CÁRCELES CON LEY PROPIA (I)

Por Venezuela Real - 13 de Abril, 2008, 12:54, Categoría: Derechos Humanos

ADRIANA RIVERA
El Nacional
13 de abril de 2008

RODEO II antesala del infierno : El ocio, el hacinamiento y las mafias internas condicionan la violencia en las cárceles venezolanas. La vida de los presos tiene precio.
En uno de los penales más peligrosos del país, la visita comparte con los internos en medio de un festín de armas y drogas

El militar en la entrada del penal está de buenas ese domingo de marzo. Abre la botella de refresco y la huele. Pasa la prueba. Luego, destapa los envases de plástico: carne molida y arroz. También pasan. "Esto depende del humor del guardia. Unos te sacan la comida de la taza y te la echan en la bolsa.

Llega toda revuelta, como comida de cochino. Lo hacen por maldad", advertía minutos antes una compañera de fila.

En la siguiente alcabala no hay lugar para pudores. En el área administrativa, después de dejar la cédula en una mesa, se obtiene el carnet de visitante.

Desde allí, muchas se van bajando el cierre del pantalón. La puerta del cuarto para revisar a las mujeres siempre está entreabierta. Desde afuera se puede ver al panel escrutador: una funcionaria civil y una oficial de la Guardia Nacional con las manos cubiertas con guantes quirúrgicos, ambas sentadas en pupitres de madera. También se ve de refilón una morena con hilo dental fucsia.

Nadie indica qué hay que hacer, se supone que para todas las mujeres de la fila es rutina.

"Bájate los pantalones, mija.

¿Qué esperas?", grita la militar a la que tarda más en sacudirse la vergüenza. Hay que dar un salto de rana, sin ropa interior y flexionándose lo más posible.

Las abuelas, madres, hermanas y esposas que van el día de visita de la cárcel El Rodeo II, en Guatire, estado Miranda, pasan por esta revisión. Mientras, la oficial examina los pantalones. Con el mismo tono enfadado, ordena subirse la camisa y mostrarle la copa del sostén.

El ingreso de los visitantes es lento. La primera fila es la más larga; la empiezan a hacer desde la madrugada y comienza a avanzar a las 8:00 am. María espera seis horas bajo el sol para obtener un cartón con un número y pasar con un oficial que toma nota del pabellón al que se dirige y el nombre del preso al que visitará. Una hora más de cola para que un guardia nacional le estampe un sello del Ministerio de Relaciones Interiores y Justicia en el antebrazo derecho. Media hora adicional para pasar a la revisión de las viandas y las bolsas.

Esa es la última escala donde se observa presencia militar o de custodios. De allí en adelante impera la ley de los presos.

Para llegar a la torre de reclusión se atraviesa una cancha con charcos de aguas negras, montículos de basura y bolsas con excrementos. Las escaleras traseras que conectan los pabellones son estrechas y están cariadas. Las cercan unas rejas oxidadas. Grupos de presos cuidan las escalinatas de los cuatro pisos del penal. Cada nivel es una trinchera. Hombres y mujeres suben y bajan, escuchan música, fuman. Una pareja se besa en uno de los descansos. "Visita para el cuatro", anuncian los hombres apostados en las escaleras.

"A veces pasamos sobre gusaneras", cuenta María, y toma a su compañera por la muñeca para que no detalle tanto y siga el camino.

Hasta los dientes.

Los presos viven en guerra. En 2007 hubo 31 muertes violentas y 61 heridos en una población de casi 1.000 hombres, distribuidos en 4 pisos con 3 pabellones cada uno.


El último piso es el territorio de la Corte Negra, una de las tres bandas que se disputa el control de la cárcel, a cuyo nombre se agregó una coletilla, por un interno que se convirtió en leyenda cuando destronó a otros líderes. "Bienvenidas todas las chicas bellas a la Corte Negra y Pantoja", se lee en la entrada de la letra A. La frase está acompañada por el dibujo de una calavera con una guadaña que escurre sangre.

Una hilera de seis hombres cuida las escaleras y recibe a la visita. Algún indeseado puede colarse. Los "gariteros" o vigilantes tienen un arsenal bien surtido, con armas de todos los tamaños y brillos: uno carga una pistola pequeña; otro lleva un revólver 3.57; el de enfrente maniobra con un chopo. También hay una subametralladora. La lleva terciada un preso, bajo y delgado, que habla rápidamente con un compañero y se interna en un pabellón.

César, de 21 años de edad, lleva un chuzo "por si acaso".

Le puso una cuerda en el mango y lo manipula con la misma facilidad que un baterista hace malabarismos con sus baquetas. "Si no tienes para pasar un arma de fuego, con algo tienes que defenderte", dice.

Algunos presos aseguran que para introducir armas es necesaria la complicidad de un guardia nacional o un vigilante de prisiones. Un hombre que salió hace un año de El Rodeo II explica el proceso: "El pran (líder del pabellón) viene por lo general de una banda. Contacta a los amigos afuera para que le traigan pistolas y drogas; previamente ha hecho el contacto con la Guardia. Los amigos dejan eso en los alrededores del penal. Luego lo buscan los guardias, cobran y lo pasan en las noches". Afirman que pasar una pistola 9 mm, por ejemplo, cuesta 2.000 bolívares fuertes y por cada bala cobran 6 bolívares fuertes.

Los presos también están familiarizados con el armamento militar. El piso de la Corte Negra se estremeció hace dos meses, la tarde de un domingo de visita. Sus rivales del Barrio Chino, quienes dominan el piso 3, lanzaron una granada para intimidar. María lo recuerda: "Estaba acostada en la cama de mi hijo y, de repente, se movió el piso.

Él salió a ver qué pasaba y me dijo que me quedara tranquila, que sólo era una granada".
 
Vicios entre rejas.

Las deudas por drogas son yesca para las riñas. "Los pran manejan el negocio. La cocaína no se consume mucho porque es muy cara.


Pero aquí consigues de todo y más vale que tengas cómo pagarlo", confía un preso en voz baja.

El negocio de las drogas se anuncia a todo pulmón en ese mundo enrejado. "¡Llévatelo que sí hay!", pregona un hombre que cuenta un fajo de billetes en el "pantry", el pasillo central del piso 4. Lo que sí hay: pequeños envoltorios de crack y cigarros de marihuana tendidos sobre un mantelito rojo. Esta suerte de buhonero es uno de los eslabones finales en la distribución de drogas en ese piso y en el penal.

Un par de hombres armados custodia la entrada de cada pabellón o letra. Las mujeres pueden pasar. Los hombres, si no pernoctan allí, deben ser anunciados. A ratos, unos chispazos alumbran la oscuridad del pabellón. Se ven a través de la sábana que divide la habitación de uno de los presos. Ese día, el hombre no tuvo visita. El yesquero no le funciona; sale a pedir uno prestado y regresa a su cuarto. Continúa su intento de encender una porción de piedra.

Johana, la joven que hizo la cola detrás de María, también estaba en el pabellón. Horas antes dijo que visitaría a un amigo preso por robo. En realidad, son tres y no llegan a los 25 años de edad. Otras dos chicas habían entrado antes que ella. Los seis conversaban en un semicírculo, como un grupo de amigos que se reúne en una plaza. Fuman marihuana, hablan y se ríen a carcajadas. El humo que producen disfraza el olor de la letrina que está a pocos pasos. "Ése es el baño", dicen los presos con sarcasmo.
 
Mafia reclusa.

La letra A es el territorio de "los malandros", el resto de los reclusos del piso lo llama así. En la reja que cierra esa ala, de menos de 150 metros cuadrados, hay una losa con un hoyo que funciona como el ojo mágico de una puerta. El pasadizo central está iluminado con un bombillo que a ratos titila. Desde la ventana del fondo se observa la construcción de un nuevo penal. A un lado, hay un televisor y un DVD montados en un tobo. Dos internos se cansan de ver la serie que transmite Televen y ponen música. El pabellón se ambienta con una bachata.

María se abre paso en un laberinto de dormitorios separados por sábanas hasta llegar al cuarto de su hijo Félix, un moreno de 19 años de edad, bajo, muy delgado y con trenzas en los cabellos. Lleva una camisa manga larga y un blue jean deshilachado en las rodillas. "Siéntense". El joven ofrece espacio en el colchón donde duerme, enfundado en unas sábanas rosadas que aún huelen a jabón.

Félix se involucró en el robo de un celular en el que lo detuvieron in fraganti, junto con otros muchachos. A pesar de no tener antecedentes, una juez resolvió recluirlo desde hace año y medio en El Rodeo II.

Se truncaron sus aspiraciones de ingresar en el instituto de la policía científica. "No hacen caso cuando uno les advierte sobre las malas juntas", dice su mamá, con voz entrecortada.

Al llegar, compartió cuarto con un muchacho acusado de asesinato. Él le enseñó a sobrevivir en el presidio. "A no meterse con nadie, a saber a quién respetar y cuánto te cobran por cada cosa", enumera.

Cuando su compañero salió libre le dejó su teléfono celular.

Conseguir que un guardia nacional o un custodio civil pasara un móvil le habría costado 70 bolívares fuertes.

Adentro todo tiene un precio, la vida especialmente. En el cuarto piso, el líder cobra una vacuna de 50 bolívares fuertes a cada recluso todos los domingos. Los reos le llaman "causa" a esta coima que garantiza la integridad física por una semana, si no hay contratiempos.

María debe conseguir 200 bolívares fuertes cada mes para mantener con vida a su hijo.

Aunque en el penal se prohíbe entrar con más de 50 bolívares fuertes, la mujer pasa 100. Alcanzará para "la causa" y para otras deudas en las que pueda incurrir Félix. Por tomar sol o conseguir un mejor lugar para dormir también se le paga al pran. "Eso le da recursos para comprar más armas y balas, para defender el piso", afirma un preso.

El que no tiene para pagar la causa es un "frito". Tiene que pedirle a un familiar que le lleve dinero. De lo contrario, será la primera víctima cuando haya una reyerta o cuando los líderes se molesten. "Los que no tienen dinero deben irse de su letra adonde están las brujas (los soplones que revelan las actividades de los presos al director del penal), cerca de las áreas administrativas. Tienes que ponerte a vender café, torta o lo que sea para hacer plata y pagar", explica.

Los traslados a los tribunales o a otros penales son monopolio de los guardias nacionales y de las autoridades civiles. "A veces tenemos que pagar nosotros el alquiler de un autobús para que nos lleven", aseveran.

La comida ingresa a través de los familiares. Cuando escasea, le compran los alimentos del comedor a los funcionarios del penal: "Una lata de sardinas es barata. Lo que hacen en la cárcel es un mazacote, es preferible que la preparemos nosotros".
 

Sitiados.

Unos presos caminan en círculos por el pantry de la mano de sus novias o esposas.


Algunas se detienen, se saludan, preguntan por los hijos.

Pero no todos circulan libremente por la torre. Tampoco todos los reos del piso 4 pueden ingresar en cualquiera de las letras que lo componen: en la A hay 60 reclusos; en la B, 60, y en la C, 90. En total, 210 hombres –la mayoría no ha cumplido los 30 años de edad– están confinados a ese piso, sin posibilidad de hacer deportes en la cancha, ir a la enfermería, estudiar o trabajar.

"Si bajas, te matan. Si suben, los matamos. La rivalidad no es por algo personal. Cuando entré aquí me tocó este pabellón y tengo que apoyar a esta banda. Si me hubiese tocado abajo, sería de la otra. Hay que tratar de conducirse bien con todos y no montarse en la acera con nadie", expresa un recluso veinteañero.

La guerra de bandas ha llevado a los presidiarios a dejar las paredes en el esqueleto. Los pedazos de friso son usados como escudos por hombres armados, dispuestos a disparar si alguien se atreve a violar la frontera que los separa del piso 3, donde reina el Barrio Chino, y del piso 2, el feudo del Tren del Sur.

Refugio.

"Vive", gritan los evangélicos cuando atraviesan las escaleras, siempre con la Biblia bajo el brazo, para evitar ser víctimas de un ataque. Sólo ellos pueden moverse con cierta libertad y disfrutar de los servicios médicos y educativos, para los que hay que bajar de la torre hasta las áreas administrativas.

En todos los pisos de El Rodeo II, los pabellones C son administrados por seguidores de esa iglesia. Muchos de los reclusos se refugian allí cuando tienen problemas con sus compañeros. Para ser aceptados, no pueden portar armas ni consumir alcohol o drogas.

En "la iglesia" del piso 4 no hay presos que hagan guardia en la entrada ni separaciones con sábanas. Las paredes están pintadas de azul pastel y el pasillo está mejor iluminado. Pese a que mantienen el pabellón más limpio, no escapan a la violencia.

Hay poco que hacer cuando se va la visita. Al irse las mujeres, los guardias vendrán a hacer el conteo de los reos. El resto de la tarde la pasarán encerrados hasta que corten la electricidad en la noche, y se turnen para dormir y hacer guardia.

A las 2:00 pm es el turno de Félix de vigilar la entrada de su letra. Su compañero de guardia, sentado en un taburete, empuña un revólver y mira atento a los lados. En el pantry, dos muchachos practican una danza que parece capoeira. Cuando uno logra hacer contacto con el abdomen del otro, clama: "¡Viste, te fuese chuceado!". Es una práctica para aprender a dar navajazos certeros. Entre rejas, la sangre y la muerte son, simultáneamente, un juego y una posibilidad real.

"Cuídate. Primeramente Dios, todo va a estar bien", se despide María antes de romper en llanto, como cada domingo.

Cuando la visita atraviesa las escaleras, en todo el penal se escuchan silbidos. En esa guerra interna hay un código que debe respetarse: la visita es intocable. Los ruidos los producen los presos al soplar los cañones de sus armas.

Son una advertencia: "Es para que sepan que aquí sí hay". Así los de otros pisos saben a qué atenerse.
 
 
 






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