Y ejecutaron

Por Venezuela Real - 20 de Junio, 2008, 11:09, Categoría: Estado de Derecho

Gerardo Blyde
El Universal
20 de junio de 2008

Saben bien quién mató al fiscal Anderson y tienen interés en que nunca se llegue a saber la verdad

Que Patricia Poleo es completamente inocente en el caso del fiscal Anderson, lo sabemos desde el primer día en que trataron de involucrarla y, ante la orden de captura, la obligaron a exiliarse. Si no fuera por lo vergonzoso del montaje, esta historia, que aún no termina, debería ser usada por algún escritor para producir la novela más insólita que haya ocurrido en nuestro país.

Pero no tiene nada de ficción que alguien, con una mente diabólica y criminal, y en utilización de todo el poder del Estado, un día, no sabemos por qué razones (pero algún día sin duda lo sabremos), decidió ordenar el asesinato del fiscal Anderson y luego culpar de ello a otros para alejar de él toda sospecha.

Una primera conclusión casi obvia (pero necesaria de resaltar) consiste en señalar que el o los asesinos del fiscal Anderson andan sueltos y están o estuvieron en el Gobierno o ligados a éste. Ha sido desde el poder que trataron de involucrar a venezolanos de diferentes sectores que adversan a la revolución y, usaron ese poder para inventar un caso y alejar cualquier investigación que condujera a ellos.

Todos los discursos, escritos y declaraciones ante los medios, dadas por diputados y representantes de la revolución en contra la de oposición, constituyeron piezas magistrales de difamación e injuria.

Se señaló en su momento, basado en un testimonio falso, mediante un único declarante cuyo dicho no fue investigado y cuya vida tampoco lo fue (a objeto de verificar su confiabilidad) acusaciones en una investigación dirigida a desviar la búsqueda de los verdaderos culpables. A quienes tenían interés en ocultar a los autores se les ocurrió que si se involucraban a personajes públicos no chavistas en el caso, el escándalo público sería suficiente como para lograr el objetivo de desviar el foco de la opinión pública ante el asesinato.

Los imaginamos sentados en algún cómodo sofá (seguramente de cuero), papel, lápiz y un buen escocés a mano, decidiendo fríamente y hasta en tono burlón, a quiénes meterían en el "autobús" de imputados: "debemos atacar a la prensa escrita, Patricia Poleo hecha mucha vaina. ¡Bingo!, le salió su número, anotada. Necesitamos a alguien del sector financiero, ¿qué te parece Nelson Mezerhane? Así matamos dos pájaros de un tiro, es banquero y copropietario de Globovisión, anotado". Y así incluyeron además a un militar y a un civil común. "¿Cómo involucramos a los políticos de la cuarta?". Y dieron con el hijo de la ex congresistaHaydée Castillo, a quien asesinaron luego en el momento de su captura. Y la Iglesia también ha sido muy activa en contra de la revolución, "vamos a describir al Cardenal Castillo Lara, y veremos cómo evoluciona la cosa y hasta dónde llegamos con él".

Deben haber pensado cada nombre, haberlo apuntado en la lista brindado por sus geniales ideas. Medios, empresarios, políticos, civiles de a pie, militares y hasta la Iglesia.

El problema a resolver para ejecutar el plan era probatorio. Ninguna prueba tenían que pudiera atar a todas esas personas entre sí ni mucho menos con el terrible crimen que se les pretendía imputar. Ni documentos ni llamadas telefónicas con sus voces ni grabaciones de conversaciones que nunca se produjeron ni pago a supuestos asesinos materiales. Nada tenían.

Así las cosas, la respuesta fue muy fácil: "inventemos un testigo que los involucre a todos, que declare que los vio reunidos planeando el asesinato; le escribimos el guión, que se lo memorice y, con eso, los detenemos a todos. Debe ser alguien desconocido, preferiblemente extranjero para que no tenga vinculaciones con nadie en Venezuela, que por un poco de dinero se preste para esto". Y buscando dieron con el "testigo estrella" que, mirándolo a los ojos, producía una confianza nunca vista. Deben haber brindado de nuevo con sus vasos de escocés bien añejado y terminado la reunión para salir a ejecutar. Y ejecutaron.

La sucesión de errores del testigo, de los investigadores, fiscales y declarantes públicos dio al traste con esa amañada investigación en la cual algunos perdieron su vida, otros tuvieron que irse del país, otros estuvieron o aún están presos y, el que menos, sufrió el descrédito público de su nombre.

Nadie podrá reponerle a todos los inocentes a los que involucraron los daños sufridos, pero la segunda conclusión a la que se puede llegar es también sencilla: quienes montaron el caso saben muy bien quién mató al fiscal Anderson y tienen especial interés en que nunca se llegue a saber la verdad de este crimen. Desde el poder desviaron la investigación, cometieron crímenes adicionales, difamaron, persiguieron, hostigaron a inocentes, y son ellos los que deberían estar tras las rejas pagando la serie de delitos continuados que han cometido. Si existe un Dios (que existe), así será.






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