Notas para el silencio de los días santos

Por Venezuela Real - 16 de Marzo, 2008, 11:38, Categoría: Política Nacional

MILAGROS SOCORRO
El Nacional
16 de marzo de 2008

Lo más difícil de ser venezolano en la época de Chávez ha sido asistir a la destrucción del país que él y sus cómplices han perpetrado, invirtiendo en ello, además, millonarias sumas. Esa es la trágica paradoja de Chávez, ha empleado más dinero que ningún otro gobernante en demoler lo que otros habían levantado en respuesta a las aspiraciones de una nación orientada a la modernidad.

Chávez es un pobre actor atrapado en su rol de devastador (como un Judas elegido desde el principio de los tiempos para cargar con el horror de ser el encargado de entregar a Cristo al martirio por una busaquita de plata). Las historias necesitan factores desencadenantes del conflicto y siempre hay un personaje a quien le toca ser el malo, el exterminador, el bufón sombrío. ¿Podía doña Bárbara ser algo distinto a esa devoradora de hombres, mala madre de Marisela, verdugo de Lorenzo Barquero? No. Barbarita tenía que convertirse en esa criatura vengativa e inescrupulosa para que, en compensación, a su alrededor se alzara la civilización, se reforzaran las instituciones, los linderos volvieran a su lugar y Marisela trocara esos andrajos por un vestidito de señora casada.

A diez años de desmanes, empobrecimiento en todos los órdenes, crispación innecesaria, peleas que ya parecen sobreactuadas, en fin, a diez años de tolerar mucho y obtener muy poco, el país está menos polarizado de lo que pudiera parecer. Están, como siempre, los extremos radicalizados en sus posturas. Esos siempre han estado y cabe prever que siempre lo estarán.

Pero en el centro hay una gran mayoría que ya ha entendido cosas fundamentales acerca de sí mismos y del país. Son los que saben que los países no se hacen con prestidigitaciones, aventuras, manotazos, salvadores de última hora, hombres de a caballo, títulos obtenidos en sorteo, números de circo, en suma, con nada que no sea el diario trabajar, la brega sostenida, la rutina creadora, la austeridad y la sobriedad.

Esa mayoría que ha madurado en estos diez años de frustraciones y de incremento de todos nuestros males es la que ha comprendido que la tarea de los pueblos deben hacerla los propios pueblos. No los uniformados, ni los presidentes ajenos, ni las sucesivas encarnaciones de la antipolítica. El país en pleno debe hacer su tarea. Y, entre las tareas que tenemos en la actualidad, están trabajar en el fortalecimiento de los partidos políticos, de manera que representen a las mayorías y a las minorías, que expresen las expectativas de todo el país, que ofrezcan cauce al anhelo de participación, que den ejemplo de disciplina, formación, eficiencia y probidad; la unidad de la oposición en torno a figuras arraigadas en las localidades que irán a elecciones a fin de año; y cumplir con la labor opositora con métodos distintos a los de Chávez y sus cómplices. Mientras tanto, el Gobierno seguirá en su desgaste. La oposición debe persistir en la línea que ha asumido y que ya ha comenzado a acarrearle victorias como la de la UCV, donde apabulló al oficialismo con 75%; y, lo que es más satisfactorio, con las candidaturas triunfantes de dos bachilleras, de quienes esperamos que sean expresión del nuevo liderazgo democrático, ilustrado y femenino.

El país ha comprobado que Chávez sale más barato cuando se dedica a repartir plata en el extranjero que cuando se mete a presidente. Esta es una certeza desesperante porque en uno y otro impulso malgasta los recursos de Venezuela, ésos que tanta falta hacen en cada rincón del territorio.

Pero el hecho es que el jefe del Estado resulta menos dañino cuando está concentrado en el extranjero, estableciendo alianzas con malas juntas y comprando amiguitos, que cuando mira hacia Venezuela y pretende hacer, en un Aló, presidente lo que no ha hecho en diez años; porque entonces pone en marcha el multígrafo de las medidas improvisadas, inconsultas, arbitrarias, pergeñadas a última hora con el afán de entorpecer la empresa, obstaculizar la industria, crear el caos y producir la sensación de que trabajar cuesta tanto que lo mejor será ir a picotear de la mano del amo.

Por suerte, en la mayoría de los casos, el efecto ha sido el contrario. Y a mayores dificultades, mayor es la creatividad, las ganas de echarle pichón y la determinación de no dejarse ganar por este triste drama que tiene la cara de Chávez.

Ese país fortalecido, trabajador y sobrio será, paradójicamente, el único legado del Chávez.






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