La tristeza de la naranja

Por Venezuela Real - 30 de Marzo, 2008, 16:30, Categoría: Política Nacional

MILAGROS SOCORRO
El Nacional
30 de marzo de 2008

Desde la ventanilla fugitiva el viajero contempla los paisajes que se van sucediendo en su trayectoria.

Ya sea que va hacia su destino turístico o que desanda el camino en dirección a su casa, siempre está la emoción del traslado. Esa alegría del espíritu liberado de rutinas y del cuerpo en movimiento. Pero algo no anda bien en el viajero venezolano que cada tanto se abisma ante la desolación en que se hunde el país: la infraestructura en franco deterioro, la campiña vacía, parajes andinos que hasta hace pocos años ofrecían la visión de cuadrículas ubérrimas donde florecían la papa y las hortalizas ahora son tierra vacante donde no destellan las hojas de la cebolla, la zanahoria y el cebollín ni crece el ajo ni rompe la coliflor. Los campos de Aragua y los Valles Altos de Carabobo y Yaracuy, antes grandes productores de naranjas para las mesas de todo el país, se ven ahora tapizados de frutas que caen de los árboles sin nadie que las recoja, son pudrideros donde se pierde la naranja fresca en vez de acudir a su cita con los guacales.

El recorrido que debió ser ocasión de encuentro con el país y celebración de su belleza, productividad y biodiversidad, es ruta de angustia. Kilómetros de polleras desiertas (apenas f lota una pluma en el aire y aquella estridencia de chillidos y cacareos ha cedido paso al silencio); cochineras que huelen a enramada recién barrida, tal es la desbandada; fincas donde pasta alguna que otra vaca de prominentes ijares, donde se echa a faltar el rebaño de otros tiempos y la melancólica tonada de un mugido persistente, oboe de la nación profunda. El país productor, agrícola, pecuario, fajado y trabajador está suspendido y el paisaje a ambos lados de la carretera está sembrado sólo de vallas y de mensajes tramposos ilustrados con las horribles fotografías sacadas del álbum de familia del poder: caras nuevas con hambre vieja que han hecho de Venezuela su botín y del campo un erial.

Desde su llegada a la televisión, Chávez (golpista, candidato y presidente) ha estado hablando de guerra. Esa ha sido su promesa inalterada.

Recientemente, en su vuelta del exilio para ponerse al frente de la campaña electoral, ha retomado el tema: el triunfo de la oposición en gobernaciones y alcaldías traerá guerra. Y los temporadistas que lo escuchan mientras dejan caer los morrales y van al espejo a supervisar su bronceado no pueden sino pensar que el país que acaban de cruzar ostenta un paisaje posbélico, como el que había hacia 1825, cuando la devastación agrícola iba pareja con la ruina pecuaria (las 1.200.000 cabezas de ganado que había en Venezuela antes de la guerra de independencia se redujeron a unas 256.000 a su término).

Pero aquella guerra tenía un enemigo externo. La guerra de Chávez es contra la producción, contra el trabajo. Su revolución ha arrancado los brazos del campo para arrojarlos a la mendicidad y con ello ha dado un tajo terrible a la ética colectiva de la república.

Las naranjas de Venezuela fermentan bajo el sol en lugar de emprender alegre viaje hacia los mercados, entre otras cosas porque los antiguos jornaleros ahora están inscritos en las misiones. Y esto se contrapone con el trabajo. El resultado es que el consumo local de naranjas se divide entre 80% que viene de Brasil en forma de concentrado para jugo y 20% que queremos frescas para exprimir y comer enteras. Antes los cítricos eran víctima de un virus que afecta a naranjos, mandarinos y toronjos, debilitando el árbol y reduciendo su producción hasta matarlo. Muy común en España y otros países, fueron los agricultores suramericanos quienes lo nombraron tristeza de la naranja. Pero la melancolía de la fruta venezolana no se debe a un mal bicho transmitido por los pulgones sino a la obra devastadora de un gobierno que decretó la guerra al país.

Como ocurrió tras la guerra de independencia, los caudillos se quedaron con grandes extensiones de tierra. Lo hicieron Páez, Mariño y Monagas. Y ahora la Asamblea Nacional emprenderá una investigación, con la acuciosidad que la caracteriza, para determinar hasta qué punto son ciertas las denuncias del diputado barinés Wilmer Azuaje, quien anda por los caminos de la patria con unas carpeticas en las que acumula documentos que según él prueban la acumulación de tierras perpetrada por la familia Chávez Frías.







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