Despójense de los privilegios

Por Venezuela Real - 3 de Agosto, 2008, 14:46, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

ALBERTO BARRERA TYSZKA
El Nacional
03 de agosto de 2008

Privilegio es no vivir con presupuesto, no tener que preocuparse por qué se va a comer...     Privilegio es viajar cuando uno quiera

 l metabolismo de la frase produce, de inmediato, un efecto bíblico.

Después de leerla, de seguro esperas encontrarte con una referencia de este tipo: Isaías. Capítulo siete. Versículo veintidós. No estás tan lejos. La frase fue recitada en el altar de VTV, durante el pasado sacramento del Aló, Presidente. La indicación moderna podría, entonces, decir algo así: "Despójense de los privilegios". Hugo. Domingo setecientos veintiocho. Hora cuatro. Minuto treinta y cinco.

Y en vez del amén, ahora hay aplausos.

Entre los ritos más frecuentes de la nueva religiosidad que vivimos se encuentra esta suerte de imprecación moral que, constantemente, repite nuestro gran sacerdote. El sentido eclesial de la revolución es bastante simple: el pueblo es Dios y, como está escrito en las sagradas escrituras, Chávez es la única representación del pueblo que hay sobre esta tierra.

Ergo, Chávez casi es nuestro Ratzinger particular, nuestro Papa con sotana roja y un Bolívar crucificado en la mano.

Por eso nos sermonea cada domingo. Por eso lanza admoniciones y exige penitencias. Delante de todos, señala a su camarógrafo y lo desnuda públicamente. Lo critica, lo expone como un ser egoísta y mezquino. Mientras todos estamos en esta celebración de la gratuidad y del amor, este miserable está pendiente de quedarse con la limosna, ensucia nuestro sacramento con sus diezmos. Arrodíllate. Dilo, aquí, frente a todos: ¿Estás arrepentido? ¿Estás dispuesto a venir y a trabajar gratis el próximo domingo? ¡Habla en voz alta, pecador! Por eso, también, expulsa a los infieles del templo. Él mismo, en un instante, desarrolla la inquisición express. Sólo necesita dos frases para juzgar al Partido Comunista. Con una oración despacha al partido Patria Para Todos. Toda la historia política cabe en una sola devoción. O me reconocen como sumo sacerdote, como única piedra de esta iglesia; o aceptan mis dogmas y mis mandamientos..., o se pierden. Desaparecen. Yo soy el único camino al reino de los cielos. Lo demás, sólo es infierno.

La liturgia del poder bolivariano está irremediablemente atada a estas ceremonias. Es más eficaz aparentar ser Dios que serlo en realidad. Chávez sólo es una imagen de Dios.

Sólo es una brizna de paja llevada en alto por el torrente divino del pueblo. Cada vez que puede, lo recuerda. Siempre invoca su condición instrumental pero imprescindible, su naturaleza transitoria pero eterna. Ejerce todo el poder, pero no lo posee. Es tan pobre, tan sencillo, tan humilde, como el Papa. Nuestro Vaticano se llama Pdvsa. Chávez no tiene nada, no necesita nada.

El socialismo sólo es un acto voluntario. Cualquiera puede convertirse rápidamente. Deja todo lo que tienes y sígueme.

En el fondo de todo este argumento respira algo aun más perverso que los contratos colectivos que, desde hace décadas, asfixian al canal del Estado. Se trata del mecanismo mediante el cual el poder se presenta como víctima de sí mismo. La trampa grosera que le permite a Chávez pensar y decir que él no cobra nada por estar en su programa, que su trabajo es practicar la bondad, que lo suyo es la santidad, que él está de gratis en esta historia.

Ahí reside, tal vez, una de las peores ofertas culturales, de sentido, que este gobierno ha puesto a rodar en nuestra sociedad: la idealización de la pobreza. Se trata de una engañifa cruel, indigna. En tiempos de euforia petrolera, cuando el país tiene los ingresos más enormes de toda su historia, los poderosos de turno insisten en convocar a los venezolanos alrededor de las supuestas virtudes de la pobreza. Y para ello, además, se ponen como ejemplo. Pretenden que la pobreza sea una ideología y no una realidad. La borran hasta de las estadísticas. La idealizan, justamente, porque ya no la padecen.

Por eso pueden exhortarnos con tanta autoridad y con tanta vehemencia: ¡Despójense de los privilegios! Hugo. Domingo setecientos veintiocho. Hora cuatro. Minuto treinta y cinco. El evangelio de la calle, sin embargo, dice otras cosas: privilegio es no vivir con presupuesto, no tener que preocuparse por qué se va a comer mañana o pasado. Privilegio es viajar cuando uno quiera, sin pedir permiso. Privilegio es ir por el mundo comprando tanquecitos. Privilegio es no vivir atrapado entre las deudas de quince y último. Privilegio es no estar obligado a entrar al sinremedio de un hospital público. Privilegio es regalar la plata ajena y sin consultar.

Privilegio es vivir seguro, sin las balas perdidas que habitan cualquier barrio. Privilegio es poder hablar y hablar y hablar, diciendo lo que sea, como si nada pasara, como si nada hiciera falta, como si ya estuviéramos tan cerca del cielo.





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