OROPEL

Por Venezuela Real - 20 de Agosto, 2008, 11:32, Categoría: Historia Oficial

Teodoro Petkoff
TalCual - Portada
20 de agosto de 2008

No nos importa el medallero". Como un chamito al cual le arrebatan un juguete, el Jefe del Estado, presa de una pataleta rabiosa, soltó esa necedad. Puro despecho. Como en la fábula de la zorra que no podía alcanzar las uvas y cedió en sus intentos mascullando que estaban verdes, el Presidente de la República salió con esa pendejada de que las medallas no importan. ¿No importan? Tanto le importaban que, ebrio de triunfalismo, le atribuyó una de oro a su revolución de cartón piedra y se atrevió a pronosticar varias para los atletas que nos representaron. ¡Claro que le importan las medallas! Pero no por las razones deportivas, esas que entusiasman a todo mortal común ante los logros atléticos, esas que mueven a los competidores a exprimirse la adrenalina para subir al podio, sino por el alimento que podían proporcionarle los logros de nuestros muchachos y muchachas a su colosal vanidad. A este simulador no le duele el pobre desempeño de nuestros atletas; es su megalomanía la que se siente lastimada.

"No nos importan las medallas" es una bofetada a los y las atletas. A estos y estas sí les importan las medallas porque son el premio a años de dedicación y esfuerzo. Fingir desprecio por las medallas es despreciar al atleta que lucha por ellas. Para éste, la frase del Presidente de su país constituye un sarcasmo, un consuelo tonto para quienes el Presidente toma por tontos.

El jactancioso discurso acerca del tamaño de la delegación y la hiperbólica propaganda ya desnudaban la simulación. Se quiso presentar el número de atletas como demostración de una inexistente "revolución deportiva". Se infló desaprensivamente el tamaño de la delegación sin pasearse por el nivel real de exigencia que plantearían las competencias olímpicas.

La prudencia aconsejaba tomar en cuenta que las marcas para clasificar a los Juegos habían sido "flexibilizadas" por solicitud de los chinos, que querían presentar las Olimpiadas más concurridas de la historia, pero que la competencia real entre los mejores del mundo sería infinitamente más dura. Sin embargo, el megalómano pensaba que el crecido número de atletas ya era un logro.

Otro más cauto sabría que no era sensato enviar atletas que no tenían ninguna posibilidad. La ironía es que ahora el tamaño mismo de la delegación hace más frustrantes los resultados. La megalomanía y la simulación no tuvieron en cuenta que ya en los Panamericanos de Río habíamos retrocedido respecto de nuestra actuación anterior en el mismo evento. Pero no se sacaron las conclusiones adecuadas. La megalomanía y la simulación quisieron sustituir una política deportiva consistente y seria por la fantasía y el oropel. Se equivoca Ego Chávez cuando en el colmo del despecho y el reconcomio pueril acusa a sus adversarios de alegrarse del fracaso de nuestros atletas. No atribuya a otros su propio infantilismo, señor Presidente. No fracasaron los y las atletas; fracasaron la megalomanía, la irresponsabilidad y la frivolidad. Las suyas, señor Presidente.





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