El evangelio según san Juanes

Por Venezuela Real - 22 de Marzo, 2008, 16:31, Categoría: Política Internacional

Elías Pino Iturrieta
El Universal
22 de marzo de 2008

Quisieran nuestros mandones un vínculo tan íntimo, afectuoso y respetuoso con sus pueblos

Los tiempos del periódico cambian en cuaresma y me obligan a entregar el ar- tículo del sábado con días anticipación. Así el jefe de página sale a descansar temprano, o a cumplir con sus obligaciones religiosas, mientras el escribidor del fin de semana corre el riesgo de ponerse a cocinar unos fiambres que tendrán escasa demanda ante quienes también han tomado las de Villadiego para pasarse unas jornadas entre biquinis y penitencias. En esto del comentario periodístico no sólo hace falta la disciplina en las entregas, sino también la necesidad de apretar el acelerador para que el producto no llegue a la senectud mientras viaja de la computadora al quiosco. Por fortuna, estoy apagando el televisor después de ver el concierto convocado por Juanes en la frontera colombo-venezolana, cuyas imágenes me han comunicado un entusiasmo gracias al cual confío en la redacción de un escrito que no envejezca demasiado rápido; o, más bien, cuya importancia permite la presentación de unas letras capaces de generar atención cuando esté a punto de concluir la Semana Santa.

Todo el mundo sabe quién es Juanes, un joven colombiano quien ha destacado como compositor y cantante de música contemporánea, un gran cantautor, según se dice en la jerga farandulera de nuestros días.

Pero ahora no interesa por la cualidad que le ha concedido fama en los escenarios, sino por la pericia que exhibió en la realización de una acción capaz de involucrar a un público infinito desde una perspectiva que no es necesariamente artística, ni escenográfica ni coreográfica; por el hecho de hacer que una inmensa multitud se sintiera vivamente concernida en un espectáculo que no consistió en la rutina habitual de canciones y luces, porque en el fondo estuvo movido por una sensibilidad de naturaleza política.

La política fue una cuestión de vísperas que el inspirador del evento tuvo el cuidado de mostrar en términos sutiles, no en balde resultaba demasiado grosero hacer memoria entonces de la hostilidad manifestada por los gobiernos vecinos que desembocó en la genial idea de cubrir, en las orillas del Táchira, las amenazas con música y la tirantez con camaradería. Fue de veras aleccionadora la reunión de los pueblos de Colombia y Venezuela alrededor de sus ídolos musicales, susceptible de manifestar la voluntad contundente de cambiar las querellas de los jefes por rutinas de acercamiento. El portento se debió a Juanes, quien acudió a la solidaridad y al desinterés de sus colegas, todos de gran cartel en América Latina y en España, para que el proverbial ejemplo sirviera de incentivo para las colectividades a quienes el capricho, o la mala voluntad, querían poner en conflagración. Ninguno de ellos cobró por su participación, debido a que los convocaba un colega urgido por la necesidad de detener una guerra. ¿Hacía falta un resorte más vigoroso para que la gran familia popular se regocijara en un hermoso convite? No dejó de ser elocuente para el propósito de concordia que el inspirador se acogiera a un escenario inhóspito, o desprovisto de las facilidades como las que predominan en ese tipo de funciones. Todo pasó en el lugar adecuado, en el teatro que padecen y celebran habitualmente las comunidades, sin reflectores, sin poses falsas, sin afeites.

Al final Juanes habló brevemente de civismo, de republicanismo y de la buena vecindad que nace del ejercicio de la ciudadanía, palabras estimulantes para un destinatario a quien se ha querido aficionar a discursos apocalípticos. Enfrentó el mensaje de la destrucción mostrando una conducta sin pretensiones que no necesitó de mayores argumentos para convertirse en desafío exitoso. El resto lo dijo el público que no se cansó de aplaudir, que recitó las letras de los compositores como si fueran obra suya, que repitió los coros en medio del delirio sin equivocarse en una sola palabra, que adivinó los movimientos de los artistas y se regocijó con ellos, que no necesitó del estímulo del licor y las drogas para pasar una tarde memorable. Quisieran nuestros mandones un vínculo tan íntimo con sus pueblos, pero también tan afectuoso y respetuoso. Quisieran salirse de sus poses estudiadas y gélidas, de su aire de personajes importantes e inaccesibles, de sus anodinos libretos, de sus burdos programas que apenas tienen sintonía.

Para su desgracia no son como Juanes, artífice de un episodio medular de las relaciones binacionales, que en adelante serán necesariamente diversas; y proveedor de oxígeno para un escribidor en apuros.





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