Leer el país

Por Venezuela Real - 5 de Febrero, 2008, 23:26, Categoría: Política Nacional

ANTONIO LÓPEZ ORTEGA
El Nacional
05 de febrero de 2008

Pareciera ser sin duda la mayor dificultad colectiva de estos momentos; y si no colectiva, al menos sí de la dirigencia o del liderazgo nacional. Señales colectivas tuvimos el pasado 2D, cuando una clara mayoría, tildada de pírrica, se pronunció en contra de una propuesta institucional. En cualquier otra democracia moderna las señales hubieran bastado para traducirse rápidamente en renuncias, reacomodos o cambios de rumbo. Pero acá, sorprendentemente, ni siquiera tuvimos júbilo: fue un triunfo callado, humilde, reflexivo. Tras el anuncio entre gallos y medianoche del CNE, una cadena televisiva confiscó cualquier asomo de celebración: no se trataba de darle paso a los gestos de esa naciente mayoría, lo que hubiera sido natural, sino de analizar los signos de la derrota. Una épica al revés: los vencidos hablan de sus cuitas mientras los vencedores, impresentables, se quedan sin tribuna. Deberíamos partir de una noción: el voto del 2D fue uno de los votos más maduros que como sociedad contemporánea hemos tenido.

Quien no lo entienda así, quien no lo vea, quien no lea esos signos, camina en contra del curso de la historia. En ese gesto se rechazó el proyecto de reforma, sí, pero también se fustigó una política, se criticó una gestión gubernamental, se señaló una contradicción entre enunciados y logros. Adicionalmente, la contundente afirmación del voto como palanca democrática acabó con varios fantasmas de los que hasta hace poco comíamos: la abstención como herramienta política, por ejemplo, o la no participación como estrategia de algo. Que además el rechazo haya venido de los estratos más bajos resulta demasiado aleccionador para sectores que como las clases pudientes han jugado al desvarío y el despropósito.

La sociedad que se dejó escuchar en diciembre pasado es una sociedad concreta, cotidiana, sufriente. Nada de imaginarios, sueños o utopías. Sencillamente, el pan nuestro de cada día, traducido en la necesidad de abolir todos los obstáculos que nos impiden conquistar una sociedad de bienestar. Ese voto añora las fuentes de trabajo, la visión de crecimiento, la certeza de un ambiente seguro para los hijos, la concreción de un espacio colectivo donde el futuro sea un horizonte resplandeciente. Nada más y, también, nada menos. Traducir las señales del hartazgo en hechos, de la vergüenza en orgullo, de la corrupción en bienes públicos, de la desidia en vocación de servicio, no pareciera ser una operación muy difícil. Bastaría un principio básico que parece escasear en nuestros días: la convicción de que el derrotero público es superior a cualquier otro –entendido ese otro como lo que sólo responde a intereses particulares–.

Encuestas recientes demuestran que la sociedad del momento es una sociedad escéptica, descreída, harta de que la convoquen a proyectos nacionales que después nadie cumple. Es una sociedad reñida con el Estado paquidérmico, enajenado de sí, que no la sirve y que finalmente la desecha. Pero el examen, el balance de cuentas o la contraloría social son factores que se robustecen: exigir más porque el Estado sigue fracasando, castigar más porque las respuestas públicas son claramente insuficientes, radicalizar las posturas porque el propio futuro está comprometido. Nada ni nadie nos permite asegurar que el deterioro social se va a revertir a corto plazo.

Leer las señales de la sociedad emergente, entender en profundidad la marea de reclamos, pulsar el mar de fondo que busca con ansias una nueva playa... he allí las bases para una nueva conducta política y para una nueva moral pública.

La mesa está servida, pero los comensales aún no llegan.






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