Fracaso, calma y tensión

Por Venezuela Real - 25 de Mayo, 2008, 14:00, Categoría: Política Nacional

TULIO HERNÁNDEZ
El Nacional
25 de mayo de 2008

Tres monstruos, superalimentados por la desidia, la ineptitud y la falta de imaginación gubernamental, crecen en el seno de la nación venezolana. Son el monstruo de la economía inflacionaria, el de la violencia desatada y el del tránsito automotor congestionado. Víctima de sus efectos, la cotidianidad de los venezolanos se va haciendo cada vez más angustiosa, incierta y psicológicamente cargada hasta el hartazgo.

Y a fuerza de negarlos, o de minimizarlos, a los voceros gubernamentales les va creciendo la nariz a los ojos de todos, pues monstruos de ese tamaño, como a Godzilla, es imposible ocultarlos.

¿Cómo convencer, por ejemplo, a un ciudadano común, que se encarga de las compras de su casa y que resiente semana a semana cómo suben exponencialmente los precios de los alimentos, de que no existe inflación? ¿Cómo persuadir a una secretaria, que todos los lunes escucha al compañero de trabajo que llega a la oficina haciendo el reporte de asesinados en su barrio o de atracos en las calles, de que las cifras de violencia son un invento de los medios o una artimaña de un organismo internacional? ¿Cómo explicarle a un conductor caraqueño, que se queda atrapado hasta cuatro horas en una atasco porque no hay electricidad, que el país marcha bien y que el Gobierno ha hecho lo imposible para que la calidad de la vida en las ciudades crezca al mismo ritmo que los precios del petróleo? Sencillamente no hay manera. Se puede recurrir a todas las excusas: el imperialismo, la CIA, Bush, la mano peluda de la oligarquía venezolana y de la colombiana, la vil estrategia de los medios para lesionar la virtuosa imagen del presidente Hugo Chávez, la maldad de María Isabel Rodríguez que no deja que el Presidente visite a hija. Lo que sea. Pero en el fondo de nuestros corazones, a sabiendas del torrente de dólares que inunda al Gobierno venezolano, incluso los seguidores del proyecto bolivariano todos sabemos que algo anda mal, muy mal en el país, y que la sensación de ir a bordo del Titanic, pocas horas antes de que el iceberg fatal se atraviese en su ruta, inexorablemente nos invade con suma frecuencia como un pinchazo de escalofrío en la columna vertebral.

Volvimos a fallar, a perder una oportunidad histórica, a echar al basurero –como en los tiempos del primer gobierno de Pérez– la descomunal riqueza proveniente del aumento de los precios del petróleo. Y la causa mayor, independientemente de que la corrupción, el despilfarro o el regalo de dólares a otros países hayan contribuido a agravar la situación, hay que buscarla en la pobre imaginación y desempeño económico que el gobierno bolivariano ha demostrado.

No hubo revolución. No se convirtió el superávit de dólares en una oportunidad para desarrollarnos. Ni en el sentido de haber logrado una economía capitalista que genere bienestar a la mayoría de su población a la manera como lo hicieron España o Chile en sus respectivos procesos de transición política. Ni en términos de una supuesta y posible economía socialista inédita que generara equidad, disminuyera las desigualdades, promoviera el empleo y revirtiera los altos índices de pobreza y degradación de la calidad de vida colectiva.

El gobierno que hemos tenido no ha hecho otra cosa que ratificar los peores vicios de un capitalismo de Estado, una economía rentista, monoproductora y cada vez más dependiente de la renta petrolera; con una población consumista pero improductiva cada vez más enamorada de los malls, los de menos recursos, y de los autos de lujo y la ostentación en las viviendas, los que tienen con qué; una élite de negociantes parásita del Estado cada vez más enriquecido; un proceso de estatización y desmantelamiento del –ya desvencijado antes de la llegada del nuevo grupo en el poder– aparato productivo agroalimentario; y, un ineficiente y éticamente pervertido simulacro de economía social que no ha hecho otra cosa que generar inmensas pérdidas económicas con el propósito de mantener la fachada de que una economía socialista participativa está en gestación.

De nuevo, hemos perdido una oportunidad histórica. Y sin embargo, una extraña pasividad se ha apropiado del país. ¿Será que en 10 años nos hemos acostumbrado a vivir en el desasosiego? O ¿será una de esas tensas calmas que preceden a las catástrofes? Los "ríos subterráneos" de los que hablaba Octavio Paz. Mientras tanto, los monstruos siguen creciendo.





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