RAMÓN PIÑANGO
El Nacional
07 de agosto de 2008
En estos días el torbellino de la política venezolana está cobrando renovados bríos. El régimen está en dificultades que hasta ahora no había afrontado. Problemas de tan alto costo político como la inflación y la inseguridad personal están haciéndole mella al Gobierno. El régimen revolucionario está sumido en una rutina de ineficiencia administrativa, cada vez más perversa en sus efectos, que carcome programas tan esenciales para la popularidad del Gobierno como son las misiones. Los abundantes recursos monetarios ya no son suficientes para compensar la evidente ineficiencia administrativa.
Para complicar las cosas, en el chavismo se desarrolla una evidente lucha por el poder cada vez más intensa. Y, como siempre, cada facción se considera poseedora de la correcta interpretación de la situación del país, y de cuál es el rumbo que debe tomar la revolución bolivariana. La conducción autoritaria del partido de gobierno está demostrando ser ineficaz para imponer las líneas dictadas desde arriba. La procesión, que antes iba por dentro, hoy está a la vista de todos. Cosa similar ocurre con la Asamblea, donde soterradamente se muestra el desacuerdo con las arbitrariedades presidenciales. Pareciera que un número creciente de partidarios del chavismo ha comenzado a percatarse de lo obvio: el poder que se ejerce en la tierra es humano y, como tal, es frágil y perecedero. Basta este simple hecho para que la gente revise sus cálculos políticos y tome precauciones a tiempo. No se necesita contar con información privilegiada para saber que esto está ocurriendo; es suficiente considerar que la sensatez no es virtud que monopoliza la oposición y que en los mismos cuadros del chavismo hay mucha gente sensata y con sentido común.
A todas estas, además de la deteriorada situación social, el enfrentamiento político entre el Gobierno y la oposición, tan relativamente moderado en las últimas semanas, de nuevo está cogiendo fuerza de huracán con las inhabilitaciones para cerrarle el paso a fuertes aspirantes, y con las leyes recién paridas en las últimas horas de vigencia de la Ley Habilitante. El Gobierno está tirando una parada con un par de cartas duras, a ver si la oposición cae en la trampa.
La oposición ha hecho terribles acusaciones contra el Gobierno, y ha llegado, incluso, a tildar al Presidente de sátrapa y calificado la promulgación de esas leyes de golpe de Estado. Tales señalamientos son muy graves. Si la oposición no actúa haciéndole honor a sus propias palabras, y se traga inhabilitaciones y leyes sin un serio pataleo, o si, ante el pataleo, el Gobierno opta por recular, como otras veces ha hecho, el cuadro político sufrirá alteraciones significativas.
Estamos ante en un juego de suma cero: lo que el Gobierno gane lo perderá la oposición y viceversa. Como nunca, para salir airoso de esta nueva situación política se necesitará sabiduría para jugar con frío cálculo, pero con disposición a usar la fuerza necesaria.
La primera demostración de sabiduría para participar en esta nueva etapa de la política nacional es reconocer eso, que se trata de una situación novedosa. Quien intente actuar con los mismos esquemas de antes está perdido desde ahora. Cualquier preconcepción puede ser engañosa. Por ejemplo, como nunca carece de sentido discutir si hay que dejar que Chávez llegue tranquilo hasta el 2013, o si, por el contrario, hay que tratar de desplazarlo del poder cuanto antes. Como tampoco tiene sentido centrar todas las esperanzas en el triunfo electoral en las elecciones de noviembre. Es probable que de aquí al mes once se abran y se cierren oportunidades insospechadas.
En esta circunstancia, asumir posiciones adelantadas puede ser mortal.