¿Otra promesa? - Dispuesto a conversar

Por Venezuela Real - 26 de Marzo, 2008, 15:54, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

El Editorial
El Nacional
26 de marzo de 2008

En su conversación mensual con los corresponsales extranjeros, el presidente Chávez (que no se atreve a hablar con los periodistas venezolanos porque no llegan a su altura) reveló que está "dispuesto a sentarse a conversar con la oposición para evitar una posible confrontación entre venezolanos". La verdad es que se le agradece la intención y la buena voluntad pero, como todo el mundo sabe, el jefe del Estado no es precisamente una hermanita de la caridad, ni se pasea por allí exhibiendo un casco azul de las Naciones Unidas, ni tiene la paciencia del Dalai Lama para aquietar las almas y espantar las violencias.

Al contrario, el mandatario nacional se caracteriza por su verbo encendido, pendenciero y retador, no sólo en el ámbito interno, sino a escala internacional. Ya le hemos buscado pelea a Estados Unidos, Perú, Colombia, España, Chile, El Salvador, Honduras, México, Trinidad, Guyana, y no pare usted de contar o de sumar enemistades. De forma que a estas alturas, el Presidente no puede ofrecerse como un puente para la paz entre los venezolanos porque su prédica ha sido discriminadora y abusiva, apelando siempre a una estrategia perversa tendiente a dividir y debilitar a la sociedad en sus capacidades de acción política y en sus actividades partidistas, gremiales, culturales y sindicales.

El primer mandatario ha sido el abanderado de la división del país, del odio entre hermanos, de la descalificación del otro porque no piensa igual o se atreve a discrepar ante los postulados oficiales. Si alguien tiene que jugar un papel fundamental en la reconciliación nacional es el jefe del Estado, pero no como pastor de ovejas descarriadas sino como experimentado mecánico que desmonta el aparato del odio que, con su llegada al poder, instaló en Venezuela. Esto es hoy el motor de sus derrotas porque, sencillamente, los venezolanos no nacimos para odiar a nadie.

Como militar, el Presidente de la República ve el mundo como un campo de batalla que, al fin y al cabo, no es sino una fantasía. Fantasía o no, allí concibe sus planes, sus proyectos y sus guerras, de la misma manera que actúa un niño al cual se le regala un tren eléctrico. Pero esta vez lo que ese gobernante inmaduro maneja es un país, una población llena de expectativas y de necesidades inmediatas, que clama por su vida y por sus bienes adquiridos luego de un gran esfuerzo personal.

En cambio, ¿qué le ofrece hoy la revolución bolivariana? En primer término escasez de alimentos, hospitales en ruinas, servicio de transporte cada día más caro e ineficiente, ministros y policías corruptos y narcotráfico en auge. Y más adelante, el mandatario les ofrece una guerra civil si, por casualidades políticas o del destino, el Gobierno pierde las elecciones.

Es decir, nada bueno y todo malo: o seguimos como estamos y obedecemos a la voz del amo, o llegará el huracán de la guerra civil. Nada más falso y nada más infantil, porque si gana la oposición será por la catarata de errores del Presidente.





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