La metáfora Vásquez

Por Venezuela Real - 13 de Abril, 2008, 18:39, Categoría: Política Nacional

ALBERTO BARRERA TYSZKA
El Nacional
13 de abril de 2008

"Desde hace tiempo, en Venezuela, la industria del entretenimiento se ha mudado a la política.
No en balde, el Gobierno tiene el monopolio mediático del país"

A Geovanny Vásquez no se le puede creer ni la respiración. También ahora puede estar regalándonos otro numerito, financiado y motivado por quién sabe quién. Tal vez podría quedarse en nuestra historia haciendo siempre lo mismo: desdiciéndose. Imagínatelo dentro de 10 meses, convocando a una nueva rueda de prensa, siempre secreta, rodeada de una rara penumbra, administrando las urgencias mediáticas. Imagínatelo aclarándonos que no fue cierto, que en abril de 2008, cuando acusó a Isaías Rodríguez, estaba siendo extorsionado por el imperio: lo obligaron a mentir. Imagínatelo confesándonos, sinceramente, que el ex fiscal es un tercio honorable, que escribe unos alejandrinos del carajo, que no tiene nada que ver con nada, que a Danilo Anderson en verdad lo asesinó la Asociación de Vecinos de la urbanización Caurimare.

Trato de decir que Geovanny Vásquez no es un accidente. Es un farsante profesional. Incluso cuando dice la verdad, está actuando. Ha perdido ya las fronteras entre lo que es verdadero y lo que es falso. O mejor: sus límites, entre lo que es cierto y lo que es mentira, son distintos a los nuestros; poseen otra flexibilidad, otra naturaleza, responden a otros intereses, a otra ética. Geovanny Vásquez miente sin problemas. Miente porque es necesario, porque conviene, porque es correcto, porque no importa, porque es lo que toca, porque no hay nada mejor... Por eso, justamente, su caso me parece tan preciso como dramático. Vásquez es una metáfora de lo que nos ocurre, del espectáculo que gobierna ahora al país.

Muy rápidamente, cualquier suceso queda ahogado, pasmado, por una infinita cantidad de efectos especiales, de múltiples perfomances. Desde hace tiempo, en Venezuela, la industria del entretenimiento se ha mudado a la política. No en balde, el Gobierno tiene el monopolio mediático del país y considera que sus opositores más peligrosos son los medios de comunicación que aún no están bajo su control.

Tras el asesinato de Danilo Anderson, se disparó otro delito, un delito simbólico. Se organizó todo un programa, se habló de martirio heroico, se produjo y se distribuyó un nuevo sentido: los opositores al Gobierno eran los responsables de la muerte de Anderson.

Todos en general, sin siquiera una prueba, sin siquiera una investigación. Adversar al Gobierno era suficiente para sentir el peso de la culpabilidad.

Isaías Rodríguez lloró. Dijo que esa muerte le dolía más que la muerte de su propia madre.

Visto a la distancia, su aporte ahora luce mucho más cerca del melodrama que de la justicia. Rodríguez quizás tiene futuro como guionista.

Pero no se trata de un caso aislado. El mismo análisis podría aplicarse al caso del 11 de abril de 2002. Hace poco, en una carta pública, el ministro de Cultura afirmó que, de alguna manera, todos los que habían participado en la marcha del 11 de abril eran cómplices de lo ocurrido, tenían "las manos manchadas de sangre". Se trata del mismo procedimiento de enjuiciamiento mediático, sin evidencias y sin tribunales. Es un mecanismo, y una lógica, por cierto, muy cercana a la de George W. Bush. No hay argumentos sino condenas generales. No hay pruebas sino efusiones morales. De esa manera, también el imperio justifica sus invasiones.

Los sucesos de abril de 2002 son ya un rastro lejano, más velado por el espectáculo que por el paso del tiempo.

Alrededor de algunos nudos incuestionables, como el intento de golpe de Estado y el obvio conflicto dentro de las fuerzas militares, han surgido muchas versiones que, con pequeños o grandes shows, se han ido alimentando con los años. De lado y lado, hay demasiadas sombras. Es probable que ambos bandos, tanto el Gobierno como los sectores de la oposición implicados en la conspiración, tengan alguna razón, se aferren a su trozo de verdad. En la mitad, entre ambos, sin embargo, siguen flotando todos nuestros muertos.

El país ha ido perdiendo lentamente sus ámbitos de civilidad. Los espacios de las instituciones, de las experiencias ciudadanas, están siendo desplazados por la mecánica militar y religiosa. Es parte de la misma dinámica: acepta el mensaje, síguelo, obedécelo. El debate es una cualidad esencialmente civil. Y las ceremonias civiles, en el país, están siendo sustituidas por las ceremonias eclesiales. La devoción ahora es más importante que el sentido común.

Por eso existen los testigos inverosímiles. Por eso somos un reino absurdo.

¿Tienen algo que ver todas las celebraciones oficiales de esta semana con lo que sucedió, en realidad, en aquellos días de abril? Nuevamente, la metáfora Vásquez gravita sobre nosotros.

Eso fue en 1970 (don Mariano ya era bastante viejo), unos días antes del fraude electoral cometido por Carlos Lleras Restrepo (ordenó suspender los escrutinios, que favorecían a Gustavo Rojas Pinilla, y cuando se reanudaron ganaba Misael Pastrana Borrero). De la represión tras el Bogotazo por el asesinato de Gaitán surgió la guerrilla, que ahora se conoce como FARC, y del fraude a Rojas, la del M-19, más calificada y menos corrompida. Ser a la vez bolivariano, zamorano, peronista y fidelista y estar con las FARC, además de una suma de errores, puede llegar a fundir (si no lo ha hecho) cualquier cerebro.





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