Eduardo CASANOVA
Literanova
22 de abril de 2008
En 1998, uno de los peores años de la historia venezolana, el diagnóstico de la realidad del país era fácil, el tratamiento difícil y el pronóstico imposible. La decadencia total y absoluta de los partidos políticos, que habían caído en manos de los peores, la inexistencia del Estado de Derecho, la pésima influencia de la riqueza petrolera, la infame administración de los recursos de la república, la mala educación colectiva, fallas graves en cuanto a vivienda, educación, seguridad, producción económica y empleo, la falta de valores éticos, todo estaba tan a la vista que era imposible equivocarse en el diagnóstico, salvo que se actuara de mala fe. Todo indicaba un claro caso de indigestión económica y corrupción general.
Hasta un militar golpista incompetente, demagogo, populista, falso como un billete de trece, fue capaz de acertar el diagnóstico en general, y en vista de que los demás parecían tener mucho que ver con el rumbo equivocado de la república, fue el designado por la población para aplicar los remedios necesarios, es decir, para dirigir el tratamiento que el país requería. Y, literalmente, fue peor el remedio que la enfermedad. Lejos de corregir los males, el militarcito de marras los ha agravado y profundizado aún más, por lo que a los males existentes ha agregado un desperdicio intolerable de recursos y oportunidades.
En el año 2008, es decir, diez años después, está clarísimo que Venezuela padece, en grado superlativo de decadencia total y absoluta de los partidos políticos, que siguen en manos de los peores, la inexistencia del Estado de Derecho, la pésima influencia de la riqueza petrolera, la infame administración de los recursos de la república, la mala educación colectiva, fallas graves en cuanto a vivienda, educación, seguridad, producción económica y empleo, la falta de valores éticos, todo sigue allí, ahora agravado porque han pasado diez años de desgobierno, de un gobierno mucho peor que los que existieron entre 1958 y 1998. Se trata, de nuevo, de un claro caso de indigestión económica y corrupción general.
El tratamiento necesario es: gente nueva, gente distinta, que imponga una buena administración, honradez, nuevas ideas, que genere confianza para que haya inversión y verdadero crecimiento económico, verdadero crecimiento económico que permita invertir en seguridad, en sanidad, en infraestructura y, sobre todo, en educación. Sin más populismo, sin más demagogia, sin seguir engañando al pueblo, sin seguir corrompiendo al pueblo con limosnas, ni con la imbecilidad de que la culpa es del Imperio.
La culpa de todos nosotros, especialmente de los militares y los políticos, por ineficientes, por falsos, por demagogos. ¿Y el pronóstico? Sigue siendo muy difícil, porque el material humano con el que contamos es peligrosamente parecido al que nos llevó al barranco, y si no se cambia del todo, es muy posible que el diagnóstico siga siendo fácil, el tratamiento difícil de aplicar y el pronóstico, imposible.