El ejemplo del plátano

Por Venezuela Real - 17 de Agosto, 2008, 9:39, Categoría: Política Nacional

ALBERTO BARRERA TYSZKA
El Nacional
17 de agosto de 2008

Apenas me enteré de que, según la nueva Ley para el Fomento y Desarrollo de la Economía Popular, todos somos o podemos ser unos prosumidores, decidí tomarme el asunto muy en serio. No me gusta convivir con palabras que desconozco.

Del idioma se puede esperar cualquier cosa. Más allá de la referencia primera y fácil, me preocupaba un poco esa caída de la u y de la eme, hasta una i demasiado altiva, demasiado cercana, por ejemplo, a la palabra sumisión. Por un segundo, en mi malicia, titiló una duda: ¿y si esa palabra, más bien, es un cóctel de términos como promiscuidad y simulación? Pegaba poco con la economía popular pero, sin duda, sonaba más tentador ¿Qué podía ser un prosumidor? El Diccionario de la Real Aca demia de la Lengua Española me falló. Sin aspavientos, salta de prosudo a prosuponer. No hay nada en la mitad. No tuve más remedio, entonces, que acudir a la enciclopedia preferida de los estudiantes de la UCV: la inigualable Wikipedia de Internet. Copio con comillas: "La palabra prosumidor, o también conocida como prosumer, es un acrónimo formado por la fusión original de las palabras en inglés producer (productor) y consumer (consumidor). Igualmente, se le asocia a la fusión de las palabras en inglés professional (profesional) y consumer (consumidor)".

Me sentí profundamente decepcionado. Pero al hurgar un poco en la etimología de la palabra, la desazón aumentó. Resulta que el término fue acuñado, en 1980, por el "futurólogo" Alvin Toffler, autor de ese best seller llamado La tercera ola, un Paulo Coelho del consumo moderno, del intercambio, de la revolución de la riqueza ¡Santo Vladimir Ilich que estás en algún cielo! ¡A dónde hemos llegado! ¿Acaso los hijos de Bolívar vamos a terminar siendo, ahora, unos simples prosumidores del cochino mercado? Según entiendo, si es que algo entiendo, los tiros van por los lados del famoso trueque.

Desde hace mucho tiempo, el Gobierno viene cantando el himno al trueque. Dicen que es lo mejor. Que por qué no.

Que nos conviene. Que es más fácil y sencillo. Que es revolucionario, por supuesto. Que es más socialista que capitalista, no faltaba más. Esta semana, a partir del lanzamiento de la ley, el ministro Pedro Morejón ha empezado a aterrizar el asunto. El trueque estará restringido a las localidades, será comunitario y funcionará sobre la base de los excedentes. De esta manera, entonces, todos seremos prosumidores. Dos y dos son cuatro. Sean monedas o sean zapatos. De eso se trata.

Confieso que esperaba un poco más de rigor. Aunque fuera, de pasada, de reojo. Pensaba que tendríamos alguna invocación a Marx, al valor de uso, al valor de cambio, a la mercancía convertida en fetiche. Pero no... Algo dijo el ministro sobre no depender más del modelo capitalista. Pero hasta ahí. Y puso un ejemplo: la comunidad le entrega plátano al Estado y el Estado le entrega plátano procesado a la comunidad. Uy... No hubo ni un aplauso.

Ciertamente, el ejemplo no es nada feliz. Plátano por plátano no suena. Así sea procesado. No hace tilín. Por eso he comenzado una consulta, he iniciado todo un proceso con la idea de generar, desde la base, desde nosotros, los ciudadanos, ideas y propuestas para que el trueque sea más productivo, o mejor: para que el trueque sea una experiencia más prosumidora.

El resultado de estos primeros días de sondeo ha sido apabullante. La gente está deseosa de participar. La gente tiene tantas ideas. Una señora que trabaja como empleada doméstica me preguntó si se podía hacer un trueque de apellidos. Ella sólo desea cambiar su García por un Flores.

Es el único trueque que pide. Un vecino de la Candelaria, muy seriamente, planteó hacer trueques familiares. Él ofrece a su papá. Dice que, de ñapa, pone también a una tía. Desea hacer un trueque con alguno de los políticos de Anzoátegui, de Guárico o de Barinas, con algunos de esos funcionarios que ya tienen el árbol genealógico sembrado en la nómina pública.

En encuestas en la calle, descubrí que hay gente dispuesta a ofrecer incluso su vivienda a cambio de la tarjeta de millas de Nicolás Maduro. Lo de trueque realmente es un batazo. La cantidad de compatriotas que quieren ponerse en la onda del intercambio prosumidor es asombrosa. Muchas personas, en la redoma de Petare, proponían trueques de seguridad.

Están dispuestos a dar cualquier cosa con tal de contar, aunque sea por un fin de semana, con la cantidad de escoltas que protegen a cada funcionario público. A este paso, creo que en muy poco tiempo el trueque va a ser un verbo. Un verbo revolucionario, bolivariano.

Nada de plátanos, señor ministro. Esto va en serio. Nosotros queremos ser tan prosumidores como ustedes.







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