Un pensamiento anacrónico

Por Venezuela Real - 6 de Abril, 2008, 22:01, Categoría: Libertad de Expresión

TULIO HERNÁNDEZ
El Nacional
06 de abril de 2008

En los regímenes totalitarios, el sistema de medios no es un problema para los gobernantes. Las élites en el poder se sienten generalmente satisfechas y, de alguna manera, seguras con su funcionamiento. Bien sea porque –como ocurre con el modelo soviético que aún sobrevive en Cuba– todos los medios y las industrias culturales son monopolio exclusivo del Estado; o porque, aunque existan empresas de medios privadas, éstas se hallan sometidas al silencio a través de formas extremas de censura y autocensura.

En las democracias, en cambio, el asunto es más complejo. Ningún sistema de gobierno está satisfecho con las condiciones en las que se ejerce el periodismo y se maneja la opinión pública. Tampoco se sienten a gusto los sistemas de medios empresariales que ofician la comunicación. Ni, mucho menos, los profesionales de la comunicación que les dan vida. Entre los tres se vive en un forcejeo y un circuito de desconfianzas mutuas.

Los gobiernos y muchos ciudadanos organizados piensan que, si se les deja a la libre, los medios ejercen una influencia desmesurada sobre el colectivo. Las empresas de medios, por su parte, que los gobiernos y otros poderes restringen sistemáticamente la libertad de expresión. Y los periodistas, que tanto los gobiernos como los empresarios les impiden realizar con libertad plena su trabajo. Es lo que explica por qué desde hace más de medio siglo se ha gestado una rica tradición de pensamiento, inexistente en los regímenes totalitarios, que trata de aportar reflexiones sobre cómo dirimir, en democracia, estas contradicciones.

El dilema generalmente nunca se resuelve de modo definitivo. Los países con democracias más avanzadas parten del principio de que, a pesar de su poder hipertrofiado, los medios independientes privados son fundamentales para su funcionamiento, y tratan de dirimir el conflicto diseñando leyes y creando instancias de regulación a través de organismos colegiados que no dependan exclusivamente del Estado y mucho menos de los gobiernos, sino que se constituyan como una expresión lo más plural posible de la diversidad ideológica y de intereses de toda la sociedad. El temor de fondo es que cualquier hegemonía extrema es una aberración de poder.

Las democracias atrasadas tienen por su parte otros modos de proceder. Uno, el de aquellas acomodaticias, en las que sus dirigentes se hacen cómplices del poder mediático privado, les ofrecen prebendas y tratan, maniqueamente, de dejarlos actuar sin cortapisas con tal de ponerlo a su favor sin ninguna otra consideración ética. Y otro, el de los nuevos engendros políticos que conocemos como "autoritarismos del siglo XXI" –los gobiernos de Fujimori, Putin, Mugabe o Hugo Chávez– para los cuales los medios independientes del Estado son una molestia que se debe eliminar.

Pero en vez de hacerlo a la manera burda del autoritarismo del siglo XX - instaurando un monopolio mediático como Fidel o recurriendo a la censura previa, como Pinochet o Videla-, lo hacen mediante un mecanismo sofisticado que en apariencia no atenta contra la libertad de informar pero en la práctica se declara no como la creación de una democracia mediática, sino de una nueva hegemonía comunicacional.

La nueva hegemonía, ya lo sabemos, porque es lo que está en marcha, se construye sobre la demolición sistemática de la comunicación plural e independiente; la creación de una red de medios estatales que vaya sustituyendo a los privados y copando el espacio radioeléctrico, y la criminalización y satanización de todo acto noticioso que se salga de aquello que el jefe único y sus seguidores consideren una línea de lealtad.

¿Conclusión? Pasos de cangrejo. La nueva élite en el poder, en vez de aventurarse a reflexiones sobre las maneras de resolver el conflicto entre mediocracia y democracia que vayan acordes con los tiempos de la sociedad de la información, no ha hecho otra cosa que desempolvar lo más atrasado de los viejos esquemas de las teorías críticas de origen marxista y frankfurtiano que hace años fueron desdeñadas por sus propios creadores –Ludovico Silva incluido–, quienes alertaron sobre el carácter dogmático, estatista, antidemocrático y simplificador de sus elaboraciones iniciales.

Algunas veces creo que se trata de una anacronía de pensamiento hija del hechizo guevarista. Otras, de simple pereza intelectual.





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