El Rómulo que sólo yo conozco

Por Venezuela Real - 17 de Febrero, 2008, 12:02, Categoría: Testimonios

MILAGROS SOCORRO
El Nacional
17 de febrero de 2008

A cien años del nacimiento de Rómulo Betancourt, su única hija, Virginia, escribió un libro en el que ofrece el retrato íntimo de quien fuera presidente de Venezuela en dos ocasiones. Por ella sabremos que era un estupendo bailarín y gran cinéfilo. Y en las cartas, incluidas en la obra, leeremos su prosa apasionada y sus muchos requiebros para Carmen Valverde, con quien estaría unido 39 años

Los Betancourt Valverde eran una familia constituida en medio de los sobresaltos propios de la política latinoamericana de la primera mitad del siglo XX. La pareja fundadora, integrada por Rómulo Ernesto Betancourt Bello y Carmen Valverde Zeledón, no sólo había contraído matrimonio civil sino que estaba unida por vínculos afectivos, intelectuales e ideológicos. En ese hogar nació quien sería la única hija de ambos, Virginia Betancourt Valverde, venida al mundo el 11 de abril de 1935 en San José de Costa Rica, ciudad natal de la madre y sede temporal del núcleo familiar, adonde el padre llegaba y salía a toda carrera para cumplir con sus compromisos políticos sin descuidar los deberes de esposo y padre.

Betancourt regresó a Venezuela en enero de 1936 pero como en 1937 pasó a la clandestinidad, la familia vivió junta muy poco tiempo en Caracas y fue sólo hasta 1940 cuando todos volvieron a vivir bajo un mismo techo. Esto tendría lugar en Valparaíso, Chile, adonde llegaron exiliados pero contentos de tener, por fin, una vida familiar muy cercana a lo normal.

Todas estas vicisitudes están narradas en el libro Vida en familia, 1890-1958, de Virginia Betancourt, que aparecerá en breve con el sello de la Fundación para la Cultura Urbana.

La autora es más conocida como conductora de la Biblioteca Nacional, e incluso como hija del presidente Rómulo Betancourt, que como escritora, ofi cio que desempeña con gran solvencia en este volumen de memorias, que aparece justamente en los días en que se cumple el centenario del nacimiento de su padre, ocurrido el 22 de febrero de 1908 en Guatire, estado Miranda.

–Cuando llegamos a Chile, en octubre de 1940 –comenta– compartí la vida, bajo el mismo techo, con mis padres hasta mi matrimonio, en Puerto Rico en 1954. En todo ese tiempo, papá mantuvo decorosamente la familia con el fruto de su trabajo durante los años comprendidos entre el momento de la organización clandestina del PDN (1937), el exilio en Santiago (1940-1941), la siembra de AD en cada rincón del país, la Presidencia de la Junta Revolucionaria Transitoria de Gobierno (1945-1948) y el exilio a la caída de Rómulo Gallegos e inicio de la dictadura de Pérez Jiménez. Papá veló siempre por nuestra seguridad personal hasta el punto de llevarme diariamente al Colegio de las Ursulinas de La Habana (adonde llegamos en abril de 1951) después de que fuera objeto de un atentado y el gobierno de Prío Socarrás le asignó una patrulla para que lo protegiera en sus traslados.

En su libro, Virginia Betancourt recuerda un evento que tuvo lugar en ese exilio chileno. "Pese al compromiso de lealtad a su compañera, Rómulo sucumbió a los encantos de las chilenas y desde entonces las damas fueron su mayor debilidad. Al darme cuenta de un enredo de faldas de papá, inventé haberme tragado una aguja para lograr su regreso a casa. Se produjo la alarma esperada, recuperé a papá, pero al oír que el tío Chicho iba a mandar una ambulancia a recogerme, opté por decir la verdad". El tío Chicho era Salvador Allende.

Sabía reír y llorar –Papá era apasionado de la lectura y disfrutaba compartiéndola. Prefería los ensayos de política e historia, las novelas hispanoamericanas y francesas, las revistas francesas y toda la prensa diaria. Se relajaba leyendo novelas detectivescas de Agatha Christie y George Simenon. En las casas que habitamos, todas alquiladas, reservaba un lugar espartano para su trabajo: una mesa, una máquina de escribir, libros, revistas y periódicos en español, francés e inglés. No había butacas para la tertulia ni tampoco hamacas para el reposo.

"Algunos de sus compañeros del Liceo Caracas y de la UCV, así como miembros fundadores de su partido, formaron parte por muchos años de nuestra familia escogida. Era un romántico, valoraba la amistad y en todo momento acompañaba a sus seres queridos en sus sinsabores y compartía con ellos sus secretos y alegrías. Sabía reír a carcajadas y llorar sin inhibiciones. Sin embargo, mantenía celosamente la privacidad de su hogar, donde no tenían lugar reuniones políticas o encuentros festivos, aun en los exilios caracterizados por una intensa vida comunitaria.

Su fama de valiente proviene de la forma en que evadió, por dos años y medio, la policía del gobierno de López Contreras.

Constaté su veracidad
cuando, en Miraflores, le curaban, sin anestesia, sus manos quemadas por el atentado a su vida". Se refi ere al estallido de una bomba, el 24 de junio de 1960, en la avenida Los Próceres, de Caracas, en el momento en que pasaba por allí el carro del presidente Betancourt, quien había abordado una unidad diferente a la que resultó incendiada. Sin embargo, el mandatario sufrió graves quemaduras. El intento de asesinato se atribuyó a Rafael Leónidas Trujillo, dictador de República Dominicana, denunciado por Betancourt ante la OEA.

–Papá estimulaba la búsqueda de conocimientos, hábito que él mismo había observado desde su infancia. En mi caso lo demostró con decisiones atípicas en su momento por mi edad y condición femenina, al inscribirme, a los 4 años, en un preescolar Montessori en Chile; autorizarme, a los 11 años, a comprar los libros que yo quisiera en la librería Suma de Sabana Grande; decidir nuestro traslado de Washington DC a La Habana de acuerdo con la fecha de conclusión de mi segundo año de bachillerato; inscribirme en un liceo bilingüe en Costa Rica (cuando pudo retomar la publicación de sus artículos, bien pagados, en El Tiempo de Bogotá) y darme una máquina de escribir usada para ejercitar mi enclenque mecanografía ante mi ingreso a la universidad en Costa Rica. Pero lo máximo fue su autorización para que yo viajara sola, en enero de 1954, antes de mi
mayoría de edad, a Puerto Rico para inscribirme en la universidad. Una decisión difícil por haber sido 1953 un año muy duro: Carnevali había muerto en la cárcel; había fracasado la intensa campaña de AD en el exilio para lograr que los gobiernos democráticos condicionaran su asistencia a la X Conferencia Interamericana a la liberación de los presos políticos; y las nuevas generaciones de dirigentes estaban siendo diezmadas por persecución, cárcel y asesinato. Mi separación de la familia fue la gota que derramó el vaso de una depresión muy bien encubierta.

"Papá heredó de su rama materna, los Bello-Miliani, un temperamento fogoso que domeñaba a voluntad. Rechazaba los ambientes de lujo, detestaba el juego, evadía la tertulia banal y no soportaba a los borrachos y a los adulantes". A propósito de esta tirria a los adulantes, Virginia Betancourt escribe en su libro: "Siendo Presidente de la República, me decía durante las fi estas de matrimonio en las que coincidíamos: `Negrita, siéntese conmigo para hablar tonterías’. Así evitaba los solicitantes de ascensos, traslados y becas, y recuperaba el clima de intimidad por la palabra de los días de infancia".

–Papá no tenía la costumbre de contemplar la naturaleza – prosigue la entrevistada–, a excepción del mar; y tampoco era amante de la música culta ni de las artes plásticas. Era incapaz de poner un clavo sin herirse.

No tenía la menor idea de cómo funcionaban los carros y jamás cocinó una parrilla. Cuando podía, evitaba los aviones.

"Disfrutaba con sus amigos y su familia de la playa y de las caminatas sin rumbo en las ciudades; y, muy principalmente, de la conversación y de la comida criolla. En los exilios añoraba nuestra comida y, para hacer honor a ella, me encargó de supervisar el menú del almuerzo ofrecido al presidente John Kennedy y su esposa, Jacqueline, durante su visita a Caracas, en 1961, a fi n de garantizar la inclusión de lapa en el condumio.

Le encantaba manejar por carretera, solo o con acompañantes silenciosos. Cuando mamá y yo lo acompañábamos, anticipábamos una serie de paradas en las ventas de cachapas, empanadas, chicharrones y quesos y una conversa con las vendedoras, a quienes reconocía por su nombre.

"Era un abuelo amoroso. Las únicas extravagancias que le conocí fueron las de probar tres neveritas ejecutivas antes de encontrar la que conservaba el helado de café que comía con sus nietos y la construcción de una pequeña piscina para compartirla con ellos y cumplir con los ejercicios requeridos después de la quemadura de ambas manos. A su muerte perdí a mi confi dente, siempre dispuesto a darme su apoyo incondicional, y asumí la responsabilidad de preservar y difundir su legado. De él aprendí a amar y servir a Venezuela".






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