Testimonio a Colombia - A Alfonso López Caballero y Alberto Casas, en Bogotá

Por Venezuela Real - 8 de Julio, 2008, 17:05, Categoría: Política Internacional

RAMÓN ESCOVAR SALOM
El Nacional
08 de julio de 2008

La revolución agraria hispanoamericana, con antecedentes largos y abundantes en el siglo XIX, está terminando.

El conflicto entre la ciudad y el territorio, entre el ciudadano y el habitante, anticipa el cambio de su perfil en estos primeros diez años del siglo XXI. La derrota de las FARC y el declive de las que pretenden lo mismo en grupos menores muestra que el perfil urbano gana el espacio que antes tenía el aire rural, aunque esto no significa urbanismo en términos convencionales sino el ruralismo expresado en otras formas.

Urbanización en nuestro continente suele ser más bien la representación del fracaso de la agricultura y no el triunfo de la ciudad, de los modales urbanos, de los hábitos ciudadanos.

Las ciudades iberoamericanas se conducen como aglomeración de aldeas, más que como centros en donde se desarrollan núcleos de energía cívica o económica. Las bandas juveniles que se desplazan en Centroamérica muestran mucha periferia y poco centro.

Cuando se inició este atípico conflicto civil, Colombia era un país menos industrial que ahora. El libro estaba abierto para la lectura de Mao. La revolución campesina mostró una posibilidad real de poder en China. Colombia, vista desde el mapa físico, es un país grande, continental y de ambicioso perfil geopolítico. Pocos tan propicios para excitar la revolución maoísta. En Colombia, jóvenes idealistas se ilusionaron con el panorama de la revolución campesina.

Recuerdo a Camilo Torres, con quien compartí largas conversaciones en Bogotá al final de los años cincuenta. Alma pura, sacerdote recién ordenado para entonces. También conocí en China, en 1958, en la vecindad del discurso de las mil flores que tanto influyó en algunos intelectuales franceses, a otros colombianos que se entusiasmaban por la "revolución campesina". El poder es por sí mismo productor de carisma.

Y Mao lo proyectaba.

Pero en Colombia la justicia en el campo, las desigualdades irritantes, irrigaban la inconformidad campesina. Esto es bueno recordarlo para saber que la violencia es una mezcla diabólica. De todo eso salió este anacronismo denominado Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia que está terminando.

Nuestra América está culminando un ciclo de violencia.

Pero otro comienza en las ciudades, con algunas excepciones. El Gobierno argentino refuerza su autoridad no con la policía sino con los piqueteros.

Donde hay que respaldar alguna decisión allí están ellos en lugar de las fuerzas de orden.

En Centroamérica las bandas juveniles están a punto de convertirse en una fuerza multinacional. Por todo esto va llegando el momento en que Venezuela y Colombia tienen que poder analizar sus asuntos en serio, ordenarlos, priorizarlos y ponerlos en un cronograma.

Nuestra relación natural es con Colombia y la comunidad andina. Para eso es preciso superar el pleito bolivariano, el mito grancolombiano y reconocer que nuestra historia nacional comenzó en 1830.

Eso no impide recoger el mérito, la virtud y la grandeza de gran parte de lo anterior. Pero la República de Venezuela tuvo un principio concreto y sobre eso debemos trabajar. Este reconocimiento no impide reconocer la gloria común de Bolívar. Pero eso debe estar en su sitio y no estorbar la visión del conjunto.

La geopolítica de Venezuela debe montarse sobre el Atlántico y el Pacífico. Lo mismo la de Colombia. Nuestra integración está en la Comunidad Andina. No en Mercosur, que no es más que un edulcorante.

Las relaciones con Brasil debemos analizarlas seriamente. ¿Qué ha ganado Venezuela? ¿Qué revelan las relaciones del comercio bilateral? No pretendo negar que hayamos de desarrollar una relación creativa y armoniosa, pero no a beneficio de un solo país. Durante estos años, Lula ha sido el padre de Venezuela. Ese no es nuestro destino geopolítico.

Con Colombia se precisa una agenda no sólo para reconstruir la CAN sino mirarnos de modo diferente de pueblo a pueblo, porque la gran población venezolana-colombiana ha creado una nueva relación en cuya agenda no figuran los tanques y los cañones sino el intercambio de bienes materiales, la producción y la música. Ante esa realidad valen más las grandes visiones que el acento de los conflictos. Sin embargo, una agenda de trabajo supone un plan y sobre eso escribiré en otra oportunidad.

A lo largo de los años he tenido la suerte de conversar con ilustres colombianos. Podría mencionar a Alberto Lleras, Laureano Gómez, Alfonso López Michelsen, Indalecio Liévano, Carlos Lleras. Paro de contar. Pero por eso sé que una visión grande de Venezuela y Colombia es posible.






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