Claridad y franqueza

Por Venezuela Real - 16 de Julio, 2008, 12:02, Categoría: Cultura e Ideas

GUSTAVO ROOSEN
El Nacional
16 de julio de 2008

Una buena medida de la madurez de los pueblos y de los líderes es su capacidad para aceptar la verdad, para trabajar sobre ella, deslastrándose de la ilusión, del engaño, de las palabras para enamorar, de los gestos para deslumbrar.

Unos antes que otros, los pueblos de América Latina parecen estar apostando por una opción de realismo, de sinceridad, de políticas económicas claras y estables, distinta a la de las grandes promesas, la culpabilización, la improvisación, el desprecio de la realidad o la pretensión de inventarse una a la medida de las fantasías.

La atención concentrada en lo político o en la complejidad del problema social ha hecho olvidar más de una vez la importancia del fenómeno económico y la necesidad de abordarlo con la mayor claridad, sin disfraces ni ambigüedades, llamando las cosas por su nombre, ahuyentando el fantasma de las mistificaciones o el de las descalificaciones.

Ricardo Haussman recordaba en una entrevista reciente esta necesidad. Abogaba allí por una relación de transparencia y por un diálogo empresa-gobierno de cara a la sociedad. La Colombia de hoy podría ejemplificar ese productivo modo de relación y demostrar el valor de un discurso directo y honesto en materia económica.

Claridad en las convicciones y firmeza en las ejecutorias han demostrado ser factores generadores de aceptación y apoyo, estimulados y sostenidos por un liderazgo efectivo y un equipo humano bien formado y mejor estructurado.

En estos días de encuentros y desencuentros, las comparaciones parecen inevitables. De Colombia se destaca su crecimiento, su presencia en los mercados, su capacidad competitiva, su estabilidad política y jurídica, la existencia de condiciones para la inversión nacional y extranjera y el alto nivel de esa inversión. Venezuela, en cambio parece marcada por la inestabilidad, la inflación, una creciente dependencia del petróleo, un permanente estado de confrontación e indefinición, donde lo único que parece estar claro es la intención de minar la propiedad privada, de aumentar desmesuradamente el poder del Estado, de desconocer la lógica del mercado.

Es la diferencia entre la claridad y la incertidumbre, entre políticas estables y voluntarismos cambiantes, entre manejo seguro o errático de las variables económicas, entre un crecimiento basado en las potencialidades de país y la actividad de su gente y otro sustentado en el poder del Estado o la generosidad de la naturaleza, entre una actitud favorable a la competencia y la productividad, con visión y capacidad exportadora, y otra entorpecedora de la productividad y atada a la importación, entre una alianza franca y estable de los sectores público y privado y otra excluyente, amenazante o circunstancial.

En esta línea de claridad y honestidad, el reconocimiento del peso fundamental de la economía para la gobernabilidad debería obligar a un diálogo efectivo entre los sectores público y privado. El mutuo desconocimiento no sólo limita las posibilidades de un desarrollo ordenado y dinámico, sino que hace imposible la definición de un proyecto nacional, indispensable punto de partida y necesario punto de encuentro.

Intentar este diálogo exige, desde luego, buena dosis de valor y de honestidad. Valor para aceptar la realidad. Honestidad para presentar la propia visión y defender los principios de una economía fundamentada en la libertad, la propiedad, la justicia y la equidad. Honestidad y valor para fijar reglas estables de convivencia y para la producción de un discurso generador de confianza, por sincero y aplicable.

Claridad y franqueza, no es poco lo que se pide, pero es indispensable.





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