PRISIONES - El Estado no traspasa las puertas

Por Venezuela Real - 15 de Abril, 2008, 16:29, Categoría: Derechos Humanos

ALFREDO MEZA AMEZA
El Nacional
15 de abril de 2008

La Cárcel Nacional de Maracaibo es el octavo penal más sangriento del país
Cárceles con ley propia (III)

Euro Villalobos llega repleto de bolsas a la larga fila que forman los hombres a la entrada de la Cárcel Nacional de Maracaibo, mejor conocida como Sabaneta. Faltan manos para trasladar todo lo que compró: la cava con hielo seco y refrescos, la bolsa llena de sábanas planchadas y pencas de sábila, el pote de plástico con sopa de pollo que un buhonero ambulante ofrece a los gritos desde el baúl de un Malibú de quinta mano... Villalobos parece preocupado por la alimentación de su hijo Kervin, de 21 años de edad, quien está preso aquí desde hace un año por robo.

"¿Tú sabes para qué sirven?", pregunta mientras señala la bolsa repleta de sábanas. "Mi hijo las usa para demarcar el espacio de su dormitorio".

Poco antes, le contó a los demás vecinos de la cola que Kervin pagó 400 bolívares fuertes por el derecho de tener una habitación. A simple vista, se nota que la situación le incomoda. Villalobos, quien es dueño de un pequeño taller mecánico en un sector popular de Maracaibo, dice que no le gusta tener problemas con los demás. Ha aceptado ayudar a su hijo en esta hora oscura de su vida porque considera que Kervin no fue el cerebro del atraco en el que se vio envuelto. "Un amigo con el que andaba le echó una vaina. De lo contrario, no vendría a visitarlo todos los domingos. A veces a los hijos hay que dejarlos pasar trabajo para que lo respeten a uno", explica.


El consenso en la cola es general: sólo el que paga y se procura la protección del "pran" (o jefe de los presos) puede sobrevivir dentro de la cárcel de Sabaneta. El Estado perdió el control del área conocida como Penal, donde está preso Kervin, y de todos los restantes módulos: Procemil, Reeducación, La Máxima y el anexo femenino. Pero la Guardia Nacional se empeña en demostrarle a los familiares todo lo contrario con una requisa rigurosa. Los funcionarios revisan con esmero los bolsos, olisquean la comida y obligan a los hombres a vaciarse los bolsillos del pantalón. Nadie puede ingresar con teléfonos celulares, ni dinero en cantidades superiores a 100 bolívares fuertes.

Para llegar a los pabellones hay que bordear el patio interno del edificio administrativo, toparse con la imagen de Jesucristo crucificado y virar a la derecha. Hasta un agnóstico se persigna frente a esa imagen después de escuchar las historias violentas en la cola de la entrada. Es la última alcabala antes de ubicar a " el Gocho", el preso que fungirá de guía durante la visita. Pero "el Gocho", un tipo moreno y delgado, más bien bajito, con los ojos color miel, no está cerca de la entrada principal, tal como lo había prometido. Otros dos hombres se dan cuenta de que un extraño está perdido dentro de la prisión. Del bolsillo de uno de ellos sobresale la cacha plateada de un revólver.

Un resplandor metálico se refleja en el piso de cemento. Al reiniciar la marcha se interpone en el camino.

¿A quién estás buscando tú? II En el más reciente informe del Observatorio Venezolano de Prisiones, titulado Situación Carcelaria en Venezuela, la Cárcel de Sabaneta está entre los ocho penales más peligrosos de Venezuela. En 2007 murieron allí 28 personas y otras 47 resultaron heridas. Es un sustancial incremento con respecto a 2006, cuando perecieron 13 reos e hirieron a 14.

Este año han muerto 10 reclusos en Sabaneta como consecuencia de la sorda violencia que se vive allí dentro, que los presos consultados insisten en negar. "Lo único malo es que a veces no llega la comida. Y yo tengo que mandar a comprarla con una señora de la calle", dirá más tarde "Papito", el líder de los reos. Al igual que él, todos se aferran a sus armas como estampitas milagrosas. Algunos cargan escopetas recortadas, otros blanden chuzos tan grandes que bien podrían destazar con un solo corte a una res obesa. Todas esas imágenes se presentan en sucesión en el camino hacia la habitación del "Gocho". Las escaleras están custodiadas por dos tipos armados con escopetas. Uno de ellos aspira un cigarro de marihuana. El olor dulce de la droga se queda pegado de los pantalones.

¿En qué momento el Estado abandonó el control de las áreas internas de los penales? "El Gobierno desmanteló el sistema penitenciario. Adentro ya no hay vigilantes. Ahora el Ministerio de Relaciones Interiores y Justicia tiene que pedir permiso para entrar. Los penales venezolanos deberían ajustarse a los estándares internacionales, un vigilante por cada 10 presos", afirma Humberto Prado, coordinador general del Observatorio Venezolano de Prisiones.

Henry Andrade, ex director de la Cárcel de Sabaneta, opina que las prisiones están más abandonadas que nunca. "La corrupción es irrefrenable y el Estado es cómplice de ella. Sólo hay control externo. Los reclusos cuidan la cárcel y quien quiera entrar allí tiene que negociar con ellos".

En rigor, los gobiernos que sucedieron a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez tienen a los presos en el último lugar de la lista de prioridades. Con el paso de los años la situación ha empeorado y es ésta la principal crítica que le hacen al gobierno del presidente Chávez los estudiosos del tema. Como la política penitenciaria ha fracasado desde siempre, Prado y Andrade creen que si se cumple lo dispuesto en el artículo 272 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, que ordena la descentralización de los penales venezolanos, la vida sería más grata para quienes hoy viven como animales salvajes.

Entre 1993 y 1994, la cárcel de Sabaneta fue manejada por la Gobernación del estado Zulia, a cargo de la criminóloga Lolita Aniyar. A los pocos días de asumir el control administrativo estalló el motín más sangriento de la historia penitenciaria de Venezuela. Murieron alrededor de 150 personas. Aniyar y su equipo afrontaron el reto de desarticular los afanes de venganza que sobrevivieron a la tragedia. "Manejamos los liderazgos, desarticulamos las mafias y jamás perdimos el control interno del establecimiento. Hubo sólo 7 heridos en un año con ese modelo", asegura Aniyar.
 
Han transcurrido trece años desde entonces y muy pocos de los que purgan condena en Sabaneta recuerdan tiempos más gratos. La vida aquí es un inmenso y monótono hoyo negro en el que no es posible discernir épocas prósperas.

Ninguno de los reclusos consultados para esta crónica estuvo preso cuando Aniyar era gobernadora. En el área del rancho, donde varios presos se afanan para fabricar un brazo gitano, un hombre que tiene 18 años en el penal ofrece un trago de guarapita artesanal antes de responder preguntas de un extraño. Tiene un ojo de vidrio. Está tan borracho que su mente no puede retroceder tantos años.

III

La habitación del "Gocho" es un cuchitril separado por tablones de madera y forrado con sábanas oscuras y hediondas. Tiene una cama con un colchón en buen estado, un televisor que despide una pésima imagen y un perchero para guindar la ropa. Es la hora de la visita conyugal. Su esposa amamanta a un niño de 11 meses de edad. Para aplacar el intenso calor de Maracaibo, que aquí se siente con más fuerza, tiene un ventilador encendido las 24 horas del día.


La visita familiar es casi sagrada, así que "el Gocho" ofrece la colaboración de Otilio Álvarez, un personaje que bien podría encarnar al Pedro de Los Olvidados, el hermoso filme de Luis Buñuel, para concluir la visita. Más hombres armados sobresalen en el pasillo. Uno de ellos lleva la camisa de la Vinotinto con el número 18 y el apellido Arango en la espalda. Hacia él se dirige "el Gocho" para preguntarle por Otilio. La música que se escucha a través de las cornetas, que emana de un equipo de sonido colocado en el área del comedor, no permite oír qué se dicen. En cualquier otra circunstancia, "el Gocho" le hablaría cerca del oído, pero estos hombres parecen incapaces de un gesto de amabilidad. El preso de la franela vinotinto prefiere apuntar con su boca hacia el patio mientras se rasca el cuello con la filosa punta de un cuchillo.

Otilio Álvarez se resguarda del sol de plomo marabino bajo la generosa sombra de un árbol. A los 42 años de edad, está viviendo su segunda temporada en la prisión. Pasará 8 años más en Sabaneta por robo. Es él quien muestra la vida dura de la cárcel. Pero también los chispazos de amabilidad y ternura que se ven de domingo en domingo. Los hijos de los reclusos corren descalzos para refrescarse en una pequeña piscina que, según los reos, construyeron ellos mismos. Caminan con más confianza que este cronista entre los hombres armados. Uno de ellos, que debe ser su padre, le pasa la mano a uno de los pequeños que corre para zambullirse en el agua. En la otra carga una escopeta apuntando al piso. Nunca sale de su pieza sin ella.

A diferencia de otras cárceles, los reclusos de Sabaneta no están confinados dentro de edificios. El área del penal, que tiene bastantes espacios al aire libre, sólo tiene un líder, "Papito", un joven de 23 años de edad que está preso desde hace 5 por homicidio. Todos responden a su autoridad.

"Papito" es quien se encarga de gestionar la comida cuando el Estado no la entrega. Los retrasos, dicen los expertos, se explican porque la adquisición de los alimentos se centralizó en Caracas. "¿Cómo es posible que la carne se traslade desde Caracas?", se pregunta Henry Andrade Nadie le discute a "Pepito" el liderazgo en público, pero, por si acaso, nunca deja abandonada el arma, que hoy sobresale debajo de una franela blanca. "Comencé vigilando los pasillos y así fui ascendiendo. Era la mano derecha del anterior pran, `el mocho Edwin’, quien salió en libertad".

El puesto que hoy ocupa es consecuencia de un traspaso de mando, como si se tratara de un gobernante.

"Sólo comemos dos veces al día. El ministerio trae la comida hasta la puerta. Los muchachos que trabajan en el rancho (otra de las áreas de la cárcel) la recogen y la distribuyen entre nosotros en compañía de los hermanos evangélicos", narra Otilio Álvarez.

Para Humberto Prado, el proceso de distribución de los alimentos es otra de las señales de la desaparición del Estado dentro de los penales. "Antes, el economato le daba los insumos a la cocina, cuyos trabajadores elaboraban el menú. La atención se ha perdido".

Los presos se atribuyen el rescate del penal. Las áreas comunes de los pabellones tienen una cancha de futbolito en buenas condiciones, con las zonas y los límites perfectamente demarcados, y dos aros de basketball. Sólo faltan las redes de los arcos para pensar que esta cancha podría estar en cualquier parte de la ciudad. Y el parque infantil está bien pintado y limpio, con murales de Barney y Shrek en las paredes. Hay columpios, ruedas y toboganes.

El Ejecutivo regional asegura, no obstante, que rescató esos espacios. El director de la cárcel, Ely Ramón Salgado, señala que la situación de Sabaneta es de completa calma y ha mejorado en los últimos meses.

Ismel Serrano, director de Custodia y Rehabilitación del Recluso, no descarta la existencia de bandas armadas en el interior del penal involucrados en los secuestros y los delitos que se cometen en el Zulia.

Reitera que el compromiso del Gobierno es desmantelar las bandas armadas e implantar las policías penitenciarias. Al final de la visita Otilio Álvarez concluye que con el gobierno de los presos se vive mejor.

"Los vigilantes nos maltrataban", explica. La descentralización es la panacea para los expertos, pero los reclusos no lo ven así. Aquí nadie quiere saber de las autoridades.
 
 







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