El momento de la verdad

Por Venezuela Real - 16 de Marzo, 2008, 19:03, Categoría: Política Internacional

Antonio Sánchez García
Notitarde
16 de marzo de 2008

1

Nueve años ha tardado el presidente Hugo Chávez en obtener uno de sus más codiciados propósitos: convertirse en problema prioritario en la agenda del Departamento de Estado y del Pentágono. Una de sus mayores angustias -ser ignorado y/o despreciado por el presidente George W. Bush- comienza a encontrar satisfacción. Por primera vez el Estado norteamericano en la voz de sus principales voceros e instituciones -el Comando Sur, el Departamento de Justicia, el Departamento de Estado y la Casa Blanca- vuelven su mirada con atención al "fenómeno Chávez" y deciden enfrentar lo que consideran una cuestión de sobrevivencia regional. La pesada maquinaria norteamericana, renuente a dejarse entorpecer por asuntos menores como un teniente coronel fabulador y golpista, por folklórico y pintoresco que aparente ser, ha comenzado a girar en dirección al Caribe. El teniente coronel puede darse por plenamente satisfecho: ya está en la mira y es blanco del poderío imperial. Uno de sus más temibles portaaviones nucleares, el Harry S. Truman, se pasea frente a las costas de la zona, poniendo en entredicho con sus ochenta y cinco aviones de combate el recién adquirido potencial aéreo de procedencia soviética de que dispone la revolución bolivariana. La justicia norteamericana desnuda sus implicaciones en el lavado de dinero, el tráfico de drogas y el respaldo a las narcoguerrillas y el terrorismo. Goliat asoma sus garras.

Posiblemente no esté Hugo Chávez plenamente consciente del terreno que pisa provocando no sólo a los Estados Unidos, sino también a los países de la región y a la Unión Europea. Incluso a Cuba, preocupada por mejorar sus relaciones con los Estados Unidos e iniciar una transición que le permita reincorporarse con plenos derechos a la comunidad democrática de naciones. Incluyendo, desde luego, a la OEA. Pretender asumir la vieja estrategia castrista de cohesionar y galvanizar sus desconcertadas filas, en desbandada luego del fracaso electoral y plebiscitario del 2 de diciembre, provocando un enfrentamiento sin retorno con los Estados Unidos y convirtiéndolo en el tema prioritario de la sobrevivencia de su régimen, denota una crasa ignorancia de la verdadera correlación de fuerzas que se impone en nuestro país, al mismo tiempo que una desquiciada aventura que puede costarle su cabeza. Pues no es, como lo fuera en el caso cubano, una revolución la que se enfrenta al Imperio, sino un pésimo gobierno arrinconado entre la espada y la pared por sus propios ciudadanos.

En cuanto a la situación interior: más se parece el gobierno de Hugo Chávez al de los últimos estertores de Isabelita Perón y el brujo López Rega, que se extinguiera sin pena ni gloria empujado al abismo por una corrupción galopante y una ingobernabilidad aterradora, que al del Fidel Castro de Playa Girón. Y mientras Castro podía contar con la Unión Soviética, Chávez no cuenta con otro respaldo que el de Irán y Bielorrusia. Que hasta la Cuba de Raúl Castro comienza a tomar sus distancias. Un caso de lamentable miopía política podría estar empujándolo al abismo. Será el único culpable de su muy probable caída.

2

Sería muy lamentable que el presidente de la república confundiera su actual situación, según revelan todas las encuestas la más precaria desde que sufriera la rebelión popular del 11 de abril, con la que viviera la revolución cubana al momento de la total ruptura de relaciones con el gobierno de los Estados Unidos. Venezuela no ha vivido una transformación revolucionaria. Antes por el contrario, ha acentuado su dependencia económica y cultural respecto de los Estados Unidos. Y su gobierno, lejos de haber promovido una profunda transformación de nuestros parámetros culturales, que nos han atado durante gran parte del siglo XX y en particular desde la conversión de nuestra sociedad en una sociedad petrolera al llamado "american way of life", los ha incentivado hasta extremos grotescos.

En todos los órdenes de la vida nacional, la insólita bonanza `petrolera vivida durante estos últimos ocho años ha fortalecido dichas tendencias. La redistribución del ingreso no se ha traducido en un cambio de parámetros socio-culturales: ha fortalecido y desfigurado aún más los ya existentes. La tradicional ausencia de socialización en el tratamiento y solución de los problemas ha continuado imperando en el tratamiento de los mismos. No se ha traducido en la mejoría de los servicios y necesidades del venezolano, ni en la socialización de las soluciones. Un caso verdaderamente preocupante lo constituye el servicio de transporte público. En lugar de mejorar las redes viales, construir y diversificar nuevos medios de transporte y promover la construcción de mejores carreteras y vías alternas garantizando al mismo tiempo una red de servicios públicos para los usuarios, se ha promovido la compra salvaje de automóviles. La vida ciudadana se ha convertido en una verdadera tortura.

Tampoco la educación, la salud, el deporte y la cultura han encontrado un trato alternativo, novedoso y transformador. Las misiones terminaron en el mayor abandono y su gestión está marcada por el despilfarro, la corrupción, la inoperancia y el fracaso. En lugar de atacar el problema sanitario de raíz, mejorando los establecimientos existentes y construyendo grandes centros de medicina integral para todos los sectores de la población, se ha enriquecido aún más a las empresas aseguradoras y se ha atiborrado la disposición de asistencia de las clínicas privadas.

Todo lo cual ha sido acompañado del más perverso y fatal de los mecanismos de salvaguarda del funcionariato estatal: una corrupción absolutamente desaforada. ¿Dónde han ido a parar las gigantescas comisiones de primas de seguros, que según todos los indicios de un tradicional 3% han ascendido incluso más allá del 20%? Hablamos de cientos de millones de dólares anuales. Sobre los cuales planean comisionistas - de la misma estirpe y condición que los presos de La Florida -, ministros y altos funcionarios. Basta imaginar la prima cancelada a la respectiva aseguradora privada en todos estos nueve años por el Ministerio de Educación, el mayor y más grande instituto estatal de América Latina, para asombrarse del monto que se ha extraviado en los vericuetos de sus ministros y máximos responsables. ¿Alguien ha pedido cuentas? ¿Alguien las ha dado? Imaginable el panorama ante un contralor mucho más preocupado por inhabilitar a posibles candidatos opositores que en vigilar e impedir el saqueo de la hacienda pública.

Si tan lamentable es el estado de la salud y la educación, ni imaginarse el de la seguridad pública. Basta leer la crónica roja de los fines de semana para comprender que Venezuela ya no es la de antes. Es infinitamente peor.

3

Si los parámetros socio-culturales continúan prisioneros de nuestras peores lacras y el venezolano, siguiendo las pautas impuestas desde el alto gobierno, sigue aferrado a sus atávicos malos hábitos - consumismo, egoísmo, irresponsabilidad ciudadana, hedonismo y un materialismo grosero y desconcertante - las instituciones están por los suelos. Todas pervertidas por la traición a sus funciones en aras de someterse a la voluntad omnipotente del caudillo. Desde la Justicia a las Fuerzas Armadas, todas las instituciones del Estado se encuentran carcomidas por la desintegración moral, la irresponsabilidad pública y la corrupción generalizada.

¿Puede una sociedad envilecida a tal grado por una gestión de la máxima irresponsabilidad como la ineficiente, inoperante y prepotente ejecutoria del presidente de la república y sus más cercanos funcionarios enfrentarse a un grave estado de excepción como el que podría provocar el convertirnos oficialmente en un estado terrorista y/o forajido? ¿Puede la Venezuela quebrantada en su fibra más íntima y fracturada en su atribulada esencia hacer frente a un aislamiento internacional como el que provocaría tal declaratoria?

Sólo la irresponsabilidad suicida de un desquiciado podría empujar a nuestra patria a un estado de gravedad semejante. Sólo quien confunde sus propios y mezquinos intereses con los altos intereses de la Nación podría pretender sacar partido de un aislamiento semejante. Sólo un hombre poseído por la mayor irracionalidad y la más bastarda ambición podría querer desencajar nuestra precaria organización social, económica, cultural y política desatendiendo el llamado a concertar con todos los sectores nacionales - empresariales, políticos, académicos, eclesiásticos, laborales, estudiantiles y profesionales - para restablecer la normalidad ciudadana y recuperar la plena vigencia constitucional de nuestra quebrantada institucionalidad.

Vivimos la peor crisis de nuestra historia. Si no encauzamos todos los esfuerzos en dirección a una normalización de la vida pública nacional, como lo proponen ya distintas fuerzas sin distingos de color político, y no recuperamos el buen nombre y el prestigio de la república en el concierto de las naciones, podríamos estar al borde de nuestra desintegración. Como ya ha sucedido más de una vez en nuestro lamentable pasado.

Es el momento de la reflexión, para facilitar la acción. Es el momento de la unidad, para enfrentar el presente. Es el momento de la verdad para resolver el futuro.





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