La honra intacta

Por Venezuela Real - 29 de Junio, 2008, 22:04, Categoría: Cultura e Ideas

MILAGROS SOCORRO
El Nacional
29 de junio de 2008

A los respectivos discursos de opositores y de gobierneros se ha sumado el de ciudadanos en situación de protesta que inician sus planteamientos aclarando que sus acciones y reclamos no van enfrentados a la "revolución" ni muchos menos al "comandante presidente" sino a un determinado despacho o funcionario que con su ineficiencia y corrupción han sumido a las comunidades en estado calamitoso.

Esa necesidad de protestar ante un cruel estado de injusticia, al tiempo que se procura disipar toda sospecha de animadversión hacia el jefe del régimen, era propia de la tiranía gomecista. En estos días entra a la imprenta una reedición de Aquí se viene a morir, extraordinario testimonio del periodista venezolano Luis Evaristo Ramírez (1910-1990), que en 1930 formó parte del grupo de telegrafistas alzado en huelga para refutar una afrenta causada por el director del servicio telegráfico.

No el poder del general Gómez, como concedían los propios alzados, oficinistas de largas jornadas y míseros salarios, que no hubieran podido concebir semejante atrevimiento.

La primera edición de Aquí se viene a morir (Centauro, Caracas, 1977) fue la respuesta del compromiso establecido por Luis Evaristo Ramírez con José Agustín Catalá, en 1933, cuando se conocieron los dos hombres y aquél le narró al editor la peripecia vivida por los telegrafistas que terminarían detenidos en un campo de trabajos forzados. Al escuchar el relato, Catalá le pidió a Ramírez que lo convirtiera en un libro y se lo entregara para publicarlo. Pasaron más de 40 años y un día Luis Evaristo Ramírez se presentó en la oficina de Catalá con el formidable manuscrito. Ahora, 20 años después, tras agotarse aquella primera edición, el libro está a punto de reaparecer, desde luego, con el sello de Centauro, para ir al encuentro de nuevos lectores, que quedarán impresionados con el poder narrativo de Luis Evaristo Ramírez, escritor nato, de gran talento para el esbozo de personajes y la creación de escenas, dotado de un solvente manejo de la lengua y dueño de una capacidad de síntesis, adquirida, sin duda ninguna, en las salas de redacción donde completaría medio siglo de ejercicio del periodismo.

La huelga de telegrafistas del año 30 se puso en marcha por la conducta soez de un mandoncito que topó con la dignidad de los trabajadores. Dejemos al maestro Ramírez: "El origen del conflicto se halla en un error con que llega a su destino cierto telegrama del Banco de Venezuela a su central de Caracas.

Estos errores consisten, por lo general, en la omisión de una palabra, el cambio de una cifra o la simple confusión de una letra por otra. El banco presenta la queja correspondiente y el `coronel’ Alejandro López Ruiz, director general de los Telégrafos federales, truena ordenando un castigo a todas luces injusto para los responsables del error; y no contento con eso, agrega expresiones insultantes perfectamente gratuitas para todo el personal. Los telegrafistas reaccionan indignados y escriben un telegrama al general Gómez haciéndole conocer el terrible agravio infligido al gremio por el director y diciéndole muy respetuosamente que no volverán al trabajo hasta que el mencionado funcionario sea destituido".

Esta acción, calificada por Ramírez en su libro de "curiosa mezcla de firmeza e ingenuidad" iba a paralizar el telégrafo, un servicio vital para el país y el gobierno. El resultado fue el ingreso a la cárcel de 50 telegrafistas –entre quienes se contaba Ramírez, entonces de 18 años el 19 de agosto de 1930 y su posterior retención en los campos de Palenque y el Coco, donde iban a estar hasta octubre de ese año, en medio de los mayores padecimientos.

Fundador del partido Comunista y posteriormente del MAS, Ramírez iba a ser corresponsal de El Nacional en Valencia desde su salida en 1943; y reportero de Últimas Noticias, entre otros muchos periódicos donde ejerció nuestro oficio.

Su libro Entre el riesgo y la tentación (Centauro, 1983), donde Ramírez cuenta su experiencia de periodista, concluye con esta emocionante declaración: "Porque no puedo ser –ni quiero– otra cosa que lo que fui los últimos 49 años: periodista. Una profesión que no me proporcionó riquezas ni privilegios, sí unas cuantas satisfacciones; que me mostró cómo la honra de quienes la ejercen vive en riesgo perenne y que, sin embargo, no me impidió llegar a esta hora con la mía intacta".






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