Ni siquiera estatizan

Por Venezuela Real - 27 de Abril, 2008, 18:44, Categoría: Política Nacional

Manuel Caballero
El Universal
27 de abril de 2008

Aquí no hay empresas del Estado, sino del Gobierno... o de los Chávez

En unas declaraciones mías publicadas por el diario La Nación de Buenos Aires (y que en Caracas reprodujo el matutino Tal Cual), cuando la reportera me preguntó por qué me negaba a considerar la del chavismo como una revolución, respondí robándole una frase a mi amigo Fernando Rodríguez : "¡Pero es que Chávez no ha nacionalizado ni una pulpería en el llano!".

Ni mi amigo ni yo pensamos que nacionalizar algo pueda definir a un gobierno como "revolucionario": hasta las más conservadoras o manchesterianas de las constituciones que en el mundo son, dejan siempre una puerta, un ventanuco, una rendija, abiertas para la expropiación por causa de utilidad pública.
Ni antes ni después

Lo que ambos queríamos decir con esa frase es que en Venezuela no se ha nacionalizado nada, ni antes, ni después de electo Chávez. El término más cercano es el de "estatización": la nación nunca se ha comprometido del todo en el proceso. En el mejor de los casos, en los años de la República Civil (1958-1998), contemplaba cómo sus representantes lo controlaban (en el Parlamento, en la Contraloría, en la Prensa) pero sin participar real y cotidianamente. Hoy, ni eso: lo ve desde lejos, y constata sus consecuencias ruinosas, sin que le quede ni el muy criollo "derecho a pataleo". Tan sólo espera que después del saqueo, acaso le caigan algunas gotas del río de oro negro.

A la reflexión sobre el asunto, he venido a pensar que ni siquiera el término de "estatización" (en vez de "nacionalización" y mucho menos "socialización") sirve para caracterizar lo que está haciendo el Gobierno con algunas empresas privadas que compra y luego anuncia con toda pompa que ha "nacionalizado".
Los años dorados

Porque "estatizar" fue lo que se hizo durante los años dorados del boom petrolero. El primer Gobierno de Carlos Andrés Pérez no sólo no nacionalizó el petróleo, sino que ni siquiera pretendió estarlo haciendo: esa palabra no aparece por ninguna parte en la ley. En verdad, lo que tuvo de revolucionario esa acción gubernativa se sitúa fuera y por encima del tema petrolero: pura y simplemente se estaba haciendo algo que no formaba parte de las tradiciones venezolanas, y era el acto de dar cumplimiento a una ley. Como se sabe (o se sabía entonces, pues hoy acaso se ha olvidado) tan sólo se estaba adelantando en diez años la fecha en que debían cesar las concesiones otorgadas a las compañías norteamericanas y anglo-holandesas para explotar nuestro petróleo. Esa acción ya estaba andando en una ley introducida en el Congreso, figuraba en los programas de todos los candidatos a la Presidencia en el año electoral precedente, y sobre todo, contaba con el acuerdo de las propias compañías que recibirían una buena indemnización.

Por el ambiente general

Y más que eso, tendrían la seguridad, no por una promesa presidencial sino por el ambiente general de la época, de que podrían seguir haciendo negocios en nuestro país. Dicho en otros términos que si bien la acción de finalizar sus concesiones podía ser visto como una derrota por algunos de sus gerentes más renuentes al cambio, el cumplimiento de una ley traía consigo un aspecto positivo y era lo que significaba para esas compañías como signo de seguridad jurídica, la condición requerida en todas partes por los inversionistas.

Entre los venezolanos, aquella estatización no fue recibida con tanta tranquilidad por algunos pesimistas de profesión, desconfiados de buena o mala fe: por las malas tradiciones del país (y con el ejemplo nada alentador de la compañía estatal mexicana, la Pemex producto de la nacionalización de Lázaro Cárdenas en 1938, convertida en una cueva de Alí Babá, y en la caja chica del partido de gobierno) lo que se auguraba era un desastre.

Una empresa ejemplar

Pero por fortuna eso no sucedió así, y Pdvsa llegó a ser una empresa estatal ejemplar en el universo mundo. Hasta que "llegó el comandante y mandó a parar", para decirlo con las palabras de Carlos Puebla. En el mismo momento en que Pemex da la impresión de estarse recuperando, enterrando la versión democrática de la corrupción, el clientelismo, Pdvsa está siguiendo casi paso por paso el camino inverso, pasando a ser la grandísima "caja chica" del Gobierno más corrupto que haya conocido su historia, y la del país. El Gobierno más corrupto por acción o por omisión, esto último por haber eliminado el cuerpo o cuando menos los atributos viriles de los cuerpos contralores.

La razón de ese vuelco reside en el hecho de que está mandando un hombre que no conoce (o peor aún, no reconoce) la diferencia que existe entre Estado y Gobierno. Por primera vez, desde la muerte del general Gómez, un espadón desconoce (por ignorancia o porque le da la perra gana) esa diferencia.

La eventración de la gallina de los huevos de oro, Pdvsa, es lo que nos lleva a negar el carácter revolucionario del mandón de Miraflores. Porque no sólo no ha nacionalizado "ni una pulpería en el llano", sino que ni siquiera ha "estatizado" nada. Lo más que se podría decir, para emplear la expresión menos coloquial que hayamos encontrado, que sólo ha "gobiernizado" algunas empresas del Estado o privadas. Decimos "menos coloquial" porque los barineses preferirían decir, en lenguaje llano (a punto, el de los llaneros) que ha "chavetizado" esas empresas.





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