¿Nuevos tiempos en la UCV?

Por Venezuela Real - 28 de Junio, 2008, 14:25, Categoría: Educación

Elías Pino Iturrieta
El Universal
28 de junio de 2008

Hay muchas esperanzas en el elenco de autoridades que acaba de posesionarse de sus cargos

El reloj de la plaza del rectorado tenía un atraso de décadas. Las dificultades técnicas, pero también la incuria, lo habían condenado a la inutilidad. Sólo funcionaba como adorno, pero ahora cumple de nuevo su trabajo de marcar las horas. Todos sabemos que el famoso reloj es un símbolo, una síntesis de la vida universitaria, un emblema socorrido de la casa de estudios.

Un grupo de profesores y de alumnos lo ha puesto a funcionar otra vez, esperanzados en que cumpla por mucho tiempo su cometido ante la comunidad. Lo están probando en estos días, pero consideran que moverá su maquinaria según las expectativas. El hecho de que la reparación del cronómetro coincida con el advenimiento de un nuevo equipo rectoral permite la más fácil de las analogías, como verán a continuación los lectores.

La UCV ha colocado muchas esperanzas en el elenco de autoridades que acaba de posesionarse.
La masiva y arrolladora votación que obtuvieron sus integrantes, pero especialmente el entusiasmo despertado durante la campaña electoral en el campus caraqueño y en las sedes del interior, trasmitieron un mensaje orientado hacia la renovación de la rutina de nuestra más alta casa de estudios. Conviene detenerse en el contenido del mensaje de los votantes, tanto profesores de escalafón como estudiantes miembros del claustro electoral. La suma de voluntades que entonces se manifestó, no sólo debe entenderse como una reacción frente a las pretensiones del Gobierno contra la autonomía de los institutos de educación superior. Ciertamente se levantaron los sufragantes contra las intenciones subalternas del chavismo en torno al sojuzgamiento de la actividad intelectual y al control de los procesos de enseñanza, pero también contra la opacidad de las gestiones anteriores. Un cansancio frente a la monotonía del paisaje gris, una inconformidad ante la acumulación de problemas, una vergüenza frente a las omisiones de los últimos tiempos y, especialmente, infinitas molestias ante la impunidad enseñoreada en el alma máter, se juntaron alrededor de la fórmula ganadora para reclamar una mudanza enfática. Una mudanza que incumbe a asuntos tan evidentes como el deterioro de las edificaciones que forman el conjunto de la ciudad universitaria y como la situación de inseguridad que padecen los usuarios del gran espacio físico; y a vicisitudes menos visibles, pero profundamente lamentables en un centro de saber, en torno a una actividad académica anquilosada y renuente a la metamorfosis.


El poder de los equipos rectorales no es tan avasallante como puede parecer en un primer vistazo. En los despachos centrales de la universidad se ejecuta una labor de coordinación y administración necesarias para imponer una orientación a la comunidad, pero tal vez sólo para eso. Los despachos centrales pueden sugerir rumbos, pero usualmente las sugerencias se quedan en la mitad del camino o se desvanecen ante la indiferencia de los interlocutores. Los cambios, especialmente aquellos de naturaleza académica, encuentran origen y desenlace en el seno de las facultades. Cada Facultad es un mundo, un enredo de escuelas e institutos cuya vida se desenvuelve con independencia de lo que pidan o piensen las autoridades establecidas frente a la plaza del rectorado. Sin embargo, el establecimiento de un liderazgo serio en el Consejo Universitario puede promover una renovación de las rutinas por la que claman numerosos sectores de los profesores y del estudiantado. Todos los mundos y todos los enredos pueden desembocar en el Consejo Universitario, o pueden mirarse en su espejo. Si la imagen registrada en el espejo no se parece a las anteriores; si, por el contrario, refleja el dinamismo de las cuatro personas que ahora lo presiden, de cuatro profesores que conocen las urgencias y los rincones de la institución como para que nadie les venga con cuentos, de cuatro dirigentes dispuestos a honrar con su conducta los compromisos de la víspera, puede la universidad anunciar épocas prometedoras.

Creemos que el reloj de la plaza del rectorado cumplirá su cometido en adelante, no en balde fue reparado con propiedad por un grupo calificado de ucevistas. No sabemos, sin embargo, cómo se las verán sus agujas con el tiempo que puntualmente deben medir. Ojalá no se ocupen de señalarnos la modorra del pasado, la continuación de una fatídica oscurana, sino los hitos de una época diversa y prometedora. La calidad del tiempo no dependerá del aparato que lo calcule sino de quienes se apresuren en cumplir la faena ofrecida antes que en el futuro próximo el mismo aparato los obligue a despedirse. Para eso está allí también el emblemático reloj, curioso ante un cuarteto de protagonistas, pendiente de sus pasos, encumbrado frente a los despachos rectorales.





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