LOS HUERFANOS DE LA VIOLENCIA

Por Venezuela Real - 30 de Marzo, 2008, 16:41, Categoría: Seguridad/Inseguridad

ADRIANA RIVERA
El Nacional
30 de marzo de 2008

La inseguridad deja cada año miles de niños sin padres y mujeres solas, que deben superar el impacto emocional y económico que representa la pérdida de uno de los sostenes del hogar.
Cientos de familias se fragmentan, en la misma medida en que crece el índice de homicidios
 
Ana desea que su papá estuviera vivo. No le dio tiempo de aferrarse a su recuerdo. La pequeña, de 8 años de edad, mira las fotos que su madre guarda en una caja, y se lo imagina.

Sus manitas sudorosas las han acariciado tanto que algunas tienen las puntas dobladas. Ocasionalmente, llora y le pregunta a su mamá por qué lo mataron.

La familia de Ana se descalabró hace seis años, cuando su papá acudió a una fiesta, de la que no regresó. "Los amigos de mi esposo se metieron en problemas, y al salir les dispararon a todos. La niña tenía un año y yo trabajaba en una panadería en Guarenas. Vivíamos en la casa de mi hermana", recuerda Mislenis Gil, madre de Ana, mientras atiende su puesto de alquiler de teléfonos, en la entrada del barrio Antonio José de Sucre de Petare. Esta morena menuda, de rulos amarillos, cursó hasta sexto grado y enviudó a los 21 años de edad.

La violencia y la inseguridad están dejando en el país miles de huérfanos y madres solas, que deben asumir la tarea de superar la pérdida y el impacto económico que acarrea la muerte de uno de los sostenes del hogar.

De acuerdo con proyecciones basadas en los informes de la organización no gubernamental Provea, en 2007 hubo alrededor de 13.000 muertes violentas; aproximadamente 11.700 de estas víctimas eran hombres. Según los anuarios de mortalidad del Ministerio de Salud, 90% de las las personas asesinadas es de sexo masculino, y gran parte tiene entre 16 y 30 años de edad. Las investigaciones del Laboratorio de Ciencias Sociales han determinado que 61% de las víctimas estaba casada y 21% unida (concubinato). Es decir, es probable que hayan tenido hijos y que estos niños y adolescentes quedaran huérfanos.
 
Daños colaterales.

Un año después de que muriera su padre, Ana conoció una segunda figura paterna. Su mamá se mudó a la casa de otro joven, con quien vivió dos años y tuvo un hijo.


En las familias afectadas por la violencia cada miembro intenta superar la pérdida como puede, afirma Diana González, psicóloga del Programa de Defensa y Rehabilitación de la ONG Red de Apoyo, que asiste a víctimas de excesos de cuerpos de seguridad del Estado. "Son procesos psicológicos que fragmentan la familia, cada uno se aísla en su propio dolor y angustia. El tema de esa muerte se convierte en un tabú. Si lo mencionas, la mamá u otra persona llora".

El repaso de los sucesos del más reciente fin de semana sirve de indicativo de cómo cientos de familias se fracturan a consecuencia del crimen. El domingo pasado, un pistolero mató a Luis Díaz, un obrero de la construcción de 23 años de edad, que regresaba a su casa en Barcelona, estado Anzoátegui. La esposa y las tres hijas de Díaz presenciaron el crimen. En Miranda, el lunes 24 de marzo, hallaron en el río Guarenas el cadáver de Meraldo Rojas, un trabajador de 27 años de edad asesinado a puñaladas. Dejó dos niños huérfanos. A Simón Sánchez, empleado de una empresa privada de 20 años de edad, lo asesinaron a tiros en un barrio de Barquisimeto, estado Lara. Dos niños se quedaron sin padre.

La encuesta de victimización elaborada por el Observatorio Venezolano de la Violencia en 2007, señala que 3% de los hogares venezolanos ha sido víctima de un homicidio. Casos como el de Mislenis Gil y sus hijos se repiten en muchas zonas populares del país,.

Mercedes Pulido, psicóloga social, socióloga y ex ministra de la Familia, indica que la muerte violenta del sostén del hogar causa inestabilidad en los ámbitos emocional y económico. "Se reconstruye una relación familiar efímera, con poco compromiso afectivo.

Cuando las madres son muy jóvenes, comienza el círculo de tener hijos de cada una de sus parejas. Esto lleva a que perennemente vivan situaciones de violencia junto con los niños", señala.

Por lo general, se trata de madres con bajo nivel educativo y que desempeñan trabajos temporales o que requieren mucha movilización. Además, los niños pueden llegar a desvincularse de la escuela y del sistema de salud. Las condiciones para que exista una familia disfuncional están dadas.

Las rutinas cambian con esa pérdida inesperada. Si la mujer se dedicaba al hogar, tenderá a asumir el papel de proveedor que cumplía el hombre o a duplicar sus horas de trabajo, para compensar el desequilibrio en los ingresos. "Generalmente no buscan ayuda porque hay otras prioridades, deben trabajar y no pueden pedir permiso. Aunque también puede ser un mecanismo de defensa, para no tocar la llaga y sangrar.

No se acepta que lo que sucedió altera la rutina", apunta González.

Cuando la mujer asume también el papel del padre sin la orientación necesaria, se hace compleja la convivencia. "La madre no puede cumplir los dos roles. Si lo hace, serán incompletos. Hay que darle herramientas para que oriente a sus hijos, y opciones para dejarlos cuando sale a trabajar", insiste Pulido. Explica que la pérdida del padre puede superarse con figuras sustitutas, como los abuelos, tíos o padrinos. La familia extendida -además del núcleo de padre, madre e hijos- tendría un papel importante en la recuperación emocional.

"El problema es la crisis de autoridad que vivirá esa familia porque la figura paterna es quien impone los límites", advierte Pulido.

Mislenis Gil señala hacia una bodega de rejas azules, a 50 metros de su puesto de teléfonos. En esa calle mataron a su segundo esposo hace 5 años.

Fue a la bodega, y cuando regresaba a casa le hicieron 4 disparos. Poco después, Ana y su hermanito cambiarían nuevamente de casa y conocerían a otro padrastro.

Huellas profundas.

El proceso para superar la pérdida es igualmente complejo en niños y adultos, pero los pequeños no cuentan con las herramientas necesarias para canalizar el dolor.

"No es lo mismo que el padre muera víctima de la violencia, a que fallezca por una enfermedad", afirma Helen Ruiz, psicóloga de la Fundación Luz y Vida, con sede en Petare, organización encargada de la defensoría de derechos del niño y niña en el sector. Un caso que atendió hace pocos días le sirve para ilustrar cómo entiende el homicidio un muchacho de un sector popular. Una adolescente le dijo en consulta que a su papá lo habían matado, pero que en casa no le habían dado ninguna explicación sobre el hecho. "¿Qué te imaginas tú?", inquirió la especialista. "Que se metió en problemas".

"Se generan muchas dudas sobre la idoneidad del padre, y se preguntan si era buena persona. Esas dudas no quedan sólo en el hijo, sino también en el resto de la familia, si el hecho ocurrió por venganza o por algún problema. La duda afecta la imagen. Todo ser humano necesita tener una imagen interna de madre y padre que le ayuda a construir su identidad y a situarse frente al mundo", explica.

En la comunidad de Sheilan Soto, una jueza de paz del sector La Línea de Petare, hay muchos niños que crecen sin padre –también sin primos, hermanos mayores y tíos– como consecuencia de los enfrentamientos entre bandas, los atracos o las balas perdidas. Sólo en la calle donde reside hay 6 hogares en esta situación. "Muchos no llegan a los 20 años de edad. Las muchachas tienen varios hijos y van cambiando de pareja para ver si consiguen un mejor porvenir. Casi siempre viven alquiladas, y las botan de las casas con sus niñitos. A veces rechazan la ayuda de la comunidad porque si a la pareja se la mató la policía o el hampa, piensan que los vecinos han sido los soplones. No hay institución que las ayude", manifiesta.

Hace unos meses, la sentencia de un vecinito de 8 años de edad la dejó con un sinsabor que la hace fruncir el ceño al recordar: "Cuando sea grande quiero ser malandro o policía, para matar al que mató a mi papá". Los 33 años que Soto tiene viviendo en Petare la hacen soltar una afirmación tajante: "Se están criando con resentimiento, y puede que sean los malandros de mañana".

Los temores de los especialistas se disparan ante la frecuencia y la "normalidad" con la que muchos niños experimentan hechos violentos en sus familias o contra ellas.

Emociones peligrosas.

La rabia, el miedo y la tristeza son sentimientos propios de los duelos, cuando la violencia los surca. "Miedo de que me pase a mí, rabia porque me quitaron a esa persona, y tristeza porque ya no está conmigo", enumera Oscar Misle, terapeuta y director de los Centros Comunitarios de Aprendizaje (Cecodap).

De no recibir la atención psicológica o la orientación adecuada, el niño podría cultivar el resentimiento. "La víctima sentirá que hay una sociedad en deuda con ella. Repetirá el esquema y, cuando tenga la posibilidad, le dará salida a esa ira y rabia no canalizada a través de la violencia".

Misle agrega que esos niños suelen desafiar la autoridad e irrespetar los límites, en especial si no han tenido una imagen paterna sustituta. Se muestran rebeldes y agresivos o, por el contrario, aislados y tímidos. Además, disminuye su rendimiento escolar y tienen dificultades en sus relaciones interpersonales.

Mislenis Gil resumió la crisis de autoridad en una frase: "A mi hija le hace falta el carácter de un padre". A veces siente que el mal genio de la niña se le escapa de las manos. La semana de Carnaval discutieron porque no había dinero para comprarle un disfraz para la fiesta de la escuela. Lo mismo ocurre cada vez que Ana le pide una computadora o unos zapatos como los de sus compañeros.

Rutina insegura.

La Fundación Luz y Vida presentó, a mediados de 2007, junto con estudiantes de Trabajo Social de la UCV, el libro Aportes para la convivencia no violenta en Petare. En la investigación, que consistió en indagar entre los niños cómo veían su comunidad, encontraron que la mayoría considera normales los homicidios, las armas, los maltratos y las groserías.


Los expertos coinciden en que la convivencia en un medio inseguro y pleno de amenazas afectará las relaciones de las familias. "Al que le matan un pariente queda atemorizado pensando que se trate de una venganza. El resto de la familia se sabe parte del enemigo. Si sabes quién lo asesinó, no lo dices porque hay una amenaza real. Es distinto cuando matan a alguien para atracarlo", expone Ruiz.

En los talleres de Cecodap, cuando se habla del derecho a la vida tampoco falta el relato escabroso de algún pequeño sobre el asesinato de gente cercana o de vecinos del barrio.

Para la especialista de la Red de Apoyo, el peligro mayor está en que los niños presencien las muertes y los actos violentos porque les ocasiona un trauma difícil de superar. González recuerda que en 2004, luego de una masacre en Lara en la cual la policía era sospechosa, su equipo se acercó a investigar el caso. Ningún adulto habló, y fue un niño de 8 años de edad quien les contó con detalles el recorrido que hicieron los homicidas por las veredas, y les explicó cómo habían asesinado a su papá y a su hermano.

"Si el niño ve cómo los malandros se enfrentan, el choque de que su familiar sea la víctima se irá, sin duda, por un proceso de normalización", afirma.

A los 8 años de edad, Ana se ha mudado al menos cuatro veces. A la muerte de su primer padrastro, le siguieron cuatro años de una estabilidad aparente, en la casa de la tercera pareja de su mamá. En ese tiempo, otra hermanita se sumó a la familia.

Ahora viven los cuatro en una habitación alquilada, cerca del puesto de teléfonos. Mislenis Gil se separó de su pareja hace pocos meses, después de recibir maltratos físicos y verbales. Si Ana llora y pregunta por qué murió su papá, la madre le responde que está en el cielo. Cuando el hermano menor hace lo propio, obtiene la misma respuesta. También a él la caja de fotografías le servirá de consuelo.
 

 
 





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