Una guerrita, por el amor de Dios

Por Venezuela Real - 3 de Febrero, 2008, 14:03, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

TULIO HERNÁNDEZ
El Nacional
03 de febrero de 2008

Dos patologías personales limitan de manera notoria la capacidad gobernante del presidente Hugo Chávez. La primera, la más evidente, una desmesurada vanidad que le hace depender del aplauso, la atención y el reconocimiento permanente de los demás, de la misma manera como los adictos a la heroína dependen de sus dosis diarias.

La segunda, subsidiaria de la primera pero menos obvia, su mítica fascinación por la muerte. Por su propia muerte. Pero no por la que se padece víctima de la vejez o de una enfermedad. Sino una muerte heroica de esas que convierten a la víctima en bronce eterno. Como el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, a la que permanentemente y con nostalgia hace referencia. O la del Che Guevara, a quien no por casualidad ha instituido como uno de los íconos religiosos del proyecto bolivariano.

Esta última patología la identificamos hace muchos años. Al comienzo de su gobierno, el Presidente invitó a un grupo de escritores, periodistas e historiadores para explicarles en Mirafl ores los alcances y propósitos de la Asamblea Constituyente. Asistimos a escucharle seguidores del proyecto bolivariano, recuerdo entre otros a Luis Brito; opositores declarados, recuerdo la crítica intervención de Luis García Mora; junto con fi guras por todos respetadas como el ex presidente Ramón J. Velásquez.

En medio del encuentro llegaron noticias de violentas manifestaciones de protesta en Cumaná. El Presidente se retiró a un lado, conversó en voz baja por el celular, y luego nos contó con cierto tono de intimidad que acababa de ordenar al gobernador de Sucre no sacar las fuerzas del orden a la calle. Explicó su tesis de que un líder ante una multitud protestando debe dar la cara, no reprimir. Aun a riesgo de su propia vida. En vez de maltratar a la gente, debe tratar de persuadirla, de llevarla a la calma, dijo. "Y si la multitud te pasa por encima y te pisotea, entonces no eres un líder verdadero", agregó. Para despedirse prometió –entre tantas otras cosas bonitas– que jamás, ¡jamás!, verían en su gobierno a "sus" fuerzas armadas reprimiendo manifestaciones de protestas.

Dos cosas nos llamaron profundamente la atención aquella tarde: la cantidad de veces que el Presidente había aludido a la posibilidad de su propia muerte en oficio de gobierno –30, dijo alguien, 27 registró quien esto escribe– y el hecho de que en todas las ocasiones confesó que no intentaría salvarse ya que estaba dispuesto a ofrendar su vida "en el altar de los intereses del pueblo".

Por eso no debe extrañarnos la frecuencia con que el Presidente no sólo anuncia la posibilidad de una guerra sino que trata de promoverla y, es más, se prepara para ella. La dirigiría personalmente, dice. Compra fusiles, helicópteros, aviones, municiones y lanchas patrulleras a montones. Organiza milicias, viste de uniforme verde oliva y entrena militarmente a miles de civiles. Escenifi ca simulacros de combate de civiles contra los marines. Hace gestos desesperados. Ofende. Agravia. Amenaza. Quiere provocar al oponente.

Como en aquel desplante de Groucho Marx –"yo tengo mis valores... pero si quieren aquí tengo otros"–, el Presidente insiste en que "esta es una revolución pacífi ca, pero ¡no se confundan porque está armada!".

Por eso anuncia severos combates en lo que hará morder el polvo de la derrota al Ejército de Estados Unidos. Al colombiano, si es necesario. Al de la oligarquía boliviana si osa atentar contra Evo. A quien quiera que se atreva a guerrear con Irán.

Incluso, como anunció el domingo pasado al lado de Daniel Ortega, a la oposición, si logra –como sin duda va a ocurrir– ganar un signifi cativo número de alcaldías y gobernaciones en las elecciones de noviembre.

"¡Habrá guerra, vendrán por mí!", declaró histriónicamente frente a las cámaras.

Pero todo es silencio. Nadie emprende ni siquiera un intento, por lo menos un amago, del magnicidio anunciado. Los marines no llegan. Uribe no dice esta boca es mía. No hay quien lance la primera bala. Ni siquiera Ecuador y Nicaragua, invitados a formar un ejército internacional para combatir el mal, lo aceptan. Que no pueden, dicen, porque la constitución –ellos todavía la respetan– defi nen sus ejércitos como defensivos.

De seguir así las cosas, Hugo Chávez podría llegar a la vejez mendigando, en los alrededores de la plaza Bolívar de Sabaneta, sin bronce, ni mito: "¡Una guerrita, o un tiro, por favor!". Lo contrario sería una catástrofe para todos. Pero él tendría su estatua. Y su muerte heroica.






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