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Por Venezuela Real - 22 de Abril, 2008, 10:48, Categoría: Economía

EDUARDO MAYOBRE
El Nacional
22 de abril de 2008

La compra por parte de entidades del Estado de empresas productivas fuera de los sectores básicos del petróleo y del hierro, parece, a primera vista, un intento de volver al modelo de desarrollo que se aplicó en Venezuela durante la segunda mitad del siglo XX, con la excepción de su última década. Las empresas son las mismas que durante esos años fueron estatales. Tal es el caso en el sector de servicios públicos (teléfonos, agua y electricidad) que, con la excepción de La Electricidad de Caracas, siempre había sido manejado por el Gobierno. Pero también lo es en el de industrias más típicamente de mercado, como las siderúrgicas, las de la leche, las del azúcar y las del cemento. De manera que más que un avance hacia al socialismo lo que estamos presenciando es un retorno a lo que existía previamente a las veleidades neoliberales y privatizadoras de la década de los noventa.

A lo que un pedante llamaría la situación ex ante. Lo que asombra y mortifica a los adoradores del mercado.

Hay, sin embargo, una notable diferencia entre la compra de acciones a valor de mercado por parte del actual gobierno y lo que se hizo durante el siglo XX. Cuando el Estado incursionó en muchos de los sectores mencionados, esas industrias no existían o eran a todas luces insuficientes. Por ello, actuó como promotor de empresas, no como comprador. Las telecomunicaciones y los teléfonos fueron estatales prácticamente desde sus inicios hasta la privatización de Cantv. En el sector eléctrico, la Electricidad de Caracas solamente suplía lo que hoy llamamos el área metropolitana de Caracas. Por ello la electrificación del país se convirtió en un proyecto nacional, con el objeto no sólo de mejorar la calidad de vida sino de hacer posible el desarrollo económico. En siderurgia, con la puesta en marcha de Sidor en 1961, prácticamente se inició la producción nacional de acero. El crecimiento de estos sectores, y posteriormente del aluminio y de industrias conexas, significó que el distrito Caroní, que alberga a Puerto Ordaz y San Félix, creciera desde 5.358 habitantes en 1950 a más de los 646.541 que registra el censo del 2001. Se promovieron no sólo unas industrias, sino también un eje de desarrollo.

Con el cemento pasó algo distinto. Había producción nacional en manos privadas. Pero con el alza de los ingresos petroleros de 1974 se decidió aumentar la inversión pública para acompañar los planes de desarrollo. Por ello, el gasto de capital pasó de 39% a 66%, lo que permitió crear nuevas plantas de cemento y adquirir una participación mayoritaria en otros sectores, como el aluminio. Luego, cuando a partir de 1989 se empezaron a colar en Venezuela los vientos neoliberales, comenzaron las privatizaciones, la mayoría de las cuales trajeron como consecuencia el control por parte del capital foráneo. Esa venta a los inversionistas extranjeros también se produjo en las empresas privadas de cemento, así como en gran parte de los mayores bancos pertenecientes al sector privado. Porque, además de las inclinaciones ideológicas, habían bajado los precios del petróleo en los años anteriores y las empresas, públicas y privadas, se encontraban en una situación financiera débil, mientras que las transnacionales seguían una agresiva estrategia de adquisiciones. Ahora, con los inmensos recursos que proporcionan los precios récord del petróleo, el Gobierno quiere tener de nuevo esos activos y está utilizando su riqueza para comprar lo que antes tenía.

Esta historia parece configurar un ciclo en el cual el Gobierno compra activos y empresas cuando los ingresos petroleros son altos (décadas de los 70 y la actual) y vende cuando éstos son bajos (los 90). Como quien dice, después de haberlos creado se los presta o arrienda a las transnacionales por, digamos, veinte años, para obtener ingresos adicionales, y se los exige de vuelta a precios de mercado cuando los ingresos suben nuevamente, y viceversa. Financieramente, ésta no sería mala idea, porque los activos actuarían como una especie de Fondo de Reserva. Entran reales cuando no hay ingresos y salen cuando los hay en abundancia.

Pero, lamentablemente, las empresas no son bonos o papeles, y esta "traspasadera" afecta su productividad, les cambia lo que ahora llaman su misión, y desprestigia a Venezuela como destino de inversión. Se dirá, como en el tango de Gardel que lleva el mismo título de este artículo, "que veinte años no es nada". Pero se olvida que en empresas de esa envergadura se necesita más tiempo para formar al personal, alcanzar la productividad deseada y acoplarlas al desarrollo nacional de largo plazo. Más triste aun es que mientras se monta todo el espectáculo "negociador" no se crean nuevas industrias y se descompone todo el aparato productivo nacional. Porque, en el mejor de los casos, sólo se trata de volver.





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