El principio del fin

Por Venezuela Real - 1 de Junio, 2008, 12:54, Categoría: Política Internacional

Fernando Ochoa Antich
El Universal
01 de junio de 2008

No hay nada más difícil que la desmovilización de una fuerza guerrillera.

Los años de enfrentamiento militar van creando varias generaciones de combatientes, que lo único que han hecho, casi desde niño y por muchos años, es asesinar, realizar actos de saboteo y fundamentalmente vivir totalmente fuera de la sociedad. Su origen es normalmente campesino y siempre tienen muy poco nivel educativo. Al mismo tiempo, existen algunos jefes guerrilleros, con formación ideológica, que sí interpretan el fenómeno como un hecho de orden político. Esta realidad conduce siempre, de manera natural, a que se constituyan dos alas: una exclusivamente militar, que convierte la violencia en la única forma de vida que conocen; otra que percibe el objetivo de la guerra e interpreta el hecho de la violencia con  una visón ideológica.  Ese fenómeno lo está viviendo las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia desde hace algunos años.


Este movimiento guerrillero surgió en Colombia en medio de la crisis política que produjo el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, y el enfrentamiento militar entre los partidos Conservador y Liberal durante esos años. Muchos campesinos liberales y de izquierda crearon milicias armadas para protegerse de las acciones violentas del partido Conservador. Inicialmente recibían directrices de la dirección política liberal. En 1954, durante la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, la mayoría de esas organizaciones aceptaron desmovilizarse, pero algunas rompieron con la línea partidista y siguieron en armas dentro de sus propias áreas de influencia regional. Al iniciarse, en la década de los años sesenta, el Frente Nacional,  esas milicias  fueron  influidas ideológicamente por el Partido Comunista y la Revolución Cubana, tomando un carácter más autónomo. De esa experiencia, surgieron las repúblicas liberadas, entre ellas la de Marquetalia.

El gobierno de Colombia, en el año de 1964,  tomó la decisión de acabar definitivamente con esos reductos autónomos por la fuerza e imponer el dominio estatal. Con ese fin se organizó una gran operación militar. Esta acción del ejército dispersó a los asentamientos campesinos ubicadas en dichas zonas autónomas y obligó entonces a Manuel Marulanda, hasta entonces uno de los líderes campesinos partícipes de esas milicias, y a una docena de hombres a internarse en las montañas. Poco después, estos sobrevivientes se organizaron bajo la dirección de Manuel Marulanda y de miembros del Partido Comunista para crear las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, con un carácter definidamente revolucionario. Durante 40 años esa organización guerrillera se ha mantenido alzada en armas bajo su dirección. El desplome de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría condujo a las FARC a establecer una alianza con el narcotráfico y dedicarse al secuestro y a la extorsión con el objeto de lograr los fondos necesarios para poder sostener la guerra. Poco a poco, de una organización con objetivos políticos, se fue transformando en una estructura criminal.

En ningún momento de su historia las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia ha estado en una situación tan compleja como la que enfrenta actualmente. Los éxitos militares de la política de Seguridad Democrática del presidente Uribe han logrado acorralar a los diferentes frentes de combate. Una enumeración de esos recientes éxitos permite interpretar con claridad la compleja situación que enfrenta la organización guerrillera: muerte de Manuel Marulanda, de Raúl Reyes, de Gustavo Rueda, jefe del Bloque Caribe; del Negro Acasio, el "guerrillero inmortal"; de Diego Cristóbal, el ideólogo de las milicias urbanas; de Milton Sierra Gómez, jefe del frente del Pacífico;  la detención de Helí Mejía, Martín Sombra, y ahora la entrega de Nelly Ávila Moreno, Karina, en medio de una exhortación para que sus compañeros depongan las armas por no existir ya ninguna posibilidad de éxito militar ni político.

La muerte de Marulanda es el golpe final. Es muy difícil que Alfonso Cano pueda reemplazarlo en el mando. Él no tiene el prestigio militar suficiente para liderar a hombres como Jorge Briceño, el Mono Jojoy, a Iván Márquez, a Timoleón Jiménez, Timochenco, y en general al ala militar de las FARC. Hubiera sido posible, si Luis Reyes no muere en el bombardeo a su campamento en Ecuador, preservar la unidad de las FARC a la muerte de Manuel Marulanda. Sin ese liderazgo ya nada es posible. A partir de ahora, presenciaremos mayores derrotas militares, traiciones a cada instante, divisiones permanentes, masivas deserciones, y rendiciones de jefes y combatientes. Los mejores ejemplos del desastre que enfrenta las FARC es el ridículo discurso de Timoleón Jiménez, Timochenco, con motivo de la muerte de Manuel Marulanda y el intento de asesinato del Mono Jojoy por sus propios escoltas. Definitivamente, es el principio del fin. Ojalá esta verdad sea entendida por Alfonso Cano y aproveche la oportunidad para establecer una negociación política con el gobierno del presidente Uribe.






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