La ingobernabilidad como sistema

Por Venezuela Real - 8 de Junio, 2008, 12:28, Categoría: Política Nacional

Juan Martín Echeverría
El Universal
08 de junio de 2008

El régimen rechaza la participación política y protagónica del pueblo soberano

Se engaña a la población sobre la presunta participación protagónica, por ello habría que distinguir entre la participación ciudadana en múltiples protestas y la participación política de esos mismos ciudadanos, ya que en la práctica no se toman en cuenta sus opiniones. De allí que pueda afirmarse que la participación es aparente y no real, ciudadana y no política, porque esta última implicaría la actuación directa de los venezolanos en las decisiones, pero el dedo todopoderoso lo abarca todo desde arriba y un ejemplo patético son las primarias del PSUV.

El país necesita de un mecanismo de indicadores de desempeño, capaz de demostrar los bajísimos niveles de la gerencia pública, el escaso contenido técnico para soportar las decisiones, la excesiva discrecionalidad, el comportamiento discriminatorio y una subordinación absoluta de la pirámide gubernamental al biorritmo, desafectos y alianzas de un solo jefe máximo: adiós para siempre a la división de poderes.

En consecuencia, dentro de la vigencia de los listados Tascón y Maisanta hay empresarios preferidos y detestados, a los cuales se les aplican según sus simpatías más o menos impuestos y sanciones, se les otorgan más o menos divisas y todo ello se refleja en una disminución de la productividad, porque en los tiempos de la revolución primero es lo político y después el estímulo a los empresarios. El poder atropella las iniciativas cívicas y humilla con el pensamiento único y un único interlocutor.

Una visión panorámica nos muestra la erosión irreversible de la institucionalidad, cuando las autoridades califican de grave amenaza para su subsistencia el pluralismo y la diversidad, porque el poder socialista radical actúa sin limitaciones, frenéticamente; a pesar de que los constitucionalistas insisten en el punto de equilibrio, donde la prioridad es la supervisión ciudadana de cualquier gobierno, con el objetivo de ponerle límites al militarismo, los abusos, desviaciones y despilfarro de recursos.

Se evidencia un crecimiento desaforado del autoritarismo, con ribetes de anarquía, ante la exagerada permisividad que se le otorga a los seguidores del régimen y el hostigamiento a quien no se pliegue al pensamiento único. Todo lo anterior termina en el inmenso callejón sin salida de la presunta revolución, convencida que la solución final es volver al siglo XIX y la Constitución una camisa de fuerza inconcebible.

En la descripción de la atmósfera burocrática es fundamental el secretismo, que consiste en ocultar las estadísticas o por lo menos maquillarlas. La cascada de falsedades comienza con las cifras de la producción petrolera y finaliza con las manipulaciones en materia de inseguridad: ahora se cuentan los homicidios en bloque y se reducen en base a la contabilidad siniestra de los ajustes de cuenta; en cuanto a los secuestros no se va al fondo de la actuación guerrillera y el crimen organizado. Mientras tanto millares de activistas disponen de armas.

La ingobernabilidad como sistema se fundamenta en la improvisación y la violencia, que convierten la acción política en intimidación y miedo. La realidad es que el régimen rechaza la participación política y protagónica del pueblo soberano, porque prefiere la sumisión y el silencio.






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