Engaño y decepción - Nueve años

Por Venezuela Real - 2 de Febrero, 2008, 15:55, Categoría: Política Nacional

El Editorial
El Nacional
02 de febrero de 2008

Llegamos a la hora del "balance previo" de los nueve años del régimen bolivariano, llegado al poder surfeando la ola (o el tsunami) de desencanto que los últimos gobiernos democráticos habían sembrado en los electores. El hecho de que Rafael Caldera llegara a Miraflores impulsado por una colcha de retazos bien llamada "chiripero", nos da una idea hoy del desprestigio de los partidos tradicionales y de la escasa atención que suscitaban los líderes políticos en las nuevas generaciones de ciudadanos.

Caldera, veterano en el arte de descifrar oportunidades políticas, supo de inmediato cuál era la puerta que daba paso a una segura victoria electoral, es decir, previó que debía desprenderse hasta de Copei, el partido que él mismo fundó, si quería llegar triunfante a Miraflores otra vez. Su victoria no fue comprendida por sus opositores ni tampoco por sus partidarios, que siguieron trillando luego el viejo camino de las alianzas entre grupos y partidos con fines exclusivamente burocráticos y crematísticos.

Antes de dejar el poder, Caldera soltó un toro en la plaza que representaba el antipartidismo que florecía entre los votantes.

No era, en verdad, un sentimiento de rechazo a los partidos sino a sus prácticas alejadas del contenido popular y la solidaridad social que la democracia significa. Pero el peligro era que si esa necesidad de restaurar el objetivo central democrático no era atendida a tiempo, se podía caer en manos (como se cayó) de un dirigente ambicioso, excéntrico y antipartido.

El respaldo que recibió Chávez desde amplios sectores políticos, sociales y empresariales, se correspondía en ese momento con un "no va más" de la sociedad, que reclamaba un proceso de cambio profundo y ordenado. Nada de eso se ha cumplido.

Lo que ha hecho este gobierno es postergar y obstaculizar esos reclamos de justicia, de progreso económico social y transformaciones institucionales que coloquen a Venezuela en el siglo XXI, y no en el pasado, en la Cuba de Fidel o en el indigenismo de Evo Morales.

El crimen mayúsculo de esta supuesta revolución, ambigua y depredadora, es no haberse comprometido con la modernidad que es consustancial con las aspiraciones de todos los venezolanos. El hecho mismo de que Venezuela se haya desplazado masivamente hacia las ciudades no sólo indica una necesidad de supervivencia, sino que advierte sobre las grandes aspiraciones de movilidad social que impulsa a los habitantes de este país.

¿Qué ha sucedido entonces con Chávez y su revolución bolivariana? Que ha desconocido estúpidamente esta ambición de modernidad, natural y lógica. Esta torpeza llevó ciegamente al Gobierno a proponer un regreso al pasado, a un socialismo de Marx, Engels y el Che Guevara, lleno de telarañas, escasez y represión del pensamiento. El hecho de querer formar una confederación con Cuba (que es un país embalsamado, incapaz de salir de ese féretro donde el tiempo no avanza ni se devuelve) sepultó los sueños de perpetuidad del presidente Chávez. Vaya derrota.







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