La cooperación entre la Argentina y Brasil

Por Venezuela Real - 14 de Agosto, 2008, 17:18, Categoría: Política Internacional

Carlos Pérez Llana
La Nación - Argentina
14 de agosto de 2008

Acaba de cerrarse un ciclo de negociaciones en la Organización Mundial de Comercio (OMC), luego del fracaso de la llamada Ronda Doha, iniciada en 2001. La mayor parte de los análisis giran alrededor de quiénes se beneficiaron o perjudicaron. Pero más allá de las lecturas interesadas, es cierto que la India, Estados Unidos y China fueron los principales responsables del fracaso.

El escenario era previsible. Bastaba con advertir cuánto se prolongaban las negociaciones, en un contexto signado por las dificultades que enfrentan las autoridades comerciales de Estados Unidos y la India, por ser gobiernos débiles, con elecciones a la vista. Además, ¿qué países desarrollados estaban dispuestos a abrir más sus mercados a los productos chinos y a los alimentos provenientes de las potencias agrícolas sureñas que compiten con los subsidios europeos y norteamericanos?

Si Europa expuso en público sus sensibilidades divididas en torno de la política agrícola, el Mercosur, en verdad, mostró su agotamiento. No se trata de traiciones ni de malos entendidos: lo que se puso en evidencia es la asimetría que existe en materia de intereses y de poder relativo entre la Argentina y Brasil.

Con el retorno a la democracia, ambos estados iniciaron una empresa inédita, que consistía en poner en común recursos productivos al servicio de un proyecto de integración. No sólo se trató de cerrar un pasado de competencias y recelos. Lo que unió fue una comprensión compartida de las posibilidades que ofrecía un mundo que se abría, por el ocaso de la Guerra Fría y por las necesidades postergadas que existían en ambas sociedades.

Más tarde, el Mercosur se apoyó, tal vez muy prontamente, sobre los acuerdos binacionales, y comenzó otra etapa, en la que las asimetrías económicas fueron creciendo. Brasilia y Buenos Aires miraron al mundo con ópticas distintas. Cada país hizo su propia lectura de la globalización. Uno apeló al piloto automático y el otro buscó posicionar su sistema productivo en una posición de privilegio.

Mientras la Argentina retrocedió y se expresó con el default , Brasil creció. Una Argentina ensimismada no advirtió que los plazos históricos prescriben, mientras que nuestro vecino mantuvo el proyecto de jugar con sus empresas en primera, de consolidarse como exportador de bienes de capital y de consumo, de especializarse en sectores de alta densidad tecnológica y de convertirse, también, en una potencia agrícola y ganadera.

En otras palabras: en una década, la brecha entre la Argentina y Brasil transformó los fundamentos de lo que fue el proyecto ochentista. Brasil pasó a ser percibido como parte del llamado BRIC, acróstico que une a Brasil con Rusia, India y China, con empresas globales, capaz de atraer inversiones en virtud de la seguridad jurídica que ofrecen instituciones consolidadas y gobernado por una clase dirigente dotada de razonamiento estratégico.

Claro está que algunas veces Brasil sobredimensionó su poder. Por ejemplo, cuando creyó que el acceso al Consejo de Seguridad estaba a su alcance. De todos modos, el balance diplomático es positivo. Cuando lanzó la idea de la Unión de Naciones Sudamericanas y al impulsar la creación del Consejo Sudamericano de Defensa, Brasil envía mensajes claros en orden de cumplir con la hoja de ruta clásica que habilita el acceso al status de potencia.

Recientemente, en la OMC, Brasil jugó de acuerdo a sus intereses. Capaz de exportar aviones, de contar con una de las primeras empresas mineras del mundo, lanzada -por medio de la ejemplar Petrobrás- a ser dentro de una década una potencia energética; con una Banca de Desarrollo que otorga más créditos que el BID, que espera competir en el espacio y en nanotecnología mientras es capaz de alimentar al mundo. Ese Brasil se desmarcó de la Argentina en la medida en que sus industriales son doblemente capaces: acceden a los mercados y defienden el propio, con un arancel razonable para una industria que hizo sus deberes y que es competitiva.

Así se explica por qué Brasil aceptó la propuesta de "acuerdo global" presentada por el director de la OMC, Pascal Lamy, que lo beneficiaba como país agrícola y como aspirante a potencia industrial. En el marco de esa estrategia, Brasil demostró que es capaz de competir en juegos simultáneos al cubrir un espectro productivo muy amplio. Sólo así se explica por qué en esas circunstancias se alejó de otras potencias emergentes, como la India y China.

Sin un buen diagnóstico internacional y sin una economía competitiva, la Argentina no será capaz de reequilibrar la asimetría de poder en el Cono Sur, que no es buena para la subregión ni para ambos países. Intentar balancear el peso del Brasil introduciendo a Venezuela como contrapeso es un error. Chávez, en el mundo de hoy, no suma: resta. Su mirada es ideológica y prisionera de métodos y estilos que tienen más que ver con la Guerra Fría que con la agenda internacional actual. No tiene sentido apostar a una "foto de familia" que Brasil y la Argentina no necesitan, buscar una identidad sobre la base de un discurso antinorteamericano centrado en el actual ocupante de la Casa Blanca, ni mucho menos acompañar proyectos faraónicos, como el gasoducto del Sur o el tren sudamericano.

La Argentina y Brasil deben redefinir sus vínculos sobre la base de las nuevas realidades y los intereses nacionales de cada uno. No es cierto que la Argentina deba renunciar a su proyecto industrial, y lo dice la burguesía industrial brasileña, que es la primera inversora externa en nuestro país. Tampoco es cierto que Brasil pueda despreocuparse de lo que suceda en nuestras tierras.

Definitivamente, la cooperación entre Brasil y la Argentina es posible y necesaria. Sólo exige nuevos marcos de referencia y una mirada realista (no ideológica) de las relaciones internacionales. El proyecto de empresas binacionales todavía es viable; la idea de una plataforma común para lanzarse a algunas regiones del mundo no ha prescripto; potenciar en común una OPEP de alimentos no es un sueño irrealizable; mirar binacionalmente a Asia es una empresa abordable. Claro está que para ello es mucho mejor un ABC activo, donde la Argentina, Brasil y Chile se transformen en un espacio capaz de estabilizar el Cono Sur por medio de una agenda basada en el logro del crecimiento y del bienestar.

El autor es profesor de Relaciones Internacionales en las universidades Torcuato Di Tella y Siglo 21.






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