El mito revolucionario

Por Venezuela Real - 18 de Marzo, 2008, 13:52, Categoría: Cultura e Ideas

RAMÓN ESCOVAR SALOM
El Nacional
18 de marzo de 2008

¿Cuál es el precio, cuánto ha costado el mito revolucionario, el "viva la revolución", a los países hispanoamericanos? Los fundadores, los padres de 1810, pensaron en construir repúblicas, en fundar un orden nuevo, con leyes, derechos e instituciones. En los momentos en que este espíritu se mantuvo la sociedad se animó, el aire colectivo cobró ciertos bríos.

Pero tales experiencias fueron cortas. Las revoluciones, o sea, las montoneras o parcialidades en acción armada o la mentalidad autoritaria, militarista, han dominado el escenario. A esto agregamos hoy el mesianismo y el verbalismo. Las armas, la rebelión, la insurgencia como vía expedita para proclamar proyectos redentores, toman la palabra y reclaman su puesto como los únicos depositarios de la razón moral.

Mientras tanto, en Asia, sociedades que en un momento no distante fueron atrasadas vuelan alto hacia el progreso, la productividad, el protagonismo creador y constructivo.

Hispanoamérica es un fracaso histórico. Este hecho se mide en términos de educación, de desarrollo material, de crecimiento social. Los países delanteros van ahora en busca de las altas tecnologías, de la educación bilingüe, del cuidado de la naturaleza. Los atrasados mezclan las carencias espirituales con la suciedad, con la basura, con la falta de modales para convivir. Aquellos protagonizan los verdaderos cambios. Sin negar lo positivo de ciertas transformaciones Hispanoamérica no puede exhibir hoy grandes progresos institucionales. El mito revolucionario pretende fundar un orden nuevo sobre generalidades simplistas. Se habla mucho de postmodernidad. ¿Cómo pueden ser posmodernos quienes ni siquiera son ni han sido nunca modernos? Preferiría hablar de actualidad, hay quienes pretendemos ser actuales y existe un conglomerado de gentes que sencillamente no son actuales. Simplifiquemos las palabras para poder administrar las cosas. Porque los sistemas políticos, como expresó Montesquieu, están representados por el gobierno de los hombres y la administración de las cosas.

¿De qué queremos hablar? Se trata de que la gente viva en paz, confiada y pueda moverse en calles limpias y seguras.

Eso es parte del gobierno de los hombres y la administración de las cosas que antes mencioné.

¿Se requiere para eso una revolución? ¿Es preciso demoler todo lo que existe para sobre las ruinas y los escombros edificar un nuevo tipo de sociedad, que se autocalifica como novedad del siglo XXI? ¿Cuál es el principio que da derecho a proclamar que se excluye a una parte de la comunidad, partiendo del exterminio político, para imponer por la fuerza un supuesto orden revolucionario? ¿Y si, además, esa parte de la sociedad a la que se pretende exterminar es la mayoría de la población representada en votos contantes y sonantes? La revolución es un mito del siglo XVIII retomado a principios del XX, por líderes mesiánicos y proyectos que perdieron vigencia y eficacia cuando se confrontaron con la realidad. ¿Qué quedó del fascismo y del comunismo como vanguardia de la clase obrera? El progreso económico de China se inició cuando Deng Siao Ping, formuló e impulsó desde el poder esa hazaña del crecimiento que es hoy el sureste de esa nación-continente.

Los restos del gran naufragio revolucionario del siglo XX andan por algunos países atrasados donde minorías activas gargarizan las grandes frases que le dieron aire en sus momentos a tales posturas redentoras. ¿En cuánto contribuyen al producto bruto mundial? ¿Cuánto hicieron por la educación, la libertad de la cultura, la preservación ecológica del planeta? En su esencia fueron o son movimientos destructivos incompatibles con la dignidad de la condición humana.

En América del Sur necesitamos crecer, tener orden, convivencia y seguridad, proteínas para la población porque sin ellas no puede haber democracia, agua potable, aire limpio. ¿Es precisa para eso una revolución excluyente? Para que haya menos pobres ¿no sería bueno que se aumentara la productividad en lugar de disminuirla con discursos incendiarios y redentores? ¿Quiénes viven mejor, los cubanos o los ciudadanos de Singapur? ¿Dónde hay más productividad, en Argentina o en Corea del Sur? ¿Dónde existe o existió mayor justicia social y distribución de bienestar, en Suecia o en la antigua Unión Soviética? Son hechos concretos de la realidad mundial. Y por último, ¿quiénes pueden impulsar un proyecto nacional más armonioso, los llamados partidos o sectores revolucionarios o aquellos otros proyectos democráticos que se pudieran agrupar o reagrupar? Sin olvidar que para andar hacia el futuro no es necesaria una doctrina. Como dijo Fiorello La Guardia, famoso alcalde de Nueva York, para limpiar las calles de una ciudad no es necesario aplicar ninguna doctrina política.







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