De la queja a la protesta

Por Venezuela Real - 16 de Junio, 2008, 15:47, Categoría: Política Nacional

ADRIÁN LIBERMAN
El Nacional
16 de junio de 2008

En un futuro aún por determinar, habrá que analizar el gigantesco acto fallido que es el chavismo, con seriedad y sin pruritos. No sólo entenderlo en cuanto decepción, sino también en el atroz encanto que tuvo alguna vez para tantos. En este sentido, el fracaso del chavismo en constituirse en verdadera revolución está en su impotencia en promover el salto de la queja a la protesta. Traicionada por sus propios impulsores, la oferta hecha en 1998 era justamente la de romper con la cultura de la mortificación, de la resignación frente al sufrimiento, para que el colectivo se apropiase de su destino y lo modificase.

El país que vislumbró en Chávez y sus seguidores una alternativa plausible (e insisto en que en esa masa había muchos intelectuales, supuestamente bien armados para comprender y criticar las realidades, supuestamente poco dados a confundir delirios con realidades), lo hizo basado en la promesa de poder salir del síndrome del padecimiento que constituye la cultura de la mortificación.

La fantasía fundante, que tanto poder le otorgó a lo que se mostraba como una alternativa renovadora, era la de salir de la resignación para generar transgresiones creadoras. Esto es, que la gente se mire, detecte lo que no anda bien dentro de ella y se proponga cursos de acción que le pongan coto a su sufrimiento. En la resignación, en la mortificación paralizante, se pierde el coraje, la creatividad y la creencia de que el malestar puede ser cambiado mediante la acción propia o conjunta.

El chavismo prometió, y no cumplió, una modificación en las relaciones de poder que le diera a la gente la experiencia de salir de la resignación para pasar a la pasión de lucha.

Y cuando digo luchar no me refiero al uso de la agresividad y la violencia, sino a la convicción de que la desesperanza, el hambre y los problemas pueden ser cambiados por lo que se hace o se deja de hacer. En cambio, el esquema "misionero" que caracteriza la acción social del Estado sólo reafirma la resignación a la indigencia de muchos. Un salto cualitativo de la queja a la protesta implicaría la detección de "analizadores" de problemas que interesan a todos, y su realzamiento. Para luego ser seguido por la construcción y estimulación de notables, de personas que tienen algo que decir acerca de sus realidades y que pueden convocar las fuerzas creadoras de sus comunidades. Lo que vale también para las instituciones, las agrupaciones gremiales, las instancias de formación intelectual y técnica. No es ser sólo portavoz, un vehículo de denuncias vacías que convocan la acción de salvadores externos, sino la de proponer soluciones que pueden ser auténticamente revolucionarias.

Pasar de la queja a la protesta, habla de un efecto en la subjetividad, de alguien que deja de sentirse un espectador pasivo de su propia vida, para sentir que tiene algo qué decir y hacer. Es entender la necesidad ética que es el compromiso con lo compartido. Y este efecto subjetivo es el que amenaza más frontalmente el poder asimilado a la autoridad. Es la posibilidad que atenta contra el entronizamiento de uno solo, del que se cree indispenable. En esta articulación es donde se fragua la desilusión y desengaño en la que derivó el chavismo.

Por ello, los programas asistenciales implementados terminan perpetuando aquello que combaten, en una de las más dolorosas y dispendiosas paradojas de nuestra historia.

Ayudar a hacer el salto de la queja a la protesta es la promesa incumplida y la oportunidad perdida de la última década.

Queda evidenciado, entonces, que la verdadera revolución es aún una tarea por advenir.
 
 





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