¿Qué trompetas de qué guerra?

Por Venezuela Real - 10 de Marzo, 2008, 15:53, Categoría: Política Internacional

ARMANDO DURÁN
El Nacional
10 de marzo de 2008

Uribe y Chávez se abrazaron al final de la reunión

El primero de marzo, unidades militares colombianas "dieron de baja" en Ecuador a Raúl Reyes, segundo hombre en la línea de mando de las FARC. De la noche a la mañana, y a pesar de la prudente reacción inicial del presidente Rafael Correa, la subregión andina se convirtió en el centro de la atención mundial. Sobre todo porque el presidente Hugo Chávez no perdió esta oportunidad. Al caer la tarde, en cadena de radio y televisión, guardó un minuto de silencio en honor de Reyes y después, iracundo, amenazó al presidente Álvaro Uribe con la guerra si en territorio venezolano se producía una agresión militar de esa naturaleza.

Fue la chispa que pareció incendiar la pradera. Y así, Correa, a todas luces bajo la influencia de Chávez, cambió de inmediato el fondo y la forma de su discurso. Acusó a Uribe de haber violado la soberanía de su país, lo llamó mentiroso, retiró a su embajador de Bogotá, expulsó de Quito al de Colombia y rompió relaciones diplomáticas con el gobierno de Uribe. Por su parte, a la mañana siguiente, durante su Aló, Presidente, Chávez acusó a Uribe de criminal, terrorista y mafioso, y ordenó a sus ministros de la Defensa y de Relaciones Exteriores movilizar tropas, tanques y aviones de combate hacia la extensa frontera colombo-venezolano, y hacer regresar ese mismo día a Caracas a todos los funcionarios de nuestra embajada en Colombia. Estas acciones, si bien no equivalían a una declaración de guerra, colocaban a la región en ese estado de inestabilidad al borde del abismo que Chávez busca desde hace años y que ahora, tras su desastre electoral del 2 de diciembre, ha adquirido en su conciencia un carácter de urgencia agónica. Tanta, que Fidel Castro escribió en el diario cubano Granma que las trompetas de la guerra sonaban en América Latina. Una reacción demasiado prematura.

En América Latina, con la excepción de Chávez, a nadie le interesa la guerra, y ante la sensible profundización del conflicto por parte de Chávez y Correa, enseguida se pusieron en marcha los mecanismos diplomáticos de la región para atajar a tiempo el conflicto en ciernes. El acuerdo negociado al que se llegó fue firmado la tarde del martes en Washington por los 34 países miembros de la OEA. Era la respuesta conciliadora de un continente que, más allá de cualquier duda, también dejaba a Chávez de lado, en una solitaria posición adelantada. Como resumió después la presidenta Michelle Bachelet, la crisis era bilateral y sólo afectaba a Colombia y Ecuador. De ningún modo era una crisis regional y el papel de los otros gobiernos, es decir, de Chávez, debía limitarse a facilitar la superación pacífica de la crisis.

Se tuvo entonces la grata impresión de que la convivencia recuperaba su viejo peso moral y se imponía sobre los absurdos dislates de la guerra. No por mucho tiempo, sin embargo. El miércoles, desde Caracas, Correa arrojó un balde de agua helada sobre los afanes, infames, casi los llamó, de la diplomacia latinoamericana, y contradijo públicamente la posición adoptada por su ministra de Relaciones Exteriores en la OEA. Un día después, poco después de llegar Correa a Nicaragua, el presidente Daniel Ortega aumentó la presión de la olla al anunciar que su país también rompía relaciones con Colombia.

En medio de este clima de crispación extrema se inició el viernes la cumbre anual del Grupo de Río, en República Dominicana. Gracias a la televisión, todos asistimos al espectáculo y vimos en vivo y en directo la agresiva intervención de Uribe vinculando a Correa con las FARC y la respuesta vehemente pero muy poco eficaz de Correa. Al final, cuando sobraban las razones para temer lo peor, le tocó su turno a Chávez, quien para asombro de todos, formuló una exhortación categórica, desmesurada por su sensatez y naturalmente imprevista. "Hay que parar esto", dijo, y se puso a cantar, como si él no hubiera sido el gran instigador de "esto". El remate de la faena lo ejecutó a la perfección el presidente Lionel Hernández, cuando invitó a los contendientes a darse un abrazo.

Correa, desconcertado, descubriendo de pronto la magnitud de su soledad, apenas alcanzó a balbucear un apagado estar de acuerdo. Uribe, presuroso, saltó de su asiento, acudió a su lado y le estrechó la mano.

Luego, bajo la triste mirada del ecuatoriano, el gran perdedor de la jornada, fue a abrazarse con Chávez y Ortega. Los tres muertos de risa. Aquí, caballeros, no ha pasado nada. Todo fue, como señalaba el sábado un diario argentino, una simple telenovela venezolana. Nada más.







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