Croupiers y revolucionarios

Por Venezuela Real - 15 de Mayo, 2008, 17:44, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

Álvaro Benavides La Grecca
El Universal
15 de mayo de 2008

Ha construido su engañoso tinglado con esa jugosa chequera

Los espejos del palacio presidencial, o los que haya en cualquiera otra que sea su morada, con seguridad le son insuficientes para contemplarse con embeleso, para observarse en cada uno de sus movimientos, para enamorarse de sus gestos, de sus miradas, de todos los cuales emergen las gruesas costuras de su narcisismo desbocado.

El problema de ese narcisismo no es que él lo tenga y que lo sufran sus menguadas intimidades. Allá ellos. El problema es que el narcisista tiene poder en exceso para tomar medidas y dictar decretos que han destruido y siguen destruyendo el patrimonio físico y espiritual de los venezolanos y que, mucho más grave aún, ya hipotecaron su futuro.

El narcisista toma esas medidas, dicta esos decretos y gasta los millones de la moneda imperial para verse en fotos, en periódicos, en vallas. En todos lados. Aquí además usa las estaciones de radio y televisión que con trampas y componendas comanda su gobierno y abusa de todas las demás, que encadena a discreción porque necesita exhibirse. Quiere estar en todas partes. Una de sus mayores pesadillas es el logro de la omnipresencia, que lo tiene loco.

Los casinos y su personal, los croupiers, están allí para saciar las ansias de apuestas del jugador. Esta revolución y sus empleados, los revolucionarios, fueron inventados por el narcisista para alimentar su hambre de figuración. Tal como ocurre con el jugador, este narcisista lo empeña todo. Nada importan las consecuencias de sus actos. Lo que mueve al uno es el envite. Al otro, la cámara de televisión, el micrófono, la escena y las luces, ubicado él siempre en el centro para que lo vean.

Como muy pocos jugadores, y como no muchos de los otros, el narcisista de este cuento puede hacer todo lo que quiere gracias a la chequera con fondos ilimitados que nutre Pdvsa y que maneja a mano suelta, sin escrúpulos, para comprarse audiencias y adulancias.

Ha construido su engañoso tinglado con esa jugosa chequera y con el habilidoso manejo estudiado de sus recursos personales para la comunicación. Después de tantos años de tanto verse, de tanto oírse, de tanto que tantos le han dicho, ha llegado a admirarse. Se menciona, se cita, se refiere a él en tercera persona: "... y allí estaba Chávez... ", dice como quien describe a los dioses. Eleva la voz, que convierte en trueno para sembrar miedos; hace silencio para dramatizar y esperar loas; asume su clásico tonito de perdonavidas (quizá su preferido): "... te lo voy a decir una vez más, Uribe... "; e intenta que su mirada y su expresión facial transmitan clemencia, reflexión, sabiduría.

Hay muchos vividores locales de este narcisista con chequera, pero están también sus muchos mantenidos internacionales. Se ve claro, sin embargo, que no todos valen lo mismo: a Fidel, él mismo le lleva la quincena, mientras que Evo tiene que venir al norte para buscarla. Son las cosas de los imperios.





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