Caldera y Chávez

Por Venezuela Real - 7 de Junio, 2008, 10:53, Categoría: Política Nacional

Elías Pino Iturrieta
El Universal
07 de junio de 2008

Que el pueblo más tarde votara masivamente por Chávez no cabía en los cálculos de nadie

Nadie se quiere hacer responsable de un horror. Escurrimos el bulto a la paternidad de los dislates, especialmente cuando se convierten en una urgencia colectiva, para encontrar los motivos en el prójimo. La memoria de cada cual se las arregla para alejarse de los entuertos y pretende marchar en paz después de zafarse de su responsabilidad, para que los recuerdos no la amarren al origen de lo que termina por convertirse, con el correr del tiempo, en una carga difícil de soportar.

La estratagema que hasta en los asuntos familiares funciona sin estorbo, multiplica sus posibilidades ante el desafío de situaciones que se convierten en un inocultable cataclismo que concierne a la sociedad. De allí que, como apuntan los Evangelios, usualmente marchemos mirando la paja en el hombro del otro sin detenernos en la viga que estorba la visión del ojo propio.

El comentario no proviene ahora de la Biblia, sino de la reedición de un conocido volumen de Rafael Caldera, De Carabobo a Puntofijo. Los causahabientes (Libros Marcados, 2008), que reaparece con la compañía de un cariñoso prólogo de Teodoro Petkoff y con la agregación de un texto de Juan José Caldera sobre El sobreseimiento de Chávez. Las letras del presidente Caldera, conocidas y celebradas en anterior oportunidad por los lectores, nos remiten a un notable conocimiento de la historia republicana, y a una plausible interpretación del tránsito de sus personajes en el ejercicio del poder. La iniciación de Petkoff refiere a un vínculo de respeto y afecto gracias al cual se intentó el remiendo del capote de la autoridad en el pasado reciente. El apéndice de Juan José Caldera nos traslada a los tiempos posteriores al alzamiento del teniente coronel Chávez contra el presidente Pérez y al clima de opinión que generó, capaz de convocar indulgencias y disculpas debido a las cuales la cárcel dejó de ser habitación de un golpista fracasado. Por su actualidad y por las oportunas reminiscencias que resucita, susceptibles de llamar la atención sobre una decisión que concierte a una colectividad empeñada en lavarse las manos, nos detendremos en el contenido de este texto de Juan José Caldera.

Como bien recuerda, el clamor por la libertad del golpista recién encerrado marchó de la base a las cúpulas de la sociedad, hasta el punto de convertirse en lugar común de los dirigentes políticos del momento. Entre febrero de 1992 y febrero de 1994 se paralizaron los tribunales que conocían el caso, debido a la presión que gente del pueblo y voceros de importancia hacían para encontrar un desenlace alejado de la evidencia de los delitos que se debían juzgar y castigar. Los candidatos que disputaron la elección a Caldera en las elecciones de 1993, no dejaron de manifestar su opinión favorable a una amnistía que condujera al olvido de la asonada. Fue uno de los argumentos más socorrido en los discursos de Claudio Fermín, Oswaldo Álvarez Paz y Andrés Velásquez, quienes relacionaban la insistencia en la libertad del teniente coronel con las ganas que tenían de pasar cinco años en Miraflores. Ganada la elección por Caldera, creció la fuerza de las presiones de dirigentes aislados, pero también de empresas periodísticas como El Nacional; de representantes de la jerarquía católica, como el Cardenal Lebrún, y aun de figuras militares de la talla de Fernando Ochoa Antich. No dejaba entonces Jorge Olavarría de llamar la atención sobre "una arrolladora corriente" que favorecía a Chávez y a sus cómplices; mientras Patricia Poleo remitía una carta pública al comandante, su ídolo entonces, ante quien manifestaba su regocijo en torno a la medida que seguramente tomaría Caldera sobre el sobreseimiento de su causa. Dado que el propio Pérez había iniciado el proceso de sobreseimientos y que se perfilaba una crisis económica, parecía conveniente participar de la orientación dominante, lo cual no era excepcional en la conducta de un mandatario que había llevado a cabo en su primera administración una provechosa política de pacificación.

Juan José Caldera ofrece otros aspectos del fenómeno susceptible de conducir a la libertad de Chávez, pero no quiere llegar a sentencias anacrónicas. Según se colige de su estudio, los políticos y el mandatario de entonces se aferraron a su realidad para tomar la decisión que pareció conveniente. Como nadie manejaba entonces una bola de cristal que pronosticara los desastres del porvenir, se llegó a un desenlace que no anunciaba ninguna tempestad. Que el pueblo más tarde votara masivamente por él no cabía en los cálculos de nadie cuando el presidente Caldera lo sacó de Yare. Sólo ahora podemos ponderar ese factor, esa actitud mayoritaria que muchos quieren olvidar para reprocharle a un solo hombre lo que vino después. Pero la culpa es de todos, como demuestra el apéndice de Los causahabientes, como igualmente es de todos la penitencia.






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