Fábrica de mentiras

Por Venezuela Real - 26 de Mayo, 2008, 22:25, Categoría: Política Nacional

ARMANDO DURÁN
El Nacional
26 de mayo de 2008

En su último artículo publicado en el periódico digital Rebe lión, Heinz Dieterich advierte que ahora, una vez debilitadas las FARC y la proyectada revolución indigenista de Evo Morales, el imperio se dispone a darle jaque mate a Hugo Chávez y a Rafael Correa. Los movimientos previos, dice, están a la vista: las últimas ofensivas militares del gobierno de Uribe, los computadores de Reyes, el ingreso de la IV Flota a las aguas del Caribe.

Pero más allá de las deducciones de Dieterich y de su empeño por registrar las evidencias de una tensión que aumenta a diario en los alrededores de Venezuela, el propósito de este análisis responde a la necesidad urgente de apuntalar con argumentos intelectuales la estrategia del régimen y evitar que los disparates de su líder máximo, sus contradicciones y sus pasos en falso malogren para siempre la posibilidad de restaurar en América Latina el espíritu de "la extinta revolución soviética", como calificó el propio Chávez, desafiante, aquel lamentable exabrupto histórico representado por el totalitarismo estalinista.

La segunda gran mentira de esta inmensa fábrica de mentiras en que se ha convertido la revolución bolivariana se deriva del reiterado anuncio de un inminente ataque militar del imperio contra Venezuela. Propósito espurio por identificar la crisis política venezolana con la que dio lugar a la ruptura de Cuba con Estados Unidos, a la invasión de Bahía de Cochinos, al embargo comercial y al hostigamiento de Washington a La Habana desde hace casi medio siglo. Sin tener en cuenta para nada que en 1959 la paz en el mundo pendía de un hilo y que en ese escenario el socialismo cubano, más que afectar los intereses económicos de Estados Unidos en la isla, constituía, como se demostraría muy pronto con la instalación en los alrededores de La Habana de cohetes soviéticos de alcance medio con ojivas nucleares, una amenaza estratégica muy concreta.

¿A alguien le cabe en la cabeza que Chávez pueda poner en peligro a Estados Unidos si su milicia no sirve siquiera para detectar a tiempo de interceptarlo, mucho menos de derribarlo, como amenazó Chávez a posteriori, la presencia de un avión de combate imperial en el espacio aéreo venezolano? ¿Qué socialismo ni qué ocho cuartos si seguimos vendiéndole a Estados Unidos todo el petróleo que se puede, que no estatiza la economía mediante la expropiación revolucionaria de los medios de producción sino comprándolos en dólares contantes y sonantes, que en lugar de profundizar el carácter social de su política económica aplica severas medidas macroeconómicas de clarísimo signo neoliberal? Resulta imposible, pues, plantear que la revolución de Chávez llegue a provocar en Washington reacciones similares a las que se desataron en 1960 contra Cuba. Ni Chávez es Castro, ni esta revolución es la réplica de la cubana, ni Estados Unidos y la Unión Soviética están en guerra. La confrontación de Venezuela y Estados Unidos es real, pero de ningún modo consecuencia de la ideología del régimen venezolano.

A fin de cuentas, el socialismo de los discursos de Chávez es una simple coartada. Nada más. El ideal socialista sólo le sirve para ilusionar temporalmente a los de abajo, que son mayoría; para justificar el desarrollo de mecanismos autoritarios que vayan consolidando su poder por la vía estrecha de la represión y el terror; y, por supuesto, para acercarse a la cresta de su mayor ambición, que como todos sabemos es la de mantenerse en el poder hasta el fin de los siglos.

La combinación de estas dos grandes mentiras, la invasión militar de Estados Unidos a Venezuela y la implantación de un sistema presuntamente socialista y perfecto da lugar a la tercera gran mentira: la reescritura de la historia, de la nuestra y de la de los demás, para hacerla coincidir con sus objetivos políticos más personales. De este modo, los venezolanos por fin viven en democracia, ya no se mueren de hambre y poco a poco la administración de la justicia y el creciente bienestar colectivo van convirtiendo al país en un paraíso bañado por las aguas de un sereno mar de la felicidad. Como el cubano.

A partir de estas tres grandes falsedades, Chávez, trasnochado como nunca, acelera la marcha, a toda máquina, de su fábrica de mentiras. Ficciones a granel que ya sólo tienen, como efectos contraproducentes irreversibles, la pérdida de popularidad interna y el aislamiento internacional, fraudes a los que sin embargo se aferra Chávez, desesperadamente, porque son el único recurso que le queda para llegar al día de mañana. ¡Qué triste desengaño!






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