Historias de un testigo estrella

Por Venezuela Real - 30 de Abril, 2008, 14:12, Categoría: Estado de Derecho

Elides J. Rojas L.
El Universal
30 de abril de 2008

La perfecta justicia del Socialismo del Siglo XXI enfrenta otro descomunal reto

El testigo estrella apareció en la Fiscalía entre fogonazos, empujones y micrófonos. El Brad Pitt del procedimiento penal venezolano ha manejado muy bien su condición de celebridad, ganada a punta de decir la verdad, nada más que la verdad y sólo la verdad, desde que explotaron a Danilo Anderson en Los Chaguaramos.

El médico psiquiatra de la promoción Caja de Ace, con su visión láser nocturna, mirada fija y convincente, de entre 80 y 90% de certeza, cámara fotográfica incorporada en la retina derecha y una memoria calculada en unos 8G, declaró largo y tendido en el despacho insignia de la justicia venezolana. Como es de suponer no trascendió nada. Nuestro Brad tercermundista salió y, acosado por los medios, se metió en la limosina y huyó hacia el anonimato natural de los testigos clave. Cero declaración. No hay noticia.

Pero, no faltaba más, como ya ocurrió con la declaración adelantada, este nuevo testimonio que se monta sobre todos los anteriores, misteriosamente llegó a los escritorios de los periodistas.

Y ahora, luego del receso, qué dice el declarador de oficio. Veamos.

"Ese día me disfracé de Bob Esponja. Llegamos a la selva profunda a eso de las siete de la noche. A una persona normal se le haría difícil ver, pero mis ojos están preparados para estas situaciones. Cuando llegué al pantano la reunión de autores intelectuales de asesinatos en la vía pública ya había comenzado. Todos estaban de camuflaje, pero los reconocí. Había uno con bigoticos blancos, voz modulada, más alto que bajo, suficientemente blanco como para no ser moreno y cara de diplomático. A este señor, disfrazado de José Gregorio Hernández, le escuché decir algo de unos triquitraquis y dos luces de bengala.

Sentado en una piedra está otro vestido de militar. Desconozco si era un disfraz, pero le decían mi general. Ese dijo que era mejor despejar las calles para que pasara la reina. No entendí, pero lo anoté. Más allá, montado en un árbol estaba el que llamaban el PC, especialista en guardar información en el disco duro y darla a conocer según convenga. Me percaté de que en una montañita estaban dos vendedores de helados disfrazados de haitianos, pero en realidad eran técnicos agrícolas cubanos especialistas en sembrar petróleo en La Habana. A medianoche, la reunión se puso tensa cuando llegó un señor al que le decían el doctor. Bien vestido, impecablemente encorbatado, zapatos brillantes, copete prominente, hablar pausado y peinado con esmero. Sí me extrañó que a cada rato sacara un secador pequeño, como de hotel, y se acomodara el copete con un peinito de bolsillo. La voz me pareció conocida, familiar. Podía identificarlo con una seguridad que podría calcular entre 72,5% y 92,3%. Pero, no. Seguro que complico las investigaciones. Además, este es un caso de Estado".

Otro hombre nuevo en acción.





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