Somos grandes o pequeños?

Por Venezuela Real - 19 de Agosto, 2008, 11:33, Categoría: Cultura e Ideas

RAMÓN ESCOVAR SALOM
El Nacional
19 de agosto de 2008

E n muchos libros que pretenden ser de geopolítica se escribe de Venezuela como "de un gran país", de una "nación inmensamente rica", con héroes legendarios convertidos en superhombres, con riquezas infinitas en el subsuelo y posibilidades incuantificables en la naturaleza.

Se hizo de la historia una leyenda militar inspirada por la luz de un héroe. A esto se agregó un producto que abunda como el guano y que se asocia a la solemnidad y a los acontecimientos importantes: la cursilería. Los regímenes militaristas han desarrollado la propia, y tienen a su disposición batallas o sus simulacros, y nombres de lugares y tambores para la fanfarria.

Lo que desviaba la historia nacional de sus coordenadas épicas era la realidad pobre de un país que desangraba a su gente y su ganado pagando el mayor precio que ningún otro de América cotizó por su independencia. Las glorias se pagaron caras. La ruina de Venezuela en 1830 es el costo de la Independencia no sólo de este país sino de otras partes del continente. Para nosotros la patria es la América. Ese es el pensamiento de Bolívar.

Eso dijo, escribió, repitió. Pero esa realidad no existía. América no era una realidad política como hecho nacional. Era un continente muy amplio, y había otro al norte.

Para nosotros en 1830 lo concreto era un territorio destruido que de algún modo teníamos que levantar. Parecía sensato ocuparse de aquella realidad concreta, nacional, tangible, que no nos pedía una utopía sino una organización. Esa fue la Constitución de 1830, la más sabia de todas las que hemos tenido. El proyecto bolivariano no era viable en 1830. Por eso después de haber sido el Libertador, Simón Bolívar perdió su vigencia y dejó de estar en la política para entrar en la historia.

Esto es lo que nunca entendieron los bolivarianos de diferentes épocas. Bolívar fue un gran hombre de armas. Un estratega y un táctico de instinto privilegiado y un hombre de talento superior. En el más pleno sentido fue un hombre de genio.

Con motivo del bicentenario de su nacimiento se hizo una presentación insuficiente de Bolívar. Pero mejor dejarlo hasta ahí porque es hora de que su figura histórica sea más llevadera, menos militarista, más civil, menos autoritaria y más la del Congreso de Angostura. Es la figura suya que necesitamos, la que está en la estatua en Londres, en Berkeley Square, vestido de civil y con aire de estadista.

La América del siglo XXI no requiere sino organizadores y estadistas, hombres de Estado, ciudadanos.

Se nos metió en la cabeza que somos un gran país y además un país grande. Nos imaginamos jugando en el mundo un papel que no nos corresponde y a sufrir cuando subían los precios del petróleo, a sentirnos culpables por ser más ricos que otros.

Bolívar hizo que la Independencia nos saliera más cara.

El sentirnos culpables por el petróleo ha causado el remordimiento por la riqueza y la falta y la aceptación de un privilegio que la larga y caprichosa mano de Dios puso en el subsuelo. Los dos presidentes más parecidos en la historia de Venezuela, Pérez y Chávez, en lugar de aceptar el petróleo como oportunidad, lo entendieron como desorden moral.

Al lado de este terrible y destructivo sentimiento nacional anda el otro: la leyenda de gran país. El hecho de que existan recursos aceiteros o minerales y gas no nos autoriza a autocalificarnos de gran país o de país grande. Lo que debemos ser es un pequeño o mediano país organizado y eficiente. Republicano, democrático, plural, igualitario, eficiente y productivo. El mito del gran país es una supervivencia de antiguos y confusos chauvinismos.

Por supuesto, estos no son actos de voluntad. Australia no dejará de ser Australia por un acto de voluntad. Pero lo que no se puede tener es una geopolítica de gran país que se cree potencia mundial y una realidad nacional de ruina, pobreza y atraso tecnológico.

La idea de pequeña o mediana sociedad organizada, social y económicamente equilibrada, es más importante que la alusión constante a las reales o supuestas glorias y a la retrovisión del pasado como visión del porvenir. Lo que el mundo del siglo XXI tiene delante no ha sucedido; no es evocación sino acción. Y no se construye sino con productividad y economía libre.






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