La cobardía moral de las élites venezolanas

Por Venezuela Real - 23 de Junio, 2008, 19:56, Categoría: Política Nacional

Gustavo Coronel Díaz
Noticiero Digital
23 de junio de 2008

Por supuesto, este título pudiera aplicar a casi cualquier época de la vida nacional. Pero estamos en la Venezuela de Hugo Chávez y es necesario tratar de averiguar por qué estamos donde estamos. Pienso que hay varias fuerzas que moldean el clima general de una nación. Una de estas fuerzas es la voluntad del liderazgo político. Otra es la cuantía de los recursos en manos de ese liderazgo. Una tercera es la actitud predominante de los miembros de la sociedad en relación al rumbo que lleve el país. Pueden existir más componentes pero estos son de los más importantes.

Un liderazgo decidido, con abundantes recursos, actuando en el seno de una sociedad pasiva, configuraría un cuadro en el cuál el rumbo del país estará esencialmente dominado por los deseos del liderazgo. Esto puede ser muy bueno pero puede ser trágico. Si el liderazgo es sabio y su utilización de los recursos nacionales es sensato, una sociedad pasiva no es necesariamente un lastre sino que puede simplemente representar una sociedad "contenta". En este tipo de país hay probabilidades de progreso ya que podría decirse que la sociedad ha "delegado" en el liderazgo la conducción de los asuntos nacionales. Al contrario, si el liderazgo no es sabio y si la utilización de los recursos del país no es sensata, la pasividad de la sociedad puede representar un componente negativo adicional, ya que permite que se consolide un rumbo dañino para el progreso del país.

"No es tan sencillo", se dirá con razón. En el caso de Hugo Chávez hay millones de miembros de la sociedad que lo apoyan y hasta lo consideran un líder sabio. Se podrá argumentar que su sabiduría consiste en haber establecido una estrategia de limosnas entre los pobres del país, la cuál ha logrado mantener a mucha gente contenta. Parecería que en la Venezuela de Hugo Chávez ha habido, por algun tiempo, más gente contenta que gente descontenta. A esos venezolanos contentos les suena inútil discutir sobre los efectos a largo plazo de la estrategia de limosnas de Hugo Chávez, ya que lo más importante para ellos es el hoy: el mañana "no existe". Para este grupo la permanencia de Hugo Chávez en el poder por diez años ha sido positiva. La mezcla de dádivas y de promesas lo ha mantenido entre feliz y esperanzado.

Y entonces, que papel juega la cobardía en esta ecuación? Ella está relacionada con la pasividad de quienes si pueden ver más allá del hoy lleno de dádivas y saben, por lo tanto, que la prodigalidad coyuntural de corto plazo que maneja Chávez nos conduce en el largo plazo a la ruina estructural. Esa pasividad es politicamente equivalente al apoyo y tiene su más claro ejemplo en los llamados ni-nis, quienes dicen no ser "pro-Chávez" pero tampoco "anti-Chávez". La cobardía moral reside en guardar silencio, ya sea por resignación, indiferencia o por interés personal, ante la tragedia de un país que marcha aceleradamente hacia la ruina. No hablo de los ignorantes, quienes no entienden los que les está pasando sino de quienes si lo saben y prefieren callar. En este sentido hay mucha más cobardía moral entre las élites que entre las grandes masas, las cuáles generalmente son víctimas de un alto nivel de ignorancia.

Las élites tienen el nivel de entendimiento suficiente para ver hacia adelante y evaluar los resultados a futuro de lo que está sucediendo hoy. Sus miembros están, en su mayoría, en las clases medias y altas, entre los profesionales, los industriales, los académicos y los burócratas de carrera. Es en esa porción de la sociedad venezolana que encontramos los más notorios casos de cobardía, de silencio cómplice ante la tragedia venezolana. Hablar de esto es delicado porque uno está en riesgo permanente de cometer injusticias. Hay quienes dicen que no se debe generalizar sobre esto y hay quienes dicen que no se debe singularizar. A ellos respondo: tampoco es aceptable callar.

En ocasiones he sido injusto, como cuando escribí un artículo en mi blog sobre Gustavo Dudamel y la actuación de la orquesta bajo su conducción en un evento chavista. Me equivoqué en esa ocasión porque lo que habían usado en el evento había sido una grabación. Dudamel nunca asistió. Rectifiqué publicamente. Pero creo que hay que correr ese riesgo de ser injusto, quizás minimizándolo en lo posible, en base a la cautela y a la buena información, porque la alternativa es peor, es el silencio.

Hace algun tiempo escribí un artículo muy crítico sobre la actuación pública de un acaudalado miembro de nuestra sociedad. Sus cartas argumentaron que yo había sido injusto porque desconocia el cuadro completo dentro del cuál sus decisiones habían sido tomadas. En otras palabras, me dijo que si yo hubiera sabido los entretelones del asunto, no lo hubiese criticado. El problema es que yo solo podía opinar sobre el asunto en base a lo que se conocía publicamente. Si tuviésemos que estar en conocimiento de todos los entretelones de cada acción ajena antes de enjuiciarla, todos tendríamos que guardar silencio. Y el silencio es, en gran medida, el componente esencial del síndrome de cobardía que afecta a importantes segmentos de las élites venezolanas.

No hay dudas de que muchos miembros de las élites venezolanas se han convertido, por elección propia, en cómplices de la tragedia chavista. Uno de los casos más evidentes parece ser el de los banqueros que se han beneficiado de su amistad/alianza con corruptos funcionarios del estado para ganar millones de dólares en la adquisición de papeles comerciales del estado o adquiridos previamente por el estado (El nuevo Ministro de Finanzas, Alí Rodríguez, define este mecanismo como " muy creativo… no siempre legal", pero agrega:"lo seguiré usando"). Estos banqueros son conocidos en Venezuela por Raymundo y todo el mundo. Otro ejemplos son el de la conchupancia entre contratistas y altos funcionarios de PDVSA para repartirse el botín petrolero o el de la obscena alianza entre genuflexos dueños de medios (prensa y televisión) y el régimen.

Existen otros miembros de las élites quienes están o estuvieron "convencidos" de que Chávez es o era la última coca-cola del desierto. En ellos ha privado un proceso de "racionalización" que va silenciando, progresivamente, los reclamos de sus conciencias. En ocasiones vence el decoro, como ha sido el caso del Dr. Maza Zavala, quien llegó a sentirse lo suficientemente asqueado para convertirse en un duro crítico del régimen. Otros, como Raúl Baduel y Miquilena, se tornan opositores como parte de una estrategia política insincera u oportunista. Todavía otros como los embajadores Chaderton y Toro Hardy, formados dentro del sistema democrático, se entregan en cuerpo y alma al nuevo régimen en búsqueda de contraprestaciones materiales.

La cobardía moral es la característica de quienes no comparten la manera como Chávez conduce al país pero guardan silencio. Muchos de quienes estaban en el Hotel "Alba" el día en que Chávez presentó sus "medidas económicas" merecen esta clasificación. Puede que cada quien tenga su explicación para haber estado allí pero creo que los venezolanos tienen derecho a esperar gestos de rebeldía y de integridad de aquellos quienes parecen poseer los mayores recursos y la mejor educación.

La cobardía moral de quienes se pliegan a Chávez sin estar de acuerdo con sus ejecutorias es bastante más condenable que el apoyo que otros le dan por razones ideológicas más o menos genuinas. Hago una diferencia entre, por ejemplo, un Augusto Hernández, escribiendo a favor de Chávez, en solitario, desde Pedro Gonzalez, Margarita, o un Román Chalbaud, quien parece creer sinceramente en lo que Chávez representa (y espera, por tanto, que lo ponga a filmar películas revolucionarias) y un Escotet o un Omar Camero, por solo mencionar un par de reputadísimos hombres de negocios.

La cobardía moral de grandes segmentos de la sociedad venezolana está oxigenando y extendiendo de manera indebida la vida del funesto régimen de Hugo Chávez. Silenciar su denuncia o tratar de justificarla o restarle importancia es, en cierta forma, una forma de cobardía.





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