Sensatez caribeña - Entre nosotros

Por Venezuela Real - 10 de Marzo, 2008, 15:51, Categoría: Política Internacional

El Editorial
El Nacional
10 de marzo de 2008

El significado a largo plazo de la cumbre del Grupo de Río, celebrada en República Dominicana, reside en su demostración de que la diplomacia de la mayoría de los países democráticos de América Latina ha alcanzado la madurez suficiente como para resolver de manera autónoma los problemas de la región e, incluso, para lidiar con los cuatro presidentes más inmaduros de Suramérica y Centroamérica, tanto en el plano ideológico como político, por no decir en el afectivo y de equilibrio mental, lo cual es más grave.

Pero, en fin, recordemos que hasta ahora los problemas y las crisis entre los países de la región se habían tratado en organismos multilaterales que, en la práctica, se encuentran bajo la tutela de potencias extrarregionales: la OEA, donde la presencia de Estados Unidos es abrumadora, y las cumbres iberoamericanas, dominadas por España. Sacudirse ese protectorado siempre ha sido un objetivo nunca conseguido y a la espera.

Incluso en caso de problemas bilaterales se recurría a la mediación de los europeos, sin excluir la intervención del Papa. Parecía que los países de América Latina eran incapaces de resolver entre sí sus desavenencias. Además, cuando lo intentaban eran conducidos a los desplantes y a las rupturas, como en los casos de retiros de la Comunidad Andina que protagonizaron Pinochet, Fujimori y Chávez.

En este sentido, los esfuerzos encomiables que durante el último medio siglo realizaron varios estadistas para crear espacios políticos y económicos latinoamericanos parecían destinados al fracaso. Peor aún, la opinión pública regional y mundial los evaluaba con una mezcla de lástima y conmiseración.

Tal ha sido el caso del Pacto Andino, de Aladi, del Grupo de Contadora, de Mercosur, del SELA y del propio Grupo de Río, a tal punto de que cuando -con su desfachatez habitual- el presidente Chávez declaró que "de Cumbre en Cumbre sentía que iba de abismo en abismo" cosechó muchos aplausos.

Daba la impresión de que los latinoamericanos sólo podían ponerse de acuerdo sobre declaraciones retóricas vacías o cuando se encontraban bajo la tutela de algún poder extranjero. Lo que, en las mentes más simples, derivó en la tendencia infantil de llegar a creer que en todos los conflictos de la región se hallaba presente la mano negra de un interés foráneo.

Pero en la más reciente cumbre del Grupo de Río quedó claro que no eran vanos todos aquellos esfuerzos por construir un diálogo latinoamericano para hacer frente a los problemas de la región. Dando muestras de sensatez, los presidentes de América Latina abordaron y desactivaron una crisis en la que dominaba la imprudencia.

Con ello lograron detener una escalada de agresiones e insultos, que muchos temieron pudiera desembocar en la violencia e, inclusive, en la guerra. En Santo Domingo se demostró no sólo la utilidad de las instituciones regionales sino que, con una institucionalidad eficiente, se pueden moderar las consecuencias dañinas de los exabruptos de presidentes inmaduros.






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