Se impone la diplomacia

Por Venezuela Real - 7 de Marzo, 2008, 15:27, Categoría: Prensa Internacional

Editorial
La Nación - Argentina
07 de marzo de 2008

Finalmente, después de casi 24 horas de tensas negociaciones, el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA) aprobó por unanimidad una resolución pactada por Colombia y Ecuador que, afortunadamente, ha acallado los tambores de guerra que sonaban en los Andes por el conflicto latente entre ambos países, al que se sumó Venezuela.

La resolución no fija una condena contra Colombia por haber violado la soberanía y la integridad de Ecuador, aunque reafirma el principio de inviolabilidad del territorio de un Estado. En tal sentido, señala que éste "no puede ser objeto de ocupación militar ni de otras medidas de fuerza tomadas por otro Estado, directa o indirectamente, cualquiera fuera el motivo, aun de manera temporal".

Si los gobiernos de la región comulgaran con la necesidad de combatir el terrorismo que asuela a Colombia, la súbita incursión de fuerzas militares de ese país en Ecuador hubiera sido un exceso por no haber pedido autorización. El problema es que, por motivos ideológicos, los gobiernos de Rafael Correa y Hugo Chávez, identificados entre sí, no ven a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) con los mismos ojos que el gobierno de Alvaro Uribe. En ello reside, precisamente, una de las causas del conflicto.

Si de intromisiones se trata, Chávez fue el pionero con la idea de considerar a las FARC fuerzas beligerantes, no terroristas. Ni Uribe ni sus antecesores impulsaron nada parecido, sobre todo porque, de concretarse esa rebaja en la calificación, no podrían condenar el secuestro y el narcotráfico que practican con el vigor que corresponde.

La incursión de las fuerzas colombianas en Ecuador, por la cual murieron el sábado último Raúl Reyes y otros miembros de las FARC, probablemente debió ser condenada por la OEA. No porque el objetivo de la incursión fuera absurdo, sino porque para alcanzarlo no era necesario actuar por cuenta y riesgo propios en el territorio soberano de otro país.

En términos políticos, Colombia y los Estados Unidos celebraron la resolución como si hubiera sido una victoria diplomática. No así Ecuador y Venezuela, cuyas tropas habían sido desplazadas hacia la frontera de ambos países con Colombia ante la posibilidad de que la crisis llegara a mayores. Algo que, por suerte, no ocurrió ni debería ocurrir.

Ha sido positivo que la OEA haya podido serenar los ánimos de los tres gobiernos en pugna y que, a tono con la rápida intervención y la eficaz propuesta de Brasil tras una serie de consultas con gobiernos de la región, como el argentino y el chileno, haya dispuesto constituir una comisión encabezada por el secretario general del organismo, José Miguel Insulza, y por no más de cuatro embajadores, que visite ambos países, prepare un informe de la situación y proponga fórmulas de acercamiento. Asimismo, los cancilleres de la región deberán reunirse el 17 de este mes para evaluar los hechos y formular recomendaciones.

Más allá de los matices coyunturales y de alguna que otra declaración altisonante y amenazadora, la mera imposición de la OEA como filtro de controversias merece ser aplaudida. La resolución fue fruto de espinosas negociaciones en las cuales intervinieron las cancillerías en busca de una posición común que desdibujara el temido escenario bélico.

Luiz Inacio Lula da Silva logró aquello que se propuso apenas Chávez insinuó que, con el envío de diez batallones a la frontera con Colombia, estaba aprestándose para algo menos vistoso y más doloroso que un simple desfile militar. Consiguió, en realidad, que se descafeinara la agresiva escalada verbal, especialmente de Venezuela, y que la diplomacia ocupara su lugar en una zona lamentablemente proclive a arreglar los diferendos con más acciones que palabras.

Es elogiable la capacidad de reacción que ha tenido la región, no siempre a la altura de los acontecimientos cuando han confrontado dos o más gobiernos. Del repiqueteo verbal al lenguaje conciliador adoptado en la OEA hubo un antes y un después de la reunión del Consejo Permanente. Quizá sea pronto para afirmar que una guerra ha sido detenida gracias a la diplomacia, últimamente relegada por actitudes unilaterales que en nada han contribuido a un valor tan esencial como la paz, pero no lo es para afirmar que se notó ayer que los decibeles habían bajado y que los presagios eran más alentadores que anteayer.

La falta de consentimiento de Ecuador para la incursión militar de Colombia, principal punto en discusión, no debe dejarse de lado como si hubiera sido un hecho anecdótico. Desafortunadamente, los gobiernos de Correa y Chávez, en cuyas fronteras porosas con Colombia suelen merodear las FARC, no parecen preocupados por ello, sino por la lógica defensa de la soberanía y la integridad territoriales. "Si nosotros permitimos que una violación territorial siga ocurriendo sin que haya una acción conjunta de todos los países, mañana cualquier frontera puede ser violada", dijo Lula.

Lo dijo con mucha razón, pero debió agregar que nosotros, en América latina, también deberíamos definirnos sobre qué queremos y qué no queremos. Se supone que queremos democracia, libertad y paz; se supone que no queremos terrorismo ni secuestros ni narcotráfico. Si no queremos eso, tampoco podemos hacer una apología del delito con la exaltación de las FARC. Es necesario sincerarnos para saber qué queremos, qué no queremos y, sobre todo, quiénes somos.






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