El terrorismo mediático: Historia oficial

Por Venezuela Real - 28 de Marzo, 2008, 17:23, Categoría: Libertad de Expresión

ALONSO M OLEIRO
TalCual
28 de marzo de 2008

Si la SIP y los periódicos que la integran forman parte de la CIA, todos los periodistas que trabajan en estos medios son tributarios o dolientes de su causa.Y si los periodistas que trabajan en medios que pertenecen a la SIP son agentes del Pentágono, como sostiene Eva Gollinger, pues también lo son, o lo fueron, que al caso es lo mismo, quienes trabajaron en esos medios en los años 90, e incluso en esta década y hoy integran con entusiasmo revolucionario la burocracia del gobierno.

Como hace tiempo he quedado completamente vacunadode las aproximaciones policiales de la izquierda clásica, y no le doy el menor crédito a esas estupideces, podría animarme a decir lo que pienso de la SIP: una instancia de propietarios integrada por directivos de buenos y malos periódicos, cruzada por algunos intereses parciales con los cuales no tengo nada en común, salvo el interés manifiesto porque esos y otros medios, independientemente de sus metidas de pata, existan en una sociedad plural.

Ivan Padilla, Freddy Fernández, Ramón Gordils, Rubén Wiszotski, Ernesto Villegas y Andrés Izarra, para citar algunos casos, son algunos de los periodistas más conocidos del chavismo. Personas decentes, muy competentes, casi todos, lamentablemente desencaminados en esta hora, a mi parecer, hoy integrantes de "el lado rojo" de la fuerza.

A algunos de ellos llegué a conocerlos bien y a tratarlos con frecuencia. Ninguno, por cierto, que yo recuerde, estuvo en calabozos de la Disip o integró células revolucionarias de combate al puntofijismo en los años 90.

Antes de que el chavismo inundara sus conciencias y se les activara el daltonismo a la inversa, eran, lisa y llanamente, independientemente de los matices y puntos de vista, periodistas en ejercicio. No necesariamente de la CIA. Padilla y Villegas trabajaban en El Universal; Fernández fue conmigo empleado de El Globo; Rubén Wisotzki se pasó lustros enteros a salvo de cualquier remojada en la "zona cero" de las páginas culturales de El Nacional. No conozco a Andrés Izarra, pero sé que era el jefe de información de El Observador, y que como tal era un furibundo partidario de abrir las emisiones nocturnas del noticiero que dirigía colocando por delante la ristra de víctimas del hampa callejera como ardid para ganar puntos de sintonía.

Entiéndase qué quiero decir cuando hablo de "periodistas": sujetos sin ningún entusiasmo de empleado público, combativos con sus empleadores en los sindicatos; necesitados de una evidencia empírica para demostrar la validez de un razonamiento; distantes, a partes iguales, tanto del entusiasmo corporativo como de los centros de poder político. Desconfiados estructurales de los fanatismos, las simplificaciones y los lugares comunes que ahora, inexplicablemente, tanto los deslumbran.

Sujetos que en los años 90 parecían capaces de comprender que cualquier ejercicio viable de este oficio demanda una búsqueda con motor propio que sepa alejarse con solvencia de cualquier centro de poder con delirios de perpetuidad.

Diez años después podemos verlos, reconstruyendo con ciertos artificios un inexistente pasado insurgente. Indignados porque algunos periodistas siguen haciendo lo que ellos hacían antes: preguntar, tomar distancia, objetar y pedir pruebas al canto. Moralizando a los demás con pamplinas y consignas de segunda mano y emitiendo cartillas escolares horrorizadas con el terrorismo mediático, pero al mismo tiempo, incapaces de segregar un adjetivo que los haga separarse un milímetro de lo que haya dispuesto el Comandante en Jefe en un Aló, Presidente.





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