El sistema

Por Venezuela Real - 27 de Julio, 2008, 15:17, Categoría: Política Nacional

Carlos Blanco
El Universal
27 de julio de 2008

¿Será que los enfoques opositores conducen, en forma involuntaria, a afianzar el chavismo?

¿Será posible que más allá del Gobierno, aun más allá del régimen, se haya conformado un “sistema” hegemónico chavista del cual forme parte integral la oposición?

A pesar de estar confrontado con una porción fundamental del país, el Gobierno se convirtió en un régimen cuando pasó a controlar las instituciones del Estado y sus normas. Estas líneas indagan si no se está en la situación en la cual el régimen se transformó en un orden, en el cual hasta lo que se opone a Chávez ha pasado a ser parte del “sistema chavista”. Dicho en otros términos, si oponerse al régimen, tal como se hace, no es parte de lo que lo sostiene.

Aclara el narrador que no se refiere a versiones conspirativas según las cuales hay opositores que pasan por la taquilla oficial, ni alude a personas o grupos que se entenderían por trascorrales con la cúpula roja. No se consideran en este momento traiciones, engañifas, tarifas, ni nada de lo que forma parte de versiones y leyendas sobre específicas conductas opositoras. Se trata de algo peor: hasta qué punto la rutina disidente (que incluye posiblemente artículos como éste) no se han integrado -así se decía antes- al “sistema chavista”.

Un Cuento Viejo.

 En mejores y mozos tiempos de este narrador, una de las discusiones sabrosas e inútiles de la izquierda era sobre si fulano estaba “integrado al sistema”. La controversia se refería a la calidad revolucionaria de quienes presumían tenerla y si estaba de alguna manera conectado “al sistema” por la vía del Estado o de la empresa privada. No estar “integrado” y permanecer en estado puro era propio de militantes mantenidos por el partido o de miembros de la comunidad universitaria mantenidos por el Estado, y por papá y mamá. Las universidades eran supuestas islas revolucionarias que amparaban de la contaminación burguesa.


Esas ideas -si es que tal pudieran llamarse- no por ser idiotas a la luz de cualquier análisis serio, eran comunes en la izquierda e impidieron a muchos comprender la naturaleza de la sociedad y de cómo los ángeles castos eran también financiados por el chorro de bolívares que inyectaba el Estado democrático que se quería sustituir.

Esa versión de lo que era ser “antisistema” la superó la pacificación política, la lectura y la escritura en muchos dirigentes casi ágrafos hasta entonces, y el funcionamiento democrático que permitía estar dentro de sus instituciones y confrontarlas, como demuestran muchos de los intolerantes de ahora. Si no que lo digan Alí Rodríguez, Muller Rojas o el mismísimo Hugo Chávez.

Pequeña divagación. Sin embargo, hay otra visión más compleja de lo que es un “sistema”, que no tiene que ver con traiciones o lealtades, sino con formas de funcionamiento de la sociedad. Contémplese la política social de los gobiernos; de éste y de los anteriores.

No conviene a la salud mental de nadie dudar de las buenas intenciones de los gobernantes. Todos desean, con mayor o menor fervor, desarrollar programas que atenúen la carga de los más pobres y, en lo posible, permitan revertir la situación. Sin excepción han desarrollado políticas sociales a través de diversos instrumentos. Algunos de esos instrumentos que quieren erradicar la pobreza, en realidad la perpetúan. ¿Un gobierno que promueve la pobreza? Sí; existe, y con abundancia.

No se trata sólo de políticas económicas que provocan inflación, desabastecimiento, carencia de inversión productiva, dependencia de las importaciones, agotamiento de recursos fiscales y el inventario de desastres que Venezuela conoce; es también el asunto que convierte en negocio para los miserables el extender la mano y convierte en negocio político para el gobierno tener la manguera caritativa que controla los billetes.

Tratar a los pobres como objeto permanente de dádiva les puede mejorar el ingreso, pero no los convierte en ciudadanos que producen, ahorran e invierten. Así, estas políticas destinadas a combatir la pobreza lo que hacen es reforzarlas. Lo que se alcanza es un propósito contrario al explícitamente perseguido, y el Estado logra mantener un nivel de control sobre la población a la cual, de algún modo, beneficia.

La Oposición.

La inquietud en estas líneas se refiere a discutir si la conducta de los diversos enfoques opositores conduce, aun en forma involuntaria, al afianzamiento del régimen chavista. Es necesario insistir en que no se trata de analizar a quienes pudieran entrar en apechugamientos siniestros con el gobierno, como aquel prócer que se presentó en tiempos todavía tempranos en la oficina del ministro, con algunos diputados, a decirle: aquí tiene estos servidores para lo que sean requeridos. No; lo que se sugiere discutir es si ya la lógica del régimen, después de 10 años de rosca, no ha hecho que las fuerzas sociales y políticas alcancen un grado (¿inevitable?) de integración a la maquinaria de funcionamiento del orden establecido.


Véase el caso de muchos empresarios políticamente disidentes, pero cuyas empresas se han articulado al régimen, no porque sigan produciendo, lo cual es su objeto obvio, sino porque han tenido que aceptar el recorte de sus espacios sociales, las regulaciones autoritarias, hasta casi admitir el control microeconómico de la cadena productiva cuando se les dice produzcan esto y no lo otro, lo cual llega a incluir la imposibilidad en la que se encuentran unos cuantos de negarse a participar en el circo presidencial televisado. Es posible que estos empresarios y sus empresas que tenían ciertos espacios de resistencia hayan sido vencidos por la integración inevitable “al sistema”.

Igual ocurre con los profesionales. La experiencia de las listas Tascón y Maisanta es clara; miles de ciudadanos, especialmente de la clase media, lanzados a lo que parecía un inminente relevo del régimen, al final vieron sus empleos, bienes, familias y paz espiritual, gravemente deteriorados. Ese aprendizaje hizo que otros -y algunos de aquéllos- consideraran que debían adoptar conductas diferentes sin que tal significara volverse chavista o desdecirse de anteriores posturas; pero que, en la práctica, significó adaptarse a lo que hay, porque lo que hay es lo que hay.

Algo similar puede ocurrir con los partidos y sus dirigentes, la mayor parte de los cuales son los que menos han recibido el impacto de esta época autoritaria. ¿No será que las versiones opositoras radicales o moderadas, de derecha y de izquierda, han sido ya digeridas por “el sistema”? Si fuese así, ¿hacia dónde inventar? ¿Es que ya existe una hegemonía capaz de convertir la disidencia en parte del paisaje? ¿Dónde están los puntos de ruptura? ¿En qué condiciones las próximas elecciones pueden serlo? ¿Será la calle? Pero, ¿no están ya “la calle” y las marchas integradas al orden? De todos modos, no hay que desestimar que a todo balón se le puede sacar el aire por el mismo sitio en que se infla.





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