia, en un país habituado al diálogo como Venezuela, los signos indican que nos orientamos por senderos opuestos.

En Cuba se solicita diálogo, aquí se considera que diálogo equivale a derrota, a conspiración, a sentarse con el enemigo a escuchar impertinencias. De ahí que no haya manera de que los jerarcas de la revolución bolivariana consideren que los demás mortales tienen el derecho de opinar sobre los asuntos fundamentales del país; de antemano se les tacha con los peores epítetos. Con esto se da a entender que el diálogo está prohibido.

En el panorama de la economía "el cielo encapotado anuncia tempestades". El desabastecimiento, en primer lugar, es la consecuencia más evidente de las políticas de discriminación y hostilidad ejercidas contra los productores.

No hay leche, ni huevos, ni granos, ni azúcar, ni harina de trigo, ni pollo ni carne. Los estrategas del Gobierno se obstinan en ofrecer como solución las importaciones masivas, miles de dólares quemados para resolver la emergencia. La prédica oficial sostiene que el desabastecimiento es "una maniobra de los adversarios de la revolución" y que, por tanto, todo se resolverá con medidas punitivas, expropiando industrias o cerrando bodegas. Que la crisis se solucionará con el control de precios, con la persecución y el castigo.

Esta política se ha aplicado durante nueve años. El discurso oficial alejó las inversiones, y sin inversiones (sostiene Perogrullo) es absurdo pretender que haya productividad. La política económica de la revolución bolivariana ha resultado un fiasco, pero lo grave y lo insólito es que no haya capacidad ni honestidad en el Gobierno para reconocer que del desabastecimiento pasaremos indefectiblemente a una crisis de escasez y de carestías desatadas por la inflación. Este es uno de los récords del Gobierno: la inflación es la más alta de América Latina.

No hay manera de comprender cómo un país con uno de los ingresos más altos del mundo, con precios petroleros excepcionales, con una política exterior basada en el dispendio, se ve confinado a un laberinto económico sin destino, mientras signos de recesión mundial advierten que los precios pueden bajar. En vísperas de los diez años en el poder, el Gobierno ha percibido alrededor de 450 mil millones de dólares.

Podría intentarse un ejercicio crítico, revisar los ingresos de etapas anteriores confrontando el manejo de recursos, su destino y sus efectos sobre la economía. Con ingresos de estas magnitudes, el Gobierno impuso un control de cambios que multiplica la carestía de lo que se importa sin las divisas bolivarianas, cada día más escasas.

La política económica del Gobierno ha ahogado el aparato productivo nacional, con el resultado de que la primera víctima no será otra que el propio Gobierno. Queda demostrado que la cuestión no se resuelve con el enroque de ministros. La cuestión es más profunda, requiere mentes abiertas, coraje para rectificar y para reconocer que los dogmas políticos si mueven la economía la mueven al revés.

No basta con amenazar bancos con la nacionalización.

Quizás algunos la deseen, ante la incertidumbre y la inseguridad del sistema.

Pensar que basta ocupar una industria con el Ejército para que la producción reaparezca de la noche a la mañana está más cerca del espiritismo que de la economía. Cuando se oye a los ministros prometiendo resolver el desabastecimiento "dentro de tres meses", uno piensa que deben estar confiando en soluciones extraterrestres. O sea, marxistas que creen en la magia negra.

El diálogo vendrá, fatalmente. Sólo que cuando llegue el costo será muy alto para todo el mundo.





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