Morir antes de los 18

Por Venezuela Real - 25 de Julio, 2008, 11:12, Categoría: Seguridad/Inseguridad

ROMMEL MENDOZA
TalCual
25 de julio de 2008

En los barrios los niños andan armados temprano, se entregan a la violencia y no esperan llegar a adultos

El Radar de los Barrios hace un seguimiento a la situación de nuestros niños en los sectores populares.

Jesús Torrealba es coordinador de esta asociación y nos informa cómo viven y sufren nuestros niños hasta el punto de perder la vida. Aquí esta su relato de verdad muy preocupante.

"Bajaba por la calle principal del Barrio San José, en Petare Norte cuando un niño -no más de doce o trece años- se me cruza en el camino, se levanta la camisa, cruza los brazos sobre su hundido abdomen, saca del cinturón dos relucientes pistolas niqueladas y me dice: `Mira, tú, el de la cámara, ven y me tomas una foto así’, y posa con los brazos ahora cruzados sobre el pecho, exhibiendo las armas a la altura de sus hombros. "Yo no tomo ni publico ese tipo de fotos", contesté. Me miró sorprendido: "A mí sí me interesa esa foto, pa’ que me respeten", dijo. Ante esta respuesta del niño, a quien llamaremos `Mario’, me detuve y le dije: `Ven acá, que te voy a echar un cuentito’.

Nos sentamos cerca de la mesa de ping-pong, un armatoste de concreto al lado de la Escuela José Manuel Núñez Ponte. Le conté de mi niñez en los barrios (Párate Bueno en Antímano, Los Magallanes de Catia, Ruiz Pineda en Caricuao...), y entró en confianza.

Mario me contó de las palizas que le daba el padrastro. `Un día me amenazó con una olla de agua caliente, yo agarré un cuchillo y se lo clavé. El tipo era un chigüire. ¡Cuando vio su propia sangre le dio un yeyo!’.

Así empezó, a los nueve años, su vida en la calle. Me contó cómo el frío de la noche y el frío del miedo lo dotaron de una nueva `familia’: otros cinco niños, tres varones y dos niñas, sin hogar como él, que de día andaban juntos para conseguir qué comer y de noche se turnaban para dormir, a fin de evitar las `sorpresas’ que les daban otros indigentes o algunos policías, `sorpresas’ que solían terminar en palizas o violaciones. Me contó cómo las náuseas lo salvaron de meterse a huelepega, pero no lo alejaron luego de otras adicciones. Ahora, a los trece años, Mario ya se consideraba `un hombre que sabe cómoes la vaina’: Tiene un rancho, dos mujeres y una banda. Y una obsesión: `El que no me respeta, se muere’.

Hablamos desde las cinco de la tarde hasta casi las nueve de la noche. Me escoltó hasta la salida del barrio. Cuando nos despedimos, le dije: `Bueno, ya que pasaste por eso y sabes cómo es todo, salte de esa vida. Si sigues así no vas a llegar vivo a los 18 años". "¿Y pa’ que quiero yo viví tanto?", me contestó. Diciendo eso, pegó una risotada. Una risa extraña, porque aunque los labios reían, los ojos estaban serios, duros. Se despidió chocando sus nudillos contra los míos, y echó a correr cerro arriba.

La semana pasada supe que lo habían matado en un `tumbe’, una disputa por un botín. Mario tenía cuatro años de edad cuando el hoy Presidente de la República prometió solemnemente que si no acababa con el drama de los niños de la calle en un año, se quitaba el nombre. Cinco años después de esa promesa, Mario se convirtió en niño de la calle. Nueve años después, ya era cadáver".






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