Los inquilinos del río Guaire

Por Venezuela Real - 29 de Mayo, 2008, 12:16, Categoría: Dimensión Social

SIMÓN GONZÁLEZ
El Nacional
29 de mayo de 2008

Indigentes viven a orillas de un cauce contaminado y peligroso
Algunas de estas personas anhelan una oportunidad que las saque de las profundidades de la ciudad

Entre los espacios tomados por la indigencia caraqueña para vivir están los márgenes del río Guaire. A lo largo de este río, que surca 53 kilómetros de la capital del país, se pueden encontrar desperdigados pequeños asentamientos de personas que, como Jorge Hinojosa, un albañil de 32 años, vive en una riesgosa casucha ubicada a pocos centímetros de caer al cauce.

Los indigentes que levantan sus precarios ranchos en la orilla del embaulado río, lo hacen especialmente en los tramos cercanos a Puente Hierro, en El Paraíso, y el comprendido entre Parque Central y el Estadio Universitario. Y lo común en todos estos sectores es el peligro latente de un paso en falso o una crecida del río, que marcan la diferencia entre la vida y la muerte.

Al hablar con Hinojosa en su casucha, se escucha como trasfondo de sus palabras el rumor amenazante de las aguas cercanas. Dice que tiene tres años de vida en la calle, que dejó cuatro hijos que no ve desde hace un año y que desea abandonar la indigencia.

Hinojosa tienen dos meses viviendo debajo del puente que comunica El Paraíso con Quinta Crespo, en la zona de Puente Hierro. Llegó allí por invitación de otro amigo indigente, que no identificó. Por esos días, la esposa y la mamá de su compañero anónimo fueron en varias oportunidades a pedirle que saliera de allí, pero nunca accedió a la solicitud. "Hay gente a la que el sistema y los vicios la agarran muy duro. Pero yo sí que quiero salir de aquí", dijo Hinojosa.

La tragedia de su amigo se produjo un mes atrás, cuando perdió el equilibrio, y también la vida, al caer de un poste en las contaminadas aguas del Guaire. Desde entonces vive solo en la casucha, amoblada con un catre y un par de almohadas, una enfundada en tela con figuras de ositos. Esta imagen infantil desentona con el resto del lugar, en especial con las jeringas sobre la cama y el boquete que hay en el fondo, una de las tantas desembocaduras por donde se deslizan los despojos de las alcantarillas caraqueñas. Sin embargo, Hinojosa asegura que duerme tranquilo porque en el tiempo que lleva ahí ha visto salir poca agua.

Hay un riesgo inminente, sin embargo, según Oliver Palma, sargento mayor de la Unidad de Rescate de los Bomberos Metropolitanos. Recordó que hace cuatro años salvó a un indigente que habitaba en los márgenes del río: "El hombre cayó a la altura de Quinta Crespo, desde donde fue arrastrado hasta las cercanías de La Carlota. Allí lo recuperamos. Fue entonces que lo interrogamos y nos dijo que se quedaba en una de las salidas que llevan agua al río".

Echar pa’lante.

"Si pasan por aquí el lunes que viene, yo me voy con ellos", asegura el entrevistado, refiriéndose a los trabajadores sociales de la misión Negra Hipólita. Hinojosa está cansado de vivir en este lugar, de ir hasta un comedor en San Agustín o al mercado de Quinta Crespo para obtener alimento. Cree que a su edad ya es momento de entrar a un centro de rehabilitación, de vivir de lo que sabe hacer: edificar.

En 2007 estuvo en uno de estos establecimientos, específicamente en el centro Nosotros Unidos, en Coche. Después de permanecer allí apenas dos meses, decidió irse porque la comida no era buena y no le gustaba trabajar vendiendo mercancías en los autobuses.

Hinojosa confesó sus problemas de drogas y alcohol. Pero afirma que desea dar un cambio en su vida: "Mira, lo que hay que tener es fuerza de voluntad y echar pa’ lante".

Unos cuantos metros más adelante vive Elvin Román, de 29 años de edad que subió con los pies descalzos el margen del río para conversar sobre su estadía en el lugar. Aseguró que sólo pasó la noche en uno de los dos ranchitos que están levantados debajo del distribuidor Baralt, luego de que le pidió el favor al propietario de la endeble estructura, un hombre al que conoce desde hace pocos días.

Hablar con él es hallar la confirmación de un código común entre los vecinos del Guaire, uno en el que tienen cabida los centros de rehabilitación, las familias escindidas, las caminatas errantes y también el deseo de que todo ese panorama cambie.

Por eso, Román se aferra a un número telefónico, el que le dieron trabajadores de Negra Hipólita, y a la voz de un amigo en Higuerote que se rehabilita allí y lo exhorta a seguir su ejemplo para dar un cambio a su vida.

El joven esperanzado dijo que en lo que reúna el dinero suficiente se marchará: "No me gusta irme limpio".

De modo que espera guardar algo de los 280 bolívares semanales que gana por su trabajo como barrendero de una cooperativa.
 
 







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