Entre Rangel y Dudamel

Por Venezuela Real - 10 de Junio, 2008, 14:55, Categoría: Política Nacional

Asdrúbal Aguiar
El Universal
10 de junio de 2008

El grave dilema que hemos de resolver como pueblo y en lo inmediato

La semana pasada me referí, bajo el título "La ley del secreto", a esa que también llamé ley del miedo para referirme al canon medieval que acaba de poner en vigencia el inquilino de Miraflores; dizque para proteger la estabilidad de Venezuela. De modo que no puntualizaré sobre la designada Ley de Inteligencia y Contrainteligencia, sancionada por decreto ejecutivo y en vigor hasta que no se la derogue, pues sus disposiciones no soportan un escrutinio a la luz de los estándares de la democracia, por deficiente que sea.

El papel de jaquetón de utilería asumido hace poco por el General quien otrora llamó burros a sus compañeros, quien es co-redactor de la manida ley del miedo y quien sigue repitiendo cual autista y sin criterio: ¡patria, socialismo o muerte!, es la muestra acabada de que los pantalones se le están mojando a los personeros del régimen.

Después de diez años de prepotencia electoral, de sentirse sobrados y en olor de multitudes, de controlar todos los hilos del poder y hasta de disponer de sumas mil millonarias para sus francachelas revolucionarias e intentar acallar toda protesta mediante la corrupción, el Gobierno, por lo visto, en la angustia que le corroe no encontró otro recurso más inteligente que apelar a la amenaza de transformarnos en una sociedad de chismosos; o disparar desde La Orchila misiles contra buques mortecinos. Lo que señala que Chávez y sus adláteres, Rodríguez Chacín y el General Rangel, rugen para darse ánimos. Necesitan superar el pánico que los hizo presas, sobre todo luego del destape del computador hablante de Raúl Reyes.

Y es que no se explica, de otro modo, que a contracorriente de la voluntad mayoritaria que rechazó de plano la reforma constitucional socialista, avancen obstinados hacia la instalación de la peor parte del modelo comunista o de socialismo real que han hecho suyo y que, sin éxito, insisten en vender como baratija de factura bolivariana. Porque si fuese cierto que creen, a pie juntillas, en esta vía del socialismo autoritario para paliar los males del venezolano, mejor se ocuparían de dictar otros decretos sociales, de reducir la costosa burocracia ministerial, de castigar a sus corruptos de maletín, o de hacer ejercicios tácticos antes que con armas con escobas, para limpiar la podredumbre que anega a nuestros barrios más empobrecidos.

De modo que, cuando en su hora menguada el Gobierno acude al afinamiento de sus redes de inteligencia para obligar a los venezolanos a que le informen de todo cuanto ocurre en cada centímetro de nuestra geografía o fuera de ella, evidencia al rompe que ha llegado al punto en que no confía siquiera de su sombra. Y razones no le faltan, sobre todo a Chávez, pues todas ellas son obra de su quehacer altanero.

O es que ¿acaso intuye que el tiempo del vía crucis se le aproxima y de allí que intente dividir la sólida voluntad nacional para hacerla añicos, inoculándola con el veneno de la desconfianza, del temor a la delación de mala ley y para que nadie sepa si su propio vecino ha sido cooptado por los espías de los Rangel o los Rodríguez?

No tendría otro sentido, por lo mismo, el teatro -que sólo fue eso- montado recién en la isla que le sirvió de aposento para sus licencias a otro General de verdad, Marcos Pérez Jiménez, a quien Dios tenga en su gloria. El disparo de dos misiles KH-59 y KH-29 y el anuncio por Rangel, como prueba de la fuerza acopiada y de que ya disponen de 24 aviones Sukhoi y de unos 50 helicópteros además de 100.000 fusiles de asalto AK-103, parece no tomar en cuenta que para la guerra -esa que dan sin cuartel colombianos o iraquíes- hace falta de algo más que de balas; exige de un espíritu de confianza mutua entre sus hacedores que en nada se condice con la cultura de la traición instalada en el Gobierno bolivariano: que por no creer en nadie se hace ahora de una ley para chismosos. Y también, porqué no decirlo, se apertrecha con otra lista de la infamia para alejar temerosos a sus opositores, inhabilitándolos como candidatos a gobernadores o alcaldes.

Frente a esta desfiguración de la imagen nacional, hija -como lo diría el viejo Rómulo, el nuestro y no el romano- de quienes por incapaces de hacer historia se embriagan con el capitoso licor de la epopeya y medran en el "narcisismo pasatista", a los venezolanos de hoy no nos queda otra opción que librarnos de nuestros libertadores de oficio; para así mostrar la otra cara de la realidad, la más noble y que dice de nuestros logros como país moderno y amante de la paz.

Entre un Rangel vestido con uniforme de camuflaje y la Venezuela que se mira en las armas musicales de Gustavo Dudamel, reside, pues, el grave dilema que hemos de resolver como pueblo y en lo inmediato.






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