¿Qué hacer con Uribe?

Por Venezuela Real - 26 de Mayo, 2008, 13:10, Categoría: Gente de Chávez

José Vicente Rangel
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26 de mayo de 2008

Realmente el presidente Álvaro Uribe se ha convertido en un problema para la región. No es manía de Chávez o de Correa. Es que el personaje desentona con lo que hoy es Latinoamérica. Quien reduzca la explicación a un asunto de carácter personal está equivocado. Chávez, por ejemplo, mantuvo excelentes relaciones con Uribe por largo tiempo. Su primer gobierno, salvo algunos desencuentros que confirmaron la capacidad del venezolano para conciliar y arreglar problemas, fue la mejor etapa de las relaciones de ambas naciones. También al comienzo de la segunda presidencia de Uribe. Hubo reuniones estelares como la de La Goajira y Hato Grande que proyectaron la imagen de una amistad blindada de los dos Jefes de Estado, dispuestos a abordar, en positivo, la agenda bilateral. Fue tal la empatía y la voluntad de colaboración, que Chávez se atrevió a colocar sobre la mesa el delicado tema de la delimitación de áreas marinas y submarinas en el Golfo de Venezuela (Algo, confieso, con lo que no estuve de acuerdo).

¿Qué determinó el cambio abrupto del clima de cordialidad y la voluntad de trabajar de ambos presidentes? ¿Qué desató la tormenta? Si Uribe requirió la participación de Piedad Córdoba y aprobó la facilitación de Chávez para un acuerdo humanitario tendente a resolver el problema de los secuestrados en poder de las Farc y de los guerrilleros en prisión, y el paso lo dio a conciencia, ¿qué provocó su cambio de actitud cuando el proceso comenzaba a dar frutos?.

Uribe, sin duda, es un político hábil y audaz. Su carrera pública lo confirma. Construyó un nombre y una popularidad nadando en las aguas procelosas del miedo de la sociedad colombiana, y utilizó todos los recursos, lícitos e ilícitos, para alcanzar sus objetivos. El uribismo se convirtió en receptor de sentimientos encontrados, de odios y temores, de ansias de seguridad, de rescate de la ley, sin importar la procedencia de los participantes. Un poder construido de esa manera, en torno a un hombre cuyos cambios emocionales y vaivenes políticos son harto conocidos, tiene aparente solidez. Pero en el fondo es precario.

Apuntalar la institucionalidad con los que la socavan; trabajar con ángeles y demonios simultáneamente; utilizar la escoria social para combatir el delito, tiene un costo cuyos efectos letales sobre Uribe -y lo que él encarna- son evidentes.

Su partido y su entorno íntimo están envueltos en escándalos que en cualquier otro país -que no tenga las consideraciones que los factores mundiales de poder guardan hacia Colombia- habrían desatado el caos e, incluso, el derrocamiento del presidente.

El freno para que esa situación no se dé es el miedo a lo que suceda después. Pero la política de Uribe, y del uribismo como secreción de una sociedad enferma, están heridos de muerte. Lo que convierte el poder inmoral que él ejerce en algo extremadamente peligroso.

Como lo demuestran los últimos acontecimientos.

Uribe, acosado como está, recurre a la estrategia de meterse cada vez más bajo el paragua gringo para reforzar su relación con el gobierno de Bush. La ruptura del proceso de negociación para el canje humanitario; el ataque alevoso a Ecuador; el asesinato de Raúl Reyes, quien si bien era de los jefes de las Farc manejaba con propiedad los hilos del acuerdo; la feroz campaña contra los gobiernos de Chávez y Correa; el empleo de los medios de comunicación para montar informes miserables; la obscena manipulación del informe de Interpol; la acelerada militarización de la política colombiana, es decir, todo cuanto ocurre en esa nación revela el acelerado proceso de agotamiento de la alternativa que Uribe representó. Por eso mismo es cada día más peligroso. Capaz de cualquier locura.

Sobre todo si un fanático de las aventuras bélicas como Bush, obsesionado en sacar a Chávez de Miraflores antes de que él abandone la Casa Blanca, está detrás suyo con sus halcones, azuzándolo, armándolo y estimulándolo con insólitas recomendaciones. Por eso es que el gobierno venezolano debe cuidarse de un Uribe colocado contra la pared. La respuesta a lo que posiblemente él se propone, tiene que ser objeto de un análisis responsable y sereno.

La reacción en el campo diplomático, económico, comercial y de seguridad, hay que adoptarla con cabeza fría.

Y sobre todo, que todo cuanto se decida y se haga debe contar con el consenso de los venezolanos.





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