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Por Venezuela Real - 22 de Abril, 2008, 10:47, Categoría: Derechos Humanos

El Editorial
El Nacional
22 de abril de 2008

Luego de una larga e interminable lucha de los presos, de sus familiares, de las ONG y los medios de comunicación, el Tribunal Supremo de Justicia decidió escuchar las peticiones que se le habían formulado, para que oficiaran a favor del cumplimiento, fuera de la cárcel, del lapso de las condenas de los reos que, habiendo mostrado buena conducta y reiterado su voluntad de reinserción social, así lo merecieran. La petición, vista de este modo, no alberga argumento alguno en contrario.

De modo que la magistrada Luisa Estela Morales, presidenta del TSJ, y sus colaboradores, se han llenado de agradecimiento público al actuar con presteza y conciencia de las circunstancias, al apurar los trámites para que se juzgara y decidiera en una situación de crisis que no ha debido ser tal; porque el infierno que se vive hoy en las cárceles no es potestad de la quinta república ni de la cuarta, sino de un acumulado secular de desprecio social e institucional contra quienes han delinquido, como si esa primera vez los marcara para siempre como delincuentes y no como seres humanos, que cometieron un delito y pueden y deben ser reinsertados en la vida social.

Sin bien la decisión del Tribunal Supremo de Justicia anunciada ayer abrirá una puerta para que un universo de presos logre el llamado beneficio de la libertad condicionada, habría que preguntarse si estamos preparados para ayudarlos a reiniciar su vida, a darles oportunidades reales y concretas para que organicen su futuro y apoyarlos para que puedan resolver sus problemas y saltar exitosamente los obstáculos que hoy son comunes a todos los venezolanos. Si se falla en esta parte, de seguro habrá quejas tanto de los liberados como del resto de los ciudadanos.

No se trata de ser pesimistas, ni aguafiestas persistentes, pero la labor verdadera para favorecer al reo está no sólo en la cárcel sino en la calle. Si no se responde con ágil inteligencia, buena voluntad y justa dedicación a atender estos dos aspectos del problema, entonces nada se logrará con modificar las reglas que norman la salida a la sociedad de quienes han estado presos.

Veamos una cuestión fundamental: ¿Quién los espera a la salida? ¿La familia o el Estado? ¿Sus viejos compinches o los policías que ya los tienen fichados? Si no se rompe este círculo vicioso, nada podemos esperar sino una avalancha de quejas de la sociedad ante este paso judicial que se ha dado. La señal correcta que estamos tratando de dar es que aquellos presos que hayan cumplido (en ciertas circunstancias) tanto los dos tercios, como un tercio o un cuarto de la condena, pueden aspirar a una libertad condicional.

Contrario a lo que se piensa por allí, los reos no quieren volver al infierno que han conocido en la cárcel, ni mucho menos desean regresar a la práctica de la delincuencia donde ya han fracasado. Pero si el Estado no les tiende la mano, y la sociedad los margina, entonces miran hacia el único lado que conocen: el de sus viejos compinches. Y reinciden.





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