La crisis y las elecciones regionales

Por Venezuela Real - 15 de Febrero, 2008, 18:57, Categoría: 1. Noticias del Día

Antonio Sánchez García 
WebArticulista.net
15 de febrero de 2008

Cometen un error político quienes pretenden encauzar los esfuerzos de la oposición exclusivamente  por los canales electorales, desvinculando ese proceso del grave escenario de crisis en que nos encontramos. Ni la crisis económica, social y política que sufrimos – la más grave desde la asunción del chavismo al Poder y una de las mayores de nuestra historia republicana – se deja encasillar en los cauces de una tradicional contienda electoral. Ni las elecciones poseen, bajo ese dato estratégico, el mismo significado que en condiciones de normal desarrollo político. Son, en las presentes circunstancias,  un incidente dentro de un cuadro general de agravamiento de la situación nacional.

De allí la necesidad  de considerar el próximo proceso electoral dentro de los marcos históricos definidos por este cuasi estado de excepción en el que estamos ingresando. Cuyos primeros y más graves efectos pueden traducirse en explosión social, anarquía e ingobernabilidad. Son tan preocupantes y de tal magnitud los factores de perturbación de nuestra convivencia y nuestro futuro como Nación, tan acuciosos los problemas económicos, sociales, ahora incluso internacionales que nos acosan, que resulta imposible, además de altamente irresponsable, cerrar los ojos y hacer como si no sucediera nada. Aprontándose a resolver nuestra profunda división, nuestros cruentos enfrentamientos y nuestro creciente aislamiento internacional por el tradicional expediente de elecciones regionales.

Nada de lo dicho implica restarle importancia al esfuerzo por incrementar nuestras fuerzas sociales,  reconquistar los espacios de gestión pública, y quebrantar el Poder político absoluto de los responsables principales y directos de esta colosal crisis de todo orden: moral, económica, social, jurídica y existencial que amenaza con arrasarnos. Contrariamente a la visión apocalíptica que de dicho proceso de recuperación de los espacios democráticos pretende dibujar el presidente de la república, que ya interpreta la victoria de la oposición en los próximos comicios como si de preavisos de su condena a muerte se tratara, tal victoria contribuirá de manera sustancial a superar la grave crisis que vivimos.

En efecto, muy lejos de esa visión catastrofista, sin otro objetivo real que amedrentar a la población, la victoria opositora en esos y otros estados y alcaldías vendría a restablecer la auténtica correlación de fuerzas políticas a nivel regional, repararía el grave daño que una concentración absoluta, unidimensional y despótica del Poder han causado a la nación, provocando entre otros factores la grave crisis que vivimos y permitiría que un Poder compartido propicie el cambio hacia una realidad que la historia reclama a gritos: la transición hacia una democracia moderna, próspera y solidaria en Venezuela.

Mayor razón para evaluar en su justa importancia el futuro proceso electoral, imposible. Lo cual no quita situarlo en el contexto de este virtual estado de excepción al que parece nos encaminamos a pasos agigantados. Y que el presidente de la república insiste en provocar.

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La necesidad de avanzar en esos planos simultáneos – enfrentar las elecciones y prepararse para posibles escenarios de excepción -  tiene que ver con un hecho palmario: la dinámica de la crisis, la carencia de parte del presidente de la república de un auténtico y creíble propósito de rectificación y enmienda – atribuible incluso a deficiencias estructurales de su personalidad - y la ceguera con que procede el tren ejecutivo ante los desafíos que enfrenta, así como la manifiesta y creciente pérdida de respaldo popular del régimen ante los problemas cotidianos que enfrenta la población, particularmente la de más bajos recursos – desabastecimiento, carestía, inseguridad – permiten concluir sin mucho temor a equívocos que la situación se agravará y la dinámica confrontacional no cesará. Incluyendo esta vez eventuales explosiones sociales de incalculable magnitud. Cada día se acrecienta la certidumbre de que en las actuales circunstancias y con la política rupturista y confrontacional llevada a cabo por el presidente de la república, su gobierno difícilmente podrá alcanzar el 2013.

Cabe preguntarse incluso si Hugo Chávez considera planes alternativos ante la crisis y su eventual pérdida de Poder, que lejos de asumir como un demócrata considera atentados mortales contra su proyecto revolucionario, que vincula indisolublemente a su propia persona. La pérdida de respaldo internacional a su proyecto de parte de algunos de sus aliados moderadores – Brasil o incluso la Cuba castrista, así suene paradójico – y su acercamiento a las narcoguerrillas colombianas permiten imaginar muy complejos, peligrosos y desquiciados planes de militarizar la crisis, subiendo el grado de la conflictividad interna y externa hasta niveles pre bélicos. Según informes nada desdeñables, la posibilidad de una escalada con Colombia y la militarización del conflicto interno venezolano involucrando a factores de las narcoguerrillas caben perfectamente en los escenarios futuros.

En otras palabras: pisamos un terreno de alta conflictividad. Tanto o más pre insurreccional que el vivido por Carlos Andrés Pérez durante la fase final de su gobierno. Mayor incluso y mucho más complejo que el que precediera al 11 de abril del 92.   Que Hugo Chávez no es un demócrata quedó suficientemente demostrado el 4 de febrero de 1992. Y lo ha reiterado hasta el cansancio con su comportamiento confrontacional, violento, represivo y excluyente, más propio de una personalidad autoritaria dotada de inclinaciones fascistoides que de un político  educado en la dinámica del entendimiento, el consenso y la resolución pacífica de los conflictos. Ese es un dato esencial. Desconocerlo o pretender ignorarlo constituye un grave error y una falta de responsabilidad.

Hic Rodus, Hic salta. Esta es la Venezuela en que tendrán lugar los próximos procesos electorales. Esta, nuestra circunstancia. ¿Cómo compatibilizar una medición esencialmente democrática como las elecciones de concejales, alcaldes y gobernadores de Noviembre próximo con un escenario tan complejo y excepcional? ¿Cómo invertir todos nuestros esfuerzos electorales en el marco de esta crisis, coadyuvando a su resolución? ¿Cómo sortear con éxito los graves desafíos que enfrentamos encauzándolos en los marcos constitucionales y pacíficos, tan anhelados por la población venezolana? ¿Cómo imponer reglas justas, ecuánimes y transparentes para que dicha medición electoral coadyuve a la resolución de la crisis y no se convierta, por el contrario, en un detonante que potencie su destructividad?
    
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Sin ninguna duda,  incorporando el proceso electoral al marco general de la lucha por la redemocratización de la sociedad venezolana, la superación de la crisis – en todos sus órdenes - y la construcción de un proyecto de Poder capaz de asumir el control político, social, económico y militar del país, liderando la construcción de la Venezuela moderna y globalizada que los mejores espíritus y los sectores más conscientes del país reconocen como una necesidad histórica ineludible.

Para ello se requiere avanzar en la resolución de varios problemas estructurales de manera ordenada y simultánea: en primer lugar, reconstruir los tradicionales partidos políticos – COPEI y AD – a partir del necesario rejuvenecimiento de sus liderazgos, el replanteamiento a fondo de sus principios doctrinales y la superación radical de las causas que motivaran su decadencia y pérdida de poder. Hay suficientes indicios que señalan que se está en la vía correcta para encarar y resolver ese desafío. En segundo lugar, avanzar hacia la definición ideológica y búsqueda de perfil propio entre los nuevos partidos, particularmente en PJ y UNT. Deben superar en el más corto plazo su naturaleza electorera y dependiente de factores de poder que los convierten en instrumento de ambiciones personalistas. Deben encontrar las sólidas bases de su necesaria inserción en la representación política, doctrinal e ideológica del país del futuro que los venezolanos exigen y quisieran construir al más corto plazo.

Dichos factores, unidos a PODEMOS – que ha demostrado con gran lucidez, coraje y decisión su vocación de poder y su voluntad de contribuir al restablecimiento de la democracia venezolana - y los restantes partidos del espectro político venezolano, debieran confluir en dos o tres grandes factores de aglutinación ideológica: el socialcristianismo de corte liberal, la socialdemocracia y el socialismo democrático. Es imaginable, asimismo, como factor residual de la sobrevivencia del chavismo, una izquierda radical de proveniencia marxista.  Sin duda, la transición hacia la plena vigencia de la institucionalidad democrática requerirá de un pacto de entendimiento y gobernabilidad de las fuerzas democráticas mencionadas. Que debiera ser más que un pacto de gobernabilidad para convertirse en un pacto de reconstrucción nacional.

En cuanto a la coyuntura, dichos factores debieran proponer con urgencia un acuerdo de salvación nacional para enfrentar los graves problemas que nos acucian, sacar al país de su aislamiento y volver a situarlo en el concierto de las grandes naciones. Un acuerdo de emergencia nacional que de tranquilidad y confianza a todos los sectores nacionales – estudiantes, trabajadores y empresarios, iglesias y universidades, entre otros -, bajo el manto de un compromiso de honor en defensa de la democracia y la resolución pacífica, consensuada, constitucional de nuestros conflictos. Definiendo asimismo una línea de acción común que rescate la independencia y credibilidad de la Nación en los foros internacionales. Y le demuestre a la comunidad internacional con hechos que la oposición venezolana está en perfecta capacidad para asumir el gobierno y restablecer el imperio del orden y las leyes en la república.

Son medidas de urgencia de modestos propósitos, pero que garantizarían un marco factible de resolución a la grave crisis. Tema prioritario en ella: las elecciones de noviembre tras de una depuración del CNE y el Registro Electoral. El próximo proceso electoral debe afianzar la paz e impedir que el país se nos vaya de las manos. Como sucediera el pasado 2 de diciembre. Su salvación es tarea de todos.







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